Cuando Franco alquiló 8.500 soldados a Kirk Douglas

El estreno de Espartaco en 1960 y su éxito instantáneo consagraron a su director, Stanley Kubrick, e hicieron olvidar que el rodaje estuvo inicialmente en manos de Anthony Mann, que se triplicó el presupuesto inicial, que el productor y protagonista (Kirk Douglas) estuvo a punto de arruinarse en el empeño y que las batallas de egos casi hicieron descarrilar el proyecto en varias ocasiones. Demasiado talento reunido en el plató y obsesionado por destacar sobre los demás: Laurence Olivier, Charles Laughton, Peter Ustinov…

La película, magnífica y que en su perfección no deja imaginar al espectador las vicisitudes que sufrió el rodaje, merece pasar a la historia porque su guionista fue Dalton Trumbo, que primero tuvo que utilizar un pseudónimo, pero que finalmente figuró con su nombre en los títulos de crédito, por un arriesgado empeño personal de Douglas. Se enterró así en la práctica la época de la caza de brujas en Hollywood (que se cebó con Trumbo) y de las nefastas listas negras de supuestos comunistas, aunque el eco de aquel disparate llegue hasta hoy mismo.

Un libro (Yo soy Espartaco) escrito medio siglo más tarde por un Douglas ya nonagenario,y editado en castellano por Capitan Swing, debería ser lectura recomendada en las escuelas de cine, ya que ilustra con gran amenidad y con toda clase de detalles la complejidad de poner en pie un proyecto de esa envergadura. Ahí figuran desde el germen de la idea (un libro de Howard Fast que los guionistas masacraron para mejorarlo hasta dejarlo irreconocible), a la carrera para adelantarse a un proyecto rival, la búsqueda de financiación, la selección del reparto y el equipo técnico, la rectificación de los errores iniciales (incluida la elección del director y la intérprete principal), el trabajo contra reloj, las frecuentes y frenéticas modificaciones del guion, las disputas provocadas por el carácter y el perfeccionismo de Kubrick, y las agitadas relaciones entre la parte artística y la económica.

También se recoge la extraña colaboración que Franco prestó al proyecto. Se trataba de buscar un país para rodar las espectaculares batallas entre romanos y esclavos sublevados. Se necesitaban escenarios naturales adecuados y que los costes fueran bajos. Ese país fue España, donde se contaba con contratar a 8.500 soldados con un salario de 8 dólares diarios. Así fue, aunque el tinglado estuvo a punto de derrumbarse porque, señala Douglas, “el generalísimo fascista Francisco Franco ordenó a su ministro de Defensa cancelar el proyecto cuando el equipo ya había llegado a Madrid”.

La situación se desbloqueó tras “conversaciones frenéticas” que incluyeron “un pago en efectivo realizado directamente a la organización benéfica de la esposa de Franco”. Lo más curioso es que el dictador puso como condición que ninguno de sus soldados muriera en pantalla. “No es que le preocupara mucho su seguridad”, añade, “simplemente no quería que pareciese como si murieran. Orgullo español”. Por fin, las escenas se pudieron rodar en las afueras de Madrid, Guadalajara y Alcalá de Henares. Kubrick, un perfeccionista maleducado al que no era fácil soportar, ordenó colocar las cámaras en unas torres gigantescas construidas ex profeso que brindaban una perspectiva espectacular sobre las masas de combatientes.

En cuanto a la apuesta por Dalton Trumbo, y tal y como asegura George Clooney en el prólogo del libro, Kirk “no buscaba pelea… la pelea fue a buscarle a él”, que se limitó a ser coherente, a actuar como el abogado Atticus de Matar un ruiseñor al que dio vida Gregory Peck: “Hizo lo que sabía que debía hacer, lo que era correcto”.

“Hombres, mujeres y niños”, dice el propio Douglas, “vieron arruinadas su vidas debido a esta catástrofe nacional [la caza de brujas]”. Él puso su granito de arena para luchar contra esa injusticia. Y tal vez por ello, el filme, además de relatar la histórica rebelión de esclavos contra el poder romano, ilustra como pocos la eterna pugna entre la libertad y la opresión.