‘True Detective 2’: poco que ver con la primera temporada

La segunda temporada de True Detective es una buena muestra de cine policiaco y psicológico que está bastante por encima de la media de las series de televisión que lanzan las grandes factorías norteamericanas como si fuesen bombas de racimo. El duo protagonista –Colin Farrell  y Rachel McAdams- y el resto del reparto –Vince Vaughn, Kelly Reilly, Taylor Kitsch…-  son actores eficaces curtidos en la pantalla grande. Está bien trazada la trama de corrupción política y policial, especulación inmobiliaria, crimen organizado, violencia desmadrada y a veces gratuita, adobada con convincentes y complejas relaciones personales.

Nada habría que objetar de no ser porque se trata de la segunda temporada de una serie que hizo historia con los ocho capítulos de la primera, que consagraron a su creador, Nic Pizzolatto, como el mago que demostró de una vez por todas, sin dejar margen a la duda, que el buen cine tiene la misma cabida en  la pantalla pequeña que en la grande, que todo es cuestión de genio y de talento, un territorio en el que no importa el formato.

El fenómeno se desmadró de tal forma que muchos de los espectadores de True Detective se dejaron abducir por su aura, por su diabólico tufo a maldad absoluta, por sus paisajes de Luisiana pantanosos y fantasmales, por su atmósfera densa e irrespirable. Era una invitación a que el espectador se sintiera miembro de una singular secta de iniciados, receptor de inquietantes mensajes llegados de más allá de la frontera de lo real. Sus significados explícitos u ocultos fueron objeto de investigaciones literarias, filosóficas y sociales.

Reunía todos los ingredientes para ser la serie de culto por antonomasia, por encima incluso de clásicos como Los Soprano o The Wire. La editorial Errata Naturae incluso publicó una antología de lecturas recomendadas para los adictos en la que se rastreaban influencias tan diversas como las obras de Ambrose Bierce, Robert William Chambers, H. P. Lovecraft, Dashiell Hammett, Roberto Bolaño, Schopenhauer y Nietzsche.

La primera temporada de True Detective fue el resultado de una confluencia de artistas en estado de gracia. De Pizzolatto en primer término, pero también de los dos protagonistas: Woody Harrelson y, sobre todo, Mathew McConaughey, una pareja de policías complejamente humanos, llenos de aristas y recovecos. McConaughey ya había dado un salto galáctico a una carrera que, en su mayor parte, había estado dominada por actuaciones mediocres en intrascendentes películas de aventuras o comedias estúpidas. Ya había ganado un Oscar por Dallas Buyers Club y sorprendido con la inclasificable Mud. Había modelado un físico, un rostro, un gesto que fascinaban a la cámara. Pero al encarnar al detective Rust Cohle entró en una nueva dimensión, multiplicó sus registros como actor, se consagró como uno de los grandes.

La segunda temporada, en cambio, está a ras de tierra. Es de este mundo. Da la impresión de que Pizzolatto ha agotado el combustible, que no ha sabido estar a la altura de sí mismo. Y Colin Farrell es un buen actor, hace lo que puede, pero no es Mathew McConaughey. O no lo es todavía. Todo un mundo les separa, el abismo que, en general, distancia la entrega inicial de la nueva.

Hay mucho oficio e industria detrás en los nuevos episodios. Se ven sin esfuerzo, captan el interés, son buen cine, pero no dejan ningún poso distintivo. Y lo especial, lo diferente, lo único, lo extraño, eran justo los ingredientes de la imagen de marca de True Detective.Ya no.

A quien se perdió la primera temporada, un consejo: vea primero la segunda. Le gustará. Y luego vea la segunda. Le deslumbrará. Así irá de menos a más. Pero si ya quedó impactado con la primera, mejor que olvide la segunda, porque la caída sería brutal.