Houellebecq, más allá de la provocación

Es difícil determinar si Michel Houellebecq es un provocador por voluntad propia o por accidente. Lo cierto es que su imagen de marca le sitúa con frecuencia en el ojo del huracán, aunque nunca con tanta fuerza como a raíz de la publicación de su última novela, Sumisión, que Anagrama sacará en mayo en castellano. Lo que le ha convertido, una vez más, en centro de la polémica ha sido la coincidencia de que protagonizase la última portada de Charlie Hebdo antes del salvaje atentado y de que en su libro se fabule con la posibilidad de que en 2022, tras vencer a Marine Le Pen en la segunda vuelta, haya un presidente musulmán en Francia que islamice la sociedad.

Se ha dicho y escrito de todo: desde que es un despreciable oportunista a que encarna como pocos la libertad de expresión que los terroristas empaparon de sangre; desde que hace el juego al ultraderechista y xenófobo Frente Nacional a que es un peligroso islamófobo convertido en involuntario pirómano de la furia yihadista. Cada cual puede pensar lo que quiera, pero si algo enseña la obra de Houellebecq es que no hay que dar nada por sentado.

Por ejemplo, cuesta creer que sea un misógino incorregible (una acusación muy frecuente) cuando pone en boca de uno de los personajes centrales de Las partículas elementales esta frase: “Las mujeres son mejores que los hombres (…), más dulces, más amables, más cariñosas, más compasivas, menos inclinadas a la violencia, al egoísmo, a la autoafirmación, a las crueldad (…), más razonables, más inteligentes y más trabajadoras.

En ese mismo libro, publicado en 1998, otro personaje sostiene que el islam es “la más estúpida, la más falsa y la más oscurantista de todas las religiones”. Pero no es Houellebecq quien lo dice, sino una de sus criaturas de ficción, lo que aconseja no llegar a conclusiones apresuradas, y mucho menos pensar que no conoce perfectamente la diferencia entre islam y terrorismo islamista, sobre todo cuando en algunas entrevistas recientes ha expresado puntos de vista mucho más ajustados a lo políticamente correcto.

Acostumbrado a ir por libre, Houellebecq, al que cabe suponer muy inquieto por las reacciones indeseadas a Sumisión, reivindica ante todo la libertad soberana del creador. Niega que Le Pen vaya a ganar votos por su culpa (“no creo que alguien cambie de ideología por leer un libro”) y rechaza la acusación de atacar la religión de casi cinco millones de franceses, pero añade que el escritor “tiene derecho a escribir una novela islamófoba, si lo desea”. Podría haber dicho también, y habría despejado con ello muchas dudas sobre su equidistancia, que el escritor “tiene derecho a escribir una novela antisemita, si lo desea”. Pero no lo hizo. Él sabrá por qué.

Se diría que no aviva el fuego, pero tampoco lo sofoca. Aunque no se vea a sí mismo como un provocador, sus ficciones y ensayos siempre van más allá de su valor literario, indiscutible incluso para sus numerosos enemigos y que le sitúa como uno de los mejores escritores de su generación, comparable al de los dos últimos premios Nobel franceses, Le Clézio y Patrick Modiano. Menos barroco que el primero, tan profundamente asequible como el segundo.

Su fórmula es tan sencilla como eficaz: explora con técnicas de taxidermista e investigador científico las entrañas de la sociedad francesa, de las tendencias sociales y científicas, de la sexualidad, de la identidad del ser humano. Pone al descubierto sus fracturas y contradicciones, sus vergüenzas. Identifica y desmenuza señas de identidad sin que le detenga el riesgo de provocar un aluvión de críticas negativas. Hay quien detecta en su obra el reflejo de una ideología conservadora, pero tampoco falta quien descubre justo lo contrario. Sería aventurado determinar con un cierto grado de certeza si es de derechas o izquierdas. Por eso, lo más aconsejable es no ponerle etiquetas y respetar su derecho a un pensamiento independiente, aun a riesgo de avalar con ello actitudes que puedan herir muchas susceptibilidades.

Lo que le absuelve es que lleva a cabo su trabajo de vivisección social y psicológica con una altura literaria sobresaliente, con pleno dominio del lenguaje, con un estilo clásico, limpio y accesible que hace más digeribles contenidos con frecuencia complejos. Parece claro que no le interesan la experimentación formal y las piruetas verbales, sino la originalidad y relevancia de un fondo original y a la altura de la excelencia.

Para él, la claridad en la exposición es el mejor instrumento para que nadie se distraiga de lo esencial. Por ello, no deja de ser curioso que muchos potenciales lectores se alejen de su obra porque, antes incluso de abrir uno de sus libros, les confunde su imagen pública, peculiar incluso en el aspecto físico con el que se muestra en los medios, lo que les lleva a dudar de sus valores literarios hasta el punto de considerarle un autor difícil y reducirle a la simplificación de que se trata de un provocador nato.

Aún no he leído Sumisión. No sé, por tanto, si tendrá razón Jorge Volpi al definirla novela como “una grotesca burla de la Francia socialdemócrata”, pero no me parece improbable, siempre que la burla esté al servicio de la sociología, con especial atención en este último caso al impacto de la mal integrada minoría musulmana.

Houellebecq está obsesionado por explicar Francia y el hombre contemporáneo, aunque no siempre resulte evidente bajo su análisis espectrográfico de las complejas relaciones personales y la evolución de las tendencias sociales. Con este prisma pueden contemplarse cuatro brillantes novelas: Ampliación del campo de batalla (1994), Las partículas elementales (1998), Plataforma (2001) y El mapa y el territorio(2010). Todas ellas han sido publicadas por Anagrama.

En ellas se vislumbran ecos de Camus, Kafka, Céline y Perec. En El mapa y el territorio, cuya lectura tengo más reciente y que ganó el Premio Goncourt, el espectro temático es tan amplio que recorre la enfermedad y la muerte, el suicidio asistido, la misantropía y el pesimismo existencial, la soledad, las relaciones familiares, el sexo, el ocaso de la sociedad industrial, las claves y límites del arte o la geografía física e icónica que le lleva a la veneración casi religiosa por los mapas Michelin.

El propio Houellebecq es personaje clave de El mapa y el territorio, solo por detrás en importancia del protagonista. Su autorretrato es benévolo, pero no complaciente. Se presenta como la víctima despedazada de un crimen misterioso y atroz hasta el paroxismo que articula la última parte del libro con aliento de clásica novela negra. Es una de esas provocaciones —premeditadas o no— que siempre le acompañan, al igual que la que ahora ha hecho eclosión con Sumisión. Como si su asesinato de ficción y el riesgo real que ahora pueda correr su vida fuesen episodios de un mismo relato, con más realidad que fantasía. El territorio Houellebecq.