El ojo y la lupa

Réquiem por los pueblos ‘asesinados’ por los pantanos de Franco

Julio Llamazares, autor de Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara), compara a los habitantes de los pueblos sumergidos por los embalses del franquismo, expulsados de la tierra en las que los suyos habían vivido durante muchas generaciones, con los judíos forzados a abandonar Sefarad en 1492 por los Reyes Católicos. Como ellos, afirma, muchos conservan todavía las llaves de sus viejas casas, a las que nunca podrán ya volver. Su vida no corrió peligro, no fueron perseguidos por su religión o su raza, tuvieron quizá las mismas oportunidades de promoción social y de rehacer sus vidas que si hubiesen continuado en sus hogares, pero compartieron con los hebreos de la diáspora un sentimiento similar de desarraigo y de nostalgia de su particular paraíso perdido.

Llamazares sabía de lo que escribía cuando se puso manos a la obra con esta novela coral. Él mismo nació en uno de esos pueblos sumergidos, Vegamián, donde su padre era maestro. Lo abandonó en 1957 con su familia cuando apenas contaba dos años, 12 antes de que se lo tragara el pantano del río Porma, el primer proyecto como ingeniero de Caminos de quien luego había de ser más conocido por sus novelas: Juan Benet, que situó por esos parajes su más personal y distinguible territorio literario, Región.

Contaba el autor de Distintas formas de mirar el agua en un reciente artículo publicado en EL PAIS que, años después de la muerte por ahogamiento de Vegamián, el Benet técnicamente responsable del asesinato se encontró por fin con el Llamazares que nunca dejó de lamentarlo. El talentoso escritor de El aire de un crimen y Volverás a Región le recibió con "su habitual actitud soberbia y provocativa". Y con esta frase: "Así que tú eres escritor gracias a mí".

Anécdotas aparte, Llamazares ha tardado más de 40 años en sacarse la espina literaria de la forzada inmersión en 1968 de Vegamián, Ferreras, Lodares, Armada, Campillo y Campanillas, los seis pueblos que desaparecieron entonces bajo las aguas del pantano del Porma (hoy embalse Juan Benet), y que solo en contadísimas ocasiones, con ocasión de desecamientos temporales para operaciones de limpieza, han dejado ver sus desmoronados esqueletos.

Sin embargo, en Distintas formas de mirar el agua, los protagonistas no son los pueblos, sino los ficticios y prototípicos habitantes de uno de ellos, Ferreras, trasladados a la comarca palentina de Tierra de Campos, a uno de esas localidades de colonizaciones con calles trazadas con tiralíneas y con tierras de labor robadas a una laguna desecada que, de vez en cuando, si la lluvia arreciaba, aún se rebelaba y dejaba vislumbrar su naturaleza más húmeda.

Hasta ese paisaje tan distinto del suyo montañoso, idealizado por la nostalgia y los ecos cada vez más lejanos de la memoria, regresan, para arrojar a las aguas del pantano las cenizas del patriarca, la viuda y toda su parentela, incluida la política: hijos, nietos, yernos y nueras. Cada capítulo recoge el pensar, expuesto en primera persona, de uno de ellos. Sus vidas han discurrido por caminos variopintos, observadas en su conjunto podrían componer cierto retrato sociológico de la evolución del país durante más de 40 años. En todos ellos persiste la huella amarga de la vieja pérdida y el recuerdo imborrable de la recia personalidad del fallecido, uno de esos hombres de campo sobrios y honestos de los que quedan pocos.

No está claro si Llamazares, que tanto ha escrito sobre su pesar por el despoblamiento y desnaturalización de la España rural, ha querido hacer un ejercicio de antropología. Si así hubiera sido, habría que decir que falla en un aspecto esencial: que todos los personajes hablan con una misma voz, sin que el lenguaje varíe de uno a otro, en función de su ocupación o su nivel educativo. Pero no parece ser el caso: está claro que ésa voz única es la del autor de La lluvia amarilla y Distintas formas de mirar el agua. No se molesta en disimularlo. Más que por sí mismos, todos hablan por Llamazares, para lanzar su mensaje ecologista, para que al menos quede en el lector la duda de si merece la pena eso que, en nombre del progreso, se conoce como domesticar la naturaleza, aunque con frecuencia no sea otra cosa que degradarla.