El enigma de China: vales lo que te deben

Las novelas de Qiu Xiaolong cuyo protagonista es el inspector jefe Chen Cao, del Departamento de Policía de Shanghai, tienen la peculiaridad de que su héroe trabaja en dos direcciones a veces opuestas: la de aclarar uno o varios asesinatos y la de hilar fino para no desvelar secretos o intrigas que, por afectar a cargos medios o altos del partido comunista (PCCh), supongan riesgo de escándalo y comprometan la política oficial del régimen, caracterizada por la búsqueda de la armonía.

Con estas premisas, muy perceptibles por ejemplo en El caso Mao y Visado para Shanghai, las pesquisas de Chen ilustran una realidad difícil de entender desde Occidente, aunque intentarlo debería ser requisito obligado a la hora de tratar con un país de 1.350 millones de habitantes cuya economía superará pronto a la de Estados Unidos.

En la última novela de la serie, El enigma de China, editada como las anteriores por Tusquets, esta necesidad de andar con pies de plomo, de cubrirse las espaldas, de nadar y guardar la ropa, resulta especialmente visible. Chen investiga el supuesto suicidio de Zhou Keng, director del Comité para el Desarrollo Urbanístico de Shanghai. Con sólo con citar ese cargo ya cabe suponer (y se acertará) que, en pleno boom inmobiliario, la investigación conducirá hacia un asesinato (dos en realidad), una extensa trama de corrupción y una lucha soterrada entre facciones del partido.

Todos estos ingredientes garantizan una lectura entretenida para los amantes del género negro, pero ése no es el principal aliciente de la obra, sino la cadena de intercambio de favores en la que el inspector jefe Chen se mueve como pez en el agua y que permitiría suponer que el auténtico enigma de China podría resumirse en tanto eres, tanto vales. O mejor: vales lo que te deben, es decir, hoy por ti, mañana por mí. O todavía más allá: si revientas un grano asegúrate de que no te salpique el pus.

Chen es un policía hábil y honesto hasta donde puede serlo sin pecar de iluso, pese a lo cual ha sido capaz de ascender en la jerarquía del aparato de seguridad y político, por encima de sus compañeros de generación, se ha ganado el respaldo de altos dirigentes comunistas (y el recelo de otros) y tiene buenos amigos a los que alguna vez hizo un favor. Y los favores, en China, se suelen devolver, si no en esta vida, sí en la próxima, aun a costa de trabajar como un buey en la siguiente reencarnación.

Chen –poeta y traductor además de policía- no tiene problemas para fumar cigarrillos Panda, antaño fabricados en exclusiva para Deng Xiaoping y hoy uno de los principales símbolos de status. Por cierto: la cajetilla de otra marca exclusiva, Majestad Suprema 95, que aparece en una foto de Zhou, es el desencadenante de una búsqueda de carne en Internet que a la postre causa la desgracia del corrupto dirigente.

Gracias a estas relaciones privilegiadas, Chen puede internar a su madre enferma en el mejor hospital de la ciudad, al alcance tan sólo de las elites del PCCh –a donde él aún no ha ascendido- y donde amigos poderosos –“Bolsillos Llenos” a los que un día echó una mano- la visitan y le hacen toda clase de obsequios. Una de las claves de la prudencia del policía, más allá de sus opiniones personales, en el trato con los de arriba, es que, “para poder ser un buen hijo, debía ser también un miembro leal del Partido”.

El inspector jefe encuentra amigos por doquier que le tratan a cuerpo de rey y se esfuerzan en ayudarle. Algunos de ellos son muy poderosos e influyentes. Otros no tanto, pero que le resultan útiles en ocasiones concretas, ya sea un chófer o un conserje. Todos ellos le respetan por su cargo, aprecian su honradez y le deben algún favor.

Como afirma una periodista que aporta el componente sentimental de la novela, la china es “una sociedad de contactos que se establecen mediante el intercambio de favores”. O como recalca un bloguero y pirata informático: “Nadie puede hacer nada si no tiene contactos, y los contactos se consiguen a través del cargo que uno ocupa”.

Este capital relacional es sin duda una de las claves del enigma de China, pero no es a él al que alude el título del libro, que el inspector jefe Chen enlaza en la última página con un cuadro de Dalí que se expone en el Museo del Prado: El enigma de Hitler. “Bastaría”, dice, “con cambiar el auricular del teléfono por un cable de Internet, y la foto de Hitler por una de Mao”. Aunque la explicación más clara se da en la primera página en boca de Yao Ji, un investigador en cuestiones jurídicas de la Academia de Ciencias Sociales. Tiene que ver con el llamado “socialismo con características chinas”, con conductas que en realidad son de un “capitalismo primitivo que favorece el amiguismo”. Con actitudes nepotistas, ya que “los hijos de los cuadros altos son a su vez cuadros destacados: los rojos de confianza, o sucesores de sus padres en nuestro sistema único”. Lo que hace concluir a Yao que “la sociedad china se encuentra en bancarrota moral e ideológica”.

Hay que aclarar que el autor, residente en Estados Unidos desde 1988, sin ser exactamente un disidente, sí se muestra en sus novelas como un crítico abierto de las disfunciones, injusticias y desigualdades que provoca un régimen obsesionado por la estabilidad y la armonía pero que no tiene la misma actitud hacia el respeto de derechos y libertades esenciales. Se trata, por supuesto, de la parcial e interesada mirada occidental que tiende a ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.

Se echa en falta la búsqueda de un cierto equilibrio, que debería empezar –porque es de justicia- reconociendo el esfuerzo titánico del PCCh que ha convertido un país en el que no hace tanto decenas de millones de personas morían literalmente de hambre en un gigante en el que, aunque de manera dispar, se ha disparado exponencialmente el nivel de vida, se ha convertido en un influyente actor global y aspira a ser la primera potencia mundial.

Con lo ya escrito (y espero que leído) debería quedar claro que lo de menos en este libro es la trama policiaca. Lo más relevante es lo que enseña sobre la sociedad y el carácter chinos. A riesgo de exagerar un poco, podría convertirse –junto a otras entregas de la serie Chen- en casi una obra de referencia para el viajero que no se conforme con visitar la Ciudad Prohibida de Pekín o los guerreros de terracota de Xian, sino que quiera entender algo de un país que hasta hace poco era Marte a ojos occidentales.

En esa misión, el inspector jefe Chen es un buen guía, siempre dispuesto a recitar un poema con el que ilustrar la realidad presente. Porque nada de lo que ocurre hoy en China es resultado tan solo de la revolución que encarnó Mao, sino que procede de mucho más atrás, de tradiciones forjadas durante milenios y cuyo eco es imposible de borrar incluso en la era de Internet, instrumento que, por cierto, juega un papel importante en esta novela.