‘Leviatán’, ‘Ida’, ‘Timbuktú’, ‘Relatos salvajes’: por el Oscar sin la marca ‘Made in USA’

Ocurre casi todos los años. Las películas en lengua inglesa candidatas a los Oscar son fiel reflejo de la industria cinematográfica norteamericana: elevados presupuestos, actores famosos, guiones pulidos, producción y técnica impecables, publicidad y mercadotecnia masivas, toda una industria (y mucho talento, por qué negarlo) al servicio de la taquilla global. Y, simultáneamente, en ese otro apartado —casi marginal en Estados Unidos— del Oscar al mejor filme extranjero concurren magníficos ejemplos de cine diferente, de autor, incluso exótico, rodado con muchos menos medios, que aborda sin artificio problemáticas menos convencionales, pero que no renuncia a su capacidad de impactar y conmover… aunque de vez en cuando se premie a bodrios como aquel de Garci de infausta memoria: Volver a empezar.

Este año es un caso prototípico. Aún no he tenido ocasión de ver El francotirador y Selma, y confío en que ambas merecerán la pena: la primera porque Clint Eastwood no sabe hacer malas películas, y la segunda por su interesante temática: las marchas por los derechos civiles de los años sesenta. Sin embargo, de las otras seis de la lista grande norteamericana, todas ellas entretenidas y de calidad más que aceptable, sólo hay una que me ha llamado realmente la atención: Boyhood, de Richard Linklater. En ella, los actores van sumando años al mismo ritmo que sus personajes, con un protagonista que empieza niño y termina adulto, con todas las complejas transformaciones que implica el tránsito. En cuanto a las otras cinco, ni siquiera la que parte como favorita, Birdman, llega a sorprender. Como tampoco lo consiguen El gran hotel Budapest, The imitation game, La teoría del todo y Whiplash.

En cambio, entre las candidatas al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa sí que hay varias sorpresas notables, incluso un éxito histórico de taquilla en Argentina (menos en España): Relatos salvajes, de Damian Szifron, una impresionante galería de historias con personajes empujados a la desesperación y la ira por la burocracia, la corrupción o la violencia latente en una sociedad injusta y desestructurada. Con magníficos intérpretes, entre los que brillan con luz propia Ricardo Darín y Rita Cortese.

Otra de las candidatas es la rusa Leviatán, de Andréi Sviagintsev, una notable recreación de la clásica lucha sin esperanza del individuo contra el poder corrupto que ha enfurecido a una Iglesia y un Gobierno rusos que no se caracterizan por su tolerancia a la crítica, por justa que sea. Lástima que un filme tan sobrio, honesto hasta el tuétano, sea utilizado como arma arrojadiza contra Rusia en el contexto del actual clima de guerra fría-caliente.

Leviatán ya ha ganado el Globo de Oro y está muy bien situada, pero tendrá una fuerte competencia en Ida, del polaco Pawel Pawlikovski, que llega respaldada por los premios Bafta, Goya y de la Academia del Cine Europeo. También convierte la sobriedad en virtud, hasta el extremo de reducir su duración hasta unos poco habituales 80 minutos. Rodada con maestría en un fantasmal y sugerente blanco y negro, con un inusual formato casi cuadrado, relata la búsqueda teñida de trágicas premoniciones de una novicia que, en los años sesenta del pasado siglo, antes de prestar sus votos definitivos, conoce a su única tía, que le revela su origen judío. Junto a ella emprende una búsqueda familiar que se convierte en viaje iniciático y que pondrá de manifiesto que no sólo los nazis fueron responsables del Holocausto y que el antisemitismo fue un cáncer que hizo estragos también en Polonia.

Si la sobriedad caracteriza Leviatán e Ida, es también marca de la casa en Timbuktú, del mauritano-maliense Abderrahmane Sissako, al que algo de la escuela rusa de Sviagintsev se le debe haber pegado, ya que estudió cine durante varios años en Moscú. El filme narra las dificultades a las que los habitantes de una ciudad maliense tienen que adaptarse por la fanática aplicación fundamentalista de la sharía impuesta por los ocupantes yihadistas. Son gente corriente, capaz de disfrutar con las cosas sencillas de la vida, y buenos musulmanes, pero no lo suficiente para quienes castigan con 40 latigazos escuchar música o que chicos y chicas estén juntos en la misma habitación, que penan el adulterio con la lapidación, obligan a las mujeres a ponerse guantes y calcetines, imponen bodas forzosas incluso con la oposición expresa de la novia, y condenan a muerte a quien accidentalmente ha matado a un vecino en una disputa, a no ser que entregue 40 vacas (que no tiene) a la familia de la víctima. Y todo ello sin que estos luchadores de Alá pierdan nunca la calma, con el fanatismo sereno de quienes no contemplan siquiera la posibilidad de estar equivocados. Produce escalofríos ese moverse pausado, casi a cámara lenta, de los yihadistas armados de kaláshnikovs, implacables y decididos, que patrullan para imponer la versión más extremista del Corán.

A falta de que se estrene en España, aún no he visto la quinta película candidata al Oscar al mejor filme en lengua no inglesa: Tangerines. Representa a Estonia, aunque su director es el georgiano Zaza Urusgadze. Está ambientada en la guerra civil que, en los estertores de la URSS, terminó con la secesión de la región Abjazia, desde entonces un protectorado ruso. Era el primer capítulo de un relato cuyo episodio más reciente se escribió en 2008 y concluyó con otro mordisco territorial a Georgia: la secesión y práctica anexión a Rusia de Osetia del Sur.

Quizás sea buscarle tres pies al gato, puede que sea una simple casualidad, pero llama la atención que cuatro de los cinco filmes candidatos al Oscar que menos se parece al resto de los Oscars respondan a clichés que forman parte del relato ideológico predominante en Occidente y de manera muy especial en Estados Unidos. Se trata de un discurso oficial que, sin entrar en los matices, y con frecuencia lejos de la objetividad, presenta a Rusia como un poder zafio y brutal, avala la lucha global contra el terrorismo y el fanatismo islamista en una versión nueva del choque de civilizaciones, y contribuye a mantener vivo el recuerdo del Holocausto, una de las obsesiones, no ya tan solo de Israel, sino también de la industria cinematográfica norteamericana casi desde su origen.