Entre la ‘gauche divine’ y ‘Bonjour tristesse’

También esto pasará (Anagrama), de Milena Busquets, es una autonovela (variante libre de la autobiografía) con ingredientes de sobra para asegurarse el éxito, consagrado más allá de las expectativas en la última feria del libro de Francfort, donde le llovieron jugosos contratos para ser traducida y publicada en numerosos países.

Se diría que la autora, hija de la editora y escritora Esther Tusquets, fallecida en 2012, pretende emular, aunque sin compromiso político visible, a aquella gauche divine integrada por gente guapa, intelectual y tan progre como para coquetear con el comunismo cuando la dictadura franquista ya reculaba y el aire en España se hacía más respirable. Gente libre, un tanto despreocupada, tolerante consigo mismo y con su prole, liberal, vividora, partidaria del sexo sin tabúes, convencida de que el mundo le pertenecía y la historia corría a su favor.

Milena Busquets se declara admiradora de esa generación “libre y valiente”, con fecha de caducidad como marca registrada en 1975, cuando ella tenía sólo tres años, y que compara con la época actual en detrimento de ésta porque ahora, según ella, “falta pasión”.

De ese ambiente, y sobre todo de su madre, heredó Blanca/Milena la idea del flechazo “como única forma de enamoramiento, el amor al arte, a los libros, a los museos, al ballet, la generosidad absoluta con el dinero (…), la falta total del sentido de culpa, la libertad, y la responsabilidad que conlleva”. También “la risa loca, la alegría de vivir, la entrega absoluta, la afición a todos los juegos, el desprecio por todo lo que te parecía que hacía la vida más pequeña e irrespirable: la mezquindad, la falta de lealtad, la envidia, el miedo, la estupidez, la crueldad (…) y el sentido de la justicia, la rebeldía (…), la cortesía, la buena educación, la falta absoluta de esnobismo”. Y sin necesidad de ser feminista porque ¿Cómo serlo cuando se ha vivido bajo el influjo de mujeres fuertes y desinhibidas como Ana  María Matute y Esther Tusquets?

Estos elementos conforman  la personalidad de la protagonista de También esto pasará, y supuestamente también de la autora y de su madre, ya que Milena Busquets despeja cualquier duda de que el libro recoge en gran medida su propia peripecia vital y su personalidad, que fagocitan el escaso componente de ficción de su autonovela.

La parte más seria de la obra está recorrida por el desconsuelo, el pesar por la muerte de la madre, por el mucho amor y algún antagonismo que se profesaron, por cómo condicionó esa relación la vida y la personalidad de la hija, por el punto de inflexión que para ella supuso su desaparición, y quizás por la imposibilidad de clonarse con ella en sus aspectos más relevantes.

La autora apenas matiza la autocomplaciente imagen de la protagonista, de sí misma y de su madre cuando deja que una de las amigas de Blanca/Milena presente a la progenitora como alguien que “tuvo una vida maravillosa, amó y fue amada, tuvo amigos, hijos, se divirtió (…) e hizo siempre lo que le dio la gana”. Mientras que su hija, Blanca/Milena, carne de su carne, sería “una niña pija que vive de renta, que no ha pisado un hospital público en su vida  (…) y “vive en una jaula y en un mundo de fantasía absolutamente inventado, que tiene muy poco que ver con la realidad”. Una sombra de autocrítica que no llega a tomar cuerpo en el retrato psicológico de la heroína del libro.

Si a alguien le suena esto a Bonjour tristesse, de Françoise Sagan, definida alguna vez como un delicioso ejemplo de frivolidad teñida de melancolía y desaliento existencial, no se equivocará demasiado. La propia autora admite ese parentesco, aunque añada que apreciaría más que se la asociara con Colette.

Es muy relevante el escenario: Cadaqués, donde está y estaba la casa de veraneo familiar. Un paraíso más imaginado que real, por lo que es y sobre todo por lo que fue en los felices años de infancia y juventud, y que todavía conserva su capacidad de evocación. Un lugar donde “el mar, sumiso o furioso, triste o eufórico, escandaloso o tímido, salpicado de barcas o vacío y cansado, parece rendir pleitesía a un lugar que ni el tiempo ni las hordas de turistas han logrado humillar”.

A ese idílico Shangri-La, a ese almacén de ensoñaciones gloriosas magnificadas y ennoblecidas por la memoria, regresa la Blanca de También esto pasará, que se siente “un fraude de adulto” y que nunca pensó que llegaría a cumplir cuarenta años. Le acompañan o están muy cerca sus mejores amigas, la criada cuya mejor virtud es que no lo parece, sus perros y sus dos hijos de maridos diferentes, también ellos y su amante (casado) de turno. Busca un tiempo que se niega a dar por perdido, en lo que constituye un guiño proustiano desvaído, porque pesan demasiado la levedad, la ligereza y la frivolidad. Con un punto de amargura ante la evidencia de que las cosas nunca volverán a ser como fueron en su momento de máximo esplendor. Porque, piensa Blanca, “de joven, aunque estés agotado, no tienes nunca la mirada cansada”, mientras que “ahora hay días que apenas puedo levantarla del suelo”.

También esto pasará se lee con placer y facilidad, está magníficamente escrita, con una prosa suelta y eficaz, limpia y narcotizadora, pero deja un poso de estupefacción, porque su atmósfera, su intención, su tenue línea argumental, parece extraterrestre. De Júpiter, o de Alfa Centauri. No hay ni un atisbo de preocupación social o política, ni rastro de la apisonadora que machaca a este país, del devastador efecto del desempleo, la desigualdad y la pobreza que recorren España de punta a punta. Ni siquiera se aprecia un tenue reflejo del compromiso con causas progresistas –difíciles de definir hoy- que, pese a su exquisitez elitista, impregnaba la gauche divine que tanto dice añorar Milena Busquets.

Los personajes  –sobre todo la protagonista-, como los de Françoise Sagan, viven ajenos a todo lo que no es su micromundo, su ilusión de una Arcadia dichosa. Están satisfechos de ser como son, frívolos y ligeros, felices o nostálgicos de la época en que fueron felices, de cuando la madre de Blanca/Milena, que no sabía ni freír un huevo, resolvía las cenas familiares con una tabla de quesos franceses y una tarta de Sacha, lo más de lo más. Quizás se sienten algo amargados e inquietos, pero no por la injusticia que reina ahí fuera, sino por la perturbadora evidencia de que nada, ni siquiera la felicidad -o la ilusión de la felicidad-, podrá sobrevivir al devastador paso del tiempo.