Cuando los alemanes emigraban por hambre

El azar ha querido que Heimat, la otra tierra, de Edgar Reitz, se estrene en España en plena crisis de los refugiados, justo cuando Alemania se convierte en el paraíso al que anhelan acceder centenares de miles de huidos de las guerras y el hambre. La película se desarrolla en la primera parte de la década de 1840 en la aldea ficticia de Schabbach, en Renania, sacudida entonces (como otras partes de Europa central), no ya tan solo por una sequía que parecía no tener fin, sino por sus secuelas en forma de miseria y enfermedad, por no hablar de la desigualdad y la opresión del autocrático régimen prusiano que estarían en el origen de los movimientos revolucionarios de 1848. En esa situación extrema, la única salida para buena parte de la población era la emigración hacia América, en este caso Brasil, como años después ocurriría con los irlandeses que partieron en masa hacia Estados Unidos forzados por una desastrosa plaga que se cebó en su alimento más básico: la patata.

Por el espléndido blanco y negro de un filme que incorpora esporádicos toques de color para destacar estados de ánimo, transitan los carromatos atestados de quienes huyen del desastre. También las vidas pequeñas y difíciles de los artesanos y pequeños agricultores que aún no lo han hecho, pero que no ven otra salida para escapar de la pobreza más extrema que atender la llamada que un monarca portugués lanza desde el otro lado del Atlántico para colonizar su inmenso imperio.

El protagonista de Heimat, Jacob Simon, no es uno más de esos renanos oprimidos y sin apenas esperanza. Él es diferente, casi un bicho raro. Tiene una inteligencia natural que crispa a un padre que querría verle trabajando con sus manos, pero que le lleva a aprender idiomas europeos y lenguas indígenas que espera encontrar al final de la anhelada travesía. Porque también él quiere emigrar, como su hermano, aunque el destino y las obligaciones familiares se empeñan en ponerle un montón de obstáculos.

En las últimas semanas se ha hablado y escrito mucho de cómo Alemania atendía en primera instancia la dramática llamada de una avalancha de desesperados (Der Spiegel llegó a presentar a Angela Merkel como una Madre Teresa) y de cómo más tarde, a instancias de sus socios bávaros, la canciller cerraba en parte las puertas que había prometido dejar de par en par para permitir tan solo una “emigración ordenada”. Veremos en que quedan finalmente las cosas, pero está claro que el país clave de la Unión Europea se ha convertido en la gran tierra de asilo. Y cabe fantasear con que el recuerdo de aquel otro tiempo no tan distante en el que eran los alemanes los que se veían forzados a abandonar su hogar no será del todo ajeno a la respuesta que se da al problema.

Heimat es la precuela de una serie de películas (el término es más exacto que el de episodios) que se comenzó a emitir en 1984, cuyo tercer y último paquete no se estrenó hasta 2004 y que, a través de la peripecia vital de la familia Simon, la misma de Jacob, recorre la historia de Alemania entre 1919 y 2000, incluyendo los traumas de las dos guerras mundiales y la explosión de euforia por la caída del Muro y la reunificación. Son más de 53 horas en 32 filmes que pueden verse de forma independiente, rodados con la dedicación y el talento de otros tantos largometrajes, que han marcado la historia de la televisión alemana y que, en países como el Reino Unido, han quedado como objetos de culto para los cinéfilos. Ojalá que este estreno facilite también su difusión en España. De momento, ya se ha comercializado lo que podría considerarse como la primera temporada: 15 horas y 24 minutos, en 11 partes, de cine con mayúsculas.

El Heimat que ahora llega a los cines ha arrasado en Alemania, donde se hizo con los premios principales de su Academia: mejor película, mejor guion y mejor director. Es difícil poner peros a una obra tan redonda, cuyo ritmo lento marca un rico y expresivo contraste con la desgarradora realidad que ilustra. El blanco y negro ocasionalmente trufado de color parece salido de la paleta de un pintor y refuerza el retrato expresionista de una aldea de la época. De hecho se reconstruyó una durante un año para el rodaje. Los actores dan el justo punto de verosimilitud. Muchos de ellos no se habían puesto en su vida delante de una cámara.

Son 231 minutos de gran cine, del que ayuda a entender la vida. La buena noticia es que se trata de algo así como la primera entrega de lo que podría llamarse Heimat 4, pero cuyo destino no será ya la pequeña pantalla, sino la grande. A sus 82 años, Reitz no se rinde, tal vez porque, en buena medida, no está narrando solo la historia de su país, sino también la suya propia.