Lidia Falcón, un ciclón al servicio de la mujer y la república

Este fin de semana se ha celebrado el II Congreso del Partido Feminista de España (PFE), 34 años largos después del primero. Su alma, entonces y ahora, fue –es– la abogada, pensadora, dramaturga, novelista, periodista y ensayista Lidia Falcón, una fuerza de la naturaleza al servicio incansable de las causas de los derechos de la mujer y de la implantación de la república, que considera indisociables.

Con la pasión contagiosa y a prueba de decepciones que le caracteriza, Lidia Falcón defiende hasta el agotamiento (el de otros, nunca el suyo) que no puede haber democracia ni justicia social auténticas mientras persistan dos anomalías: 1) que las mujeres, a las que considera una auténtica clase social, sigan siendo tratadas en las leyes y en la práctica como ciudadanas de segunda categoría; y 2) que la jefatura del Estado la ostente alguien cuyo único mérito es ser hijo de su padre o nieto de su abuelo, y que encarna una institución en estrecha connivencia con los poderes fácticos que socavan el interés público.

Sobre la necesidad de la implantación de una república social –que duda de que pueda llegar sin una revolución– Lidia Falcón no está dispuesta a transigir. No lo hizo en los tiempos de plomo de la oposición clandestina al franquismo, en los que fue perseguida, encarcelada y torturada. Y mucho menos lo hará ahora, al filo de los 80 años, después de toda una vida de lucha, de algunas victorias y quizá de más derrotas y decepciones, nunca suficientes para forzarla a tirar la toalla.

Lidia Falcón es inmune al extendido argumento de que, con tantos problemas como los que hoy cercan a la ciudadanía, tal vez no sea éste el mejor momento para fijar como prioridad un cambio en la forma de Estado para el que no existe clamor social y que ni siquiera reclaman los partidos teóricamente republicanos de la izquierda tradicional, incluido el comunista en el que un día militó. Sin embargo, ella lo tiene claro: sólo la república puede alimentar la esperanza de un cambio auténtico, que aspire a transformar la sociedad para hacerla más justa y equitativa, que haga por fin realidad la igualdad entre hombres y mujeres y que logre objetivos tan concretos e inmediatos como la abolición del Concordato, la salida de la OTAN y la retirada de España de hasta el último militar norteamericano.

La fundadora y presidenta del Partido Feminista de España niega que esté defendiendo una utopía inalcanzable. No está de acuerdo con que la suya sea una voz predicando en el desierto o que se estrelle estérilmente contra molinos de viento. Esgrime en su favor el entusiasmo que suscita cuando defiende la proclamación de la tercera república ante los más diversos auditorios, y rechaza que pueda deberse al carisma que desprende con una oratoria imposible de hallar hoy en la clase política. Niega que antes que al mensaje en sí se aplauda y vitoree a una mensajera que constituye un auténtico fenómeno de la naturaleza y a cuya desatada y entusiasta oratoria es difícil resistirse. Algo está claro: ella no se rendirá nunca.

Dado que coincide con su II Congreso, esta columna podría tratar del Congreso del PFE, en el que Lidia Falcón, que no quiere saber nada de un partido como Podemos que se niega a definirse como de izquierdas, ha defendido la convergencia con Izquierda Unida de cara a las próximas elecciones. Pero de ese tema se ha ocupado ya extensamente publico.es (http://www.publico.es/politica/lidia-falcon-momento-feminismo-tenga.html). También podría referirse a los datos objetivos que demuestran que hay mucho camino por delante para que se alcance la igualdad real entre hombres y mujeres. Pero de eso trataba un reciente artículo suyo en este mismo medio (http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/07/25/ii-congreso-del-partido-feminista-de-espana/), así que me ahorraré el esfuerzo.

Me concentraré en cambio en recoger algunos pasajes de Las cinco vidas de Lidia Falcón, que acaba de publicar la editorial Montesinos, y que recoge el homenaje de académicos, intelectuales y compañeras de militancia a la siempre coherente actividad de Falcón en aspectos tan diversos como la novela, el teatro, el periodismo, la abogacía y la política, unidos todos ellos por la radical militancia feminista, seña de identidad común a todo cuanto hace.

