Tras los pasos de Brazza, Stanley, Livingstone y Conrad

21 Jul 2015
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Asombra comparar el África Ecuatorial de las grandes exploraciones de finales de la segunda mitad del siglo XIX que describe Patrick Deville en Ecuatoria (Anagrama) con esa misma región tal y cómo se presenta hoy día, tan diferente en algunos aspectos pero tan en el corazón de las tinieblas como entonces. El autor de la imprescindible Peste & Cólera, en la que seguía el rastro del investigador y aventurero Alexandre Yersin, hace otro tanto en Ecuatoria con Pierre Savorgnan de Brazza. Este ilustrado explorador italo-francés trazó líneas precisas en una zona del mapa de África Ecuatorial que hasta entonces era una misteriosa mancha en blanco. El descubrimiento de esa terra incognita excitó la imaginación de escritores como Joseph Conrad y la codicia de las grandes potencias europeas, que incluso organizaron un congreso en Berlín para repartirse el botín.

Era un tiempo, en el último tercio del siglo XIX, en el que el término colonialismo constituía en términos generales un timbre de gloria, y en el que África era vista como depositaria de tesoros al alcance de quien se tomase la molestia de descubrirlos. Ni siquiera era motivo de escándalo la injustificable explotación del negro por el blanco, o la práctica esclavitud, incluso el genocidio, de millones de congoleños muertos y mutilados por la soberana voluntad de Leopoldo, rey de los belgas, que convirtió buena parte de la región de los Grandes Lagos en su finca privada, donde su voluntad (delegada desde Bruselas) era ley.

Deville sostiene que su héroe, Brazza, entre cuyas hazañas figuran la accidentada exploración río arriba del Ogooué y el descubrimiento –previo a la expoliación- de vastos territorios en el África ecuatorial, no era uno de esos saqueadores en busca de botín, sino que consideraba la trata de seres humanos una aberración y actuaba en consecuencia. Casi al principio de Ecuatoria le muestra liberando a 18 esclavos a los que acaba de comprar, a los que alienta con esta soflama: “Todos aquellos que toquen nuestra bandera serán libres, porque no reconocemos a nadie el derecho a retener a un hombre como esclavo”. Y casi al final del libro, evoca su última expedición –en la que enfermó de muerte- para investigar los abusos de las grandes compañías mercantiles en el territorio que él contribuyó decisivamente a incorporar al imperio francés.

El régimen de su Congo –el de la orilla derecha del río del mismo nombre- aceptó esta mitología hasta el extremo de que, en 2006, los restos de Brazza, su mujer y sus cuatro hijos fueron trasladados desde Argel a un faraónico mausoleo en Brazzaville. No sin polémica, ya que, por ejemplo, la Unión Panafricana para la Democracia Social consideró la fecha de la inauguración como “un día sombrío y poco glorioso para el pueblo congoleño”, porque no veía en ese acontecimiento nada que lo justificase “en el plano moral, político, económico o histórico”.

Deville no solo escribe sobre las gestas de Brazza. Honra también a su principal rival coetáneo, Henry Morton Stanley, y al apóstol que éste encontró en plena selva tras una azarosa expedición, el destinatario de una de las frases más famosas del siglo, aunque no necesariamente real: “El doctor Livingstone, supongo”. Muestra también personajes contrapuestos de Brazza, tan fascinantes como el tratante de esclavos árabe y también explorador Tippu Tip. Curiosamente, ambos murieron el mismo año, 1905, al igual que Julio Verne, otra referencia frecuente en Ecuatoria.

Deville se documenta sobre el terreno, recorre los escenarios en los transcurrieron los hechos, recoge acontecimientos de la historia reciente, ilustra los cambios producidos durante y después de la Guerra Fría, habla tanto de Brazza o Stanley, como de Guide o Loti, Agostinho Neto o el Che Guevara, que sufrió por esas tierras su penúltimo fracaso, antes de su calvario final en Bolivia. “Esos hombres”, asegura, “fueron capaces de soñar que eran más grandes que ellos mismos, sembraron el desorden y la desolación a su alrededor, cubriendo sus empresas aventureras con el manto de las ideologías de su tiempo, apropiándose de aquellas que podían llevar como una antorcha: la exploración, la colonización, la descolonización, la liberación de los pueblos, el comunismo, la ayuda humanitaria”.

