Matar al padre

En su serie autobiográficas Mi lucha, o al menos en los tres primeros volúmenes de una serie de seis publicados ya en España por Anagrama, el noruego Karl Ove Knausgard mata al padre para crecer como escritor. Tras dos novelas de gran éxito, superó un bloqueo de años ajustando cuentas con su pasado, convirtió su vida en materia prima y se vengó de su progenitor, sombra ominosa que marcó su infancia a golpe de miedo y humillación.

Los libros se publican en el orden en el que fueron escritos, que no es el cronológico. El primero, La muerte del padre, se centra en el retorno de Karl Ove y su hermano Ingve, ya treintañeros, a la casa familiar en la que, más como consecuencia del abuso del alcohol que de la edad, ha fallecido su padre, al que nunca quisieron, al que incluso odiaron, aunque con su cadáver en una funeraria eso parece no tener ya importancia. “Una vida”, afirma, “resulta fácil de entender, son pocos los factores que la deciden. En la mía había dos. Mi padre y el hecho de no haber pertenecido a ningún lugar”.

En el segundo, Un hombre enamorado, se expone sin pudor al hijo, convertido ahora en marido y padre, empeñado en no repetir los errores del pasado, pero frustrado porque cambiar pañales o atender a las tareas domésticas se le antoja con frecuencia incompatible con el aislamiento y la concentración que exige el oficio de escribir.

El tercero, La isla de la infancia, recién publicado en España con traducción como los otros dos de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, es más narrado y menos explicado, no tan discursivo como los anteriores, alejado de desvíos de la trama principal como el análisis de la creación literaria o la mirada intelectual y sensitiva hacia la pintura. Aunque se nutra de los recuerdos de su autor, puede leerse como una clásica novela de iniciación que sigue la vida del protagonista desde los seis años hasta mediados de la adolescencia. Es decir: la etapa en la que se forja el carácter, en la que fracasos y triunfos, complejos y terrores, impulsos e instintos, descubrimientos, amistades y hasta enamoramientos se viven con una intensidad solo posible en las primeras veces.

La construcción del carácter de Karl Ove habría sido probablemente muy diferente sin la presencia opresiva del padre que le maltrató y aterrorizó, por quien sentía “un miedo visceral siempre, a todas horas”, al que odiaba “como solo se puede odiar a un padre” pero de cuyo dominio no podía escapar, que le hacía alimentar ideas de suicidio, cuya muerte llegó a desear incluso de adulto, pero del que le “resultaba imposible vengarse”. No entonces, cuando tan solo era un niño que estaba en sus manos, pero sí mucho después, cuando ya llevaba diez años muerto, para escándalo y espanto de su propia familia, y para su mayor gloria literaria.

Mi lucha es realidad, pero también es ficción. Lo primero la ha teñido de escándalo y ha contribuido a que a su autor no le hable la mitad de su familia y a que alcance un éxito sin precedentes en Noruega. Lo segundo explica la extensión del fenómeno más allá del espacio escandinavo. Es allí –aquí más- donde se lee más como novela que autobiografía. Resulta lógico. Knausgard asegura en La isla de la infancia que la memoria “no es una magnitud fiable en una vida (…), no es nunca la exigencia de veracidad lo que decide si la memoria reproduce un suceso correctamente o no. Lo decide el interés personal (…), es pragmática, insidiosa y astuta (…) hace lo posible por satisfacer a su amo. Algunas cosas las empuja hacia el vacío del olvido, otras las retuerce hacia lo irreconocible, otras las malinterpreta elegantemente, y algunas, las menos, las recuerda nítida y correctamente”.

En definitiva, el propio autor reconoce de forma implícita que la coherencia de su relato no solo es deudora de la memoria y de los hechos concretos que él vivió, sino también de la imaginación, incluso de la selección de lo que a él mismo le interesa rememorar, divulgar u ocultar. Es cierto que, en ocasiones, se autorretrata con tintes sombríos, pero sería incoherente desde el punto de vista literario que se mostrase hiriente y destructivo con los demás –muy especialmente con su padre- sin ser a su vez autocrítico. Sin embargo, la imagen global que se desprende de la lectura de los tres primeros libros de Mi lucha es muy favorecedora para su autor, que se presenta como un ser complejo y sensible, que aprende de su pasado, que está empeñado en que sus hijos no tengan jamás miedo de su padre, atormentado a veces pero siempre honesto y responsable, incluso más allá de pensamientos ocasionalmente mezquinos.

En cuanto a su técnica literaria, Knausgard la explica en Un hombre enamorado, aunque lo pone en boca de un amigo: “Eres capaz de explayarte en veinte páginas sobre una visita al váter y conseguir que a la gente se le humedezcan los ojos”. Y en La muerte del padre sostiene que “la condición de la literatura, su única ley, es que todo debe someterse a la forma. Si alguno de los otros elementos, como el estilo, la intriga, la temática, son más fuertes que la forma, o someten a la forma, el resultado será flojo (…) La fuerza de la temática y del estilo ha de ser abatida antes de que pueda surgir la literatura. Es esta desintegración lo que llamamos escribir. Escribir trata más de destruir que de crear”.

Sin embargo, con todo el respeto para un escritor que ha sido capaz de plasmar en palabras la vida en toda su complejidad, y de trasladar a sus lectores emociones y sentimientos universales haciéndolos parecer íntimos e individuales, discrepo en su defensa de la forma. Al menos en Mi lucha no me parece lo fundamental, sino lo accesorio.