Algunos botones de muestra:

“El feminismo de Lidia es el suyo propio, sin concesiones a lo políticamente correcto (…) No duda en repartir estopa por igual a las culturas de derechas y de izquierdas (…) Ve tiranías y trampas en ambos lados: en la represión sexual intrínseca a la moralidad católica y en las comunas hippies” (Victoria Camps).

“Sintetiza y reúne en una sola persona las diversas ideologías y proyectos activistas de por lo menos diez mujeres combinadas, líderes del movimiento feminista en EEUU” (Linda G. Levine).

“Si es cierto que hay gente que son motores de la historia, Lidia es (…) como ese reactor de partículas que consigue la fusión en frío” (Elvira Siurana).

“Es imposible evaluar el feminismo español y su contribución destacada al desarrollo de la democracia sin pensar de inmediato en Lidia Falcón” (Shere Hite).

“Su teatro retrata a las innumerables víctimas del maltrato por parte de maridos, compañeros y amantes (…), simula escenas chocantes de abortos clandestinos en condiciones miserables. Resalta la importancia de la formación de la mujer para que no tenga que aguantar abusos de nadie” (Patricia W. O’Connor).

“Guerrera, activista, revolucionaria y agitadora, en el mejor y más constructivo sentido de las palabras” (John Gabriele).

El libro encierra en dos de sus capítulos la esencia de una historia de amor firmemente asentada en la afinidad ideológica: la de Falcón y Carlos París, compañeros durante más de 20 años, literalmente hasta que la muerte les separó. El comprometido filósofo izquierdista le demostró su admiración en un texto titulado El pensamiento de Lidia Falcón, que sorprende por una capacidad de síntesis que le permite compendiar en apenas siete páginas la esencia de la extensa y múltiple actividad de la presidenta del PFE, de la que destaca el “pensamiento original” como “elemento vertebrador” que da una “base conceptual, sólidamente elaborada, al movimiento feminista”.

El ex presidente del Ateneo de Madrid y autor de Crítica de la civilización nuclear explica que, dentro de un concepto “englobante” del feminismo, la reivindicación de la emancipación de las mujeres por la que apuestan Falcón y él mismo “debe asumir el combate contra todas las formas históricas de dominación”. Es decir, debe incorporar “la contienda del proletariado contra la explotación capitalista, la de los pueblos, razas y etnias sometidas por el imperialismo”, integrar “todos estos movimientos de combate en la liberación de la mujer”. Se trataría de la “revolución más radical, pues afecta a los aspectos más profundos e íntimos de la condición humana”.

En el texto que cierra el libro, Lidia Falcón relata, un año después de su muerte, por qué se enamoró de Carlos París. Todo arrancó de una asamblea de Izquierda Unida celebrada en 1986 en la que, tras la lectura del manifiesto fundacional de la coalición, se alzó una voz, la de París: “Esta plataforma no trata en ningún apartado del problema de la mujer”. Habían de pasar todavía dos años hasta que volvieran a encontrarse. Cuando ella le preguntó por qué se preocupaba de la situación de la mujer, él, filósofo al fin, pero filósofo convencido de que la filosofía debe entroncar con la vida, le respondió: “No hay ningún aspecto de la vida al que pueda estar ajena la filosofía y si se trata de los sufrimientos de la mitad de la humanidad mucho menos”.

París era una rara avis: un hombre feminista, una especie casi imposible de encontrar incluso en los partidos de izquierda, un pensador, un filósofo feminista que, señala Falcón, siempre consideró a la mujer una clase social y que defendió la necesidad, no solo de “apoyar la libertad de reproducción y condenar el maltrato a la mujer”, sino también de “comprender el mundo en su totalidad, abarcado en las complejas multifacetas de la existencia de dos sexos en la humanidad”.

En resumen, que estaban predestinados a entenderse.