Casi un siglo y medio después de algunas de aquellas gestas, vendidas como aportaciones a la civilización de un continente salvaje, el panorama que presenta la región es deprimente. En particular, el Congo Kinshasha (la orilla izquierda) y las vecinas Ruanda y Burundi han sido escenario de salvajes limpiezas étnicas y guerras de exterminio que se han cobrado unos cinco millones de vidas y centenares de miles de violaciones y han causado terribles, masivas y forzadas migraciones. El conflicto persiste, con el trasfondo de la lucha por la explotación de sus riquezas minerales, como el preciado coltán. Y nada tiene demasiado que ver que Brazza, en comparación con otros, fuese un colonizador humanitario para que el Congo-Brazzaville, en el que su huella es más patente, aunque inestable, no haya caído todavía en esa orgía de sangre. Después de todo, solo el ancho del río separa a las capitales de los dos Estados que comparten nombre.

Los amantes de la mitología literaria y cinematográfica encontrarán en Ecuatoria abundante material sobre una película y un libro que han dejado huella. La historia de La Reina de África se inspira en el Graf Goetzen, un buque de guerra alemán cuyas 800 toneladas fueron transportadas en 5.000 cajas desde Papenburg a Dar Es-Salam en 1913, y desde ahí, por la selva, hasta el lago Tanganika, a lomos de porteadores, para defender los intereses colonialistas del káiser. Los propios alemanes le echaron a pique en 1916, para evitar que cayera en manos enemigas, pero sin ninguna ayuda de Humphrey Bogart y Katharine Hepburn.

En cuanto a El corazón de las tinieblas, fruto de la destilación de los seis meses poco satisfactorios en lo personal que Conrad pasó en el Congo en 1890, en Ecuatoria se identifica a algunos de los personajes que probablemente le inspiraron, incluido el que pronuncia la apocalítptica frase “¡El horror! ¡El horror! Exterminad a esos bárbaros”. El explorador admiraba tanto al escritor que llamó a uno de sus hijos Antoine-Conrad.

En la edición de la novela que Península editó en 2002, el autor de la magnífica traducción, Eduardo Jordá, recuerda que el escritor –que por entonces era conocido aún por su hombre polaco, Józef Teodor Konrad Korzeniowski- no logró su objetivo de obtener el mando de un barco fluvial, sino tan solo el cargo de primer oficial. Recogió sus experiencias en dos diarios: uno sobre el viaje a pie de 300 kilómetros por una zona en la que los rápidos impedían la navegación por el Congo: otro, sobre la remontada desde Kinshasha hasta las cataratas Stanley a bordo del Roi des belges.

Conrad escribió luego que no se le había perdido nada en África, como si quisiera dar la razón a los nativos que no comprendían los motivos de los extranjeros que cambiaron para siempre la forma de vida, tal y como recoge Brazza: “Cuando les decía que los blancos tienen un país donde nada les falta, ellos no podían comprender por qué lo habíamos abandonado”. Pese a todo, el escritor polaco que dominó como pocos la lengua inglesa sacó de su experiencia un botín fue más fabuloso de lo que él mismo pensaba, ya que El corazón de las tinieblas se ha convertido con el paso del tiempo en un clásico que trasciende lo literario porque ilustra  los rincones más profundos y siniestros de la naturaleza humana.

Ecuatoria es la segunda entrega de un ciclo de 12 novelas de la realidad que ilustran los claros y oscuros de algunas aventuras coloniales, que se remontan tan atrás como 1860. Deville considera crucial este año porque confluyeron en él acontecimientos tan significativos como la revolución industrial, la construcción del canal de Suez o el fusilamiento en México del emperador francés Maximiliano. En Francia se han publicado ya cinco novelas de la serie, que se pueden leer de forma independiente, y cuyo orden de aparición fue el siguiente: Pura vida (2004), sobre el aventurero norteamericano y emperador de Nicaragua William Walker; Ecuatoria (2009); Kampuchea (2011), en la que caben desde el descubrimiento de los templos de Angkor al horror de los jemeres rojos; Peste & cólera (2012): ciencia, aventura, exploración y colonialismo en la Indochina francesa; y Viva (2014), ambientada en México y con protagonistas tan dispares como el francés Maximiliano, el revolucionario ruso LeónTrotsky, el escritor inglés Malcolm Lowry y el muralista mexicano Diego Rivera. Kampuchea y Viva aún no se han publicado en España. No he leído aún la segunda, pero la lectura de la primera resulta estremecedora.

Deville, viajero impenitente, recorre antes de escribir las rutas que siguieron sus protagonistas, para recrear mejor así la sociedad en la que vivieron. En sus libros hace gala de un profundo conocimiento que debe tanto a la experiencia propia como a un exhaustivo proceso de documentación y a la lectura de libros de memorias y novelas de los escritores más destacados de las épocas que recrea. Mezcla épocas y personajes, historia y actualidad, y exige al lector un considerable esfuerzo, si no quiere extraviarse alguna que otra vez. En el caso de Ecuatoria, por ejemplo, no habrían venido mal unos cuantos mapas, un índice cronológico y algunas sucintas biografías de los actores más relevantes del relato.