Seminci: 60 años de buen cine que hace pensar

Los 20 años del popular Francisco Javier León de la Riva al frente del Ayuntamiento de Valladolid quedarán marcados por sus incomprensibles mayorías absolutas y por vergonzosas salidas de tiesto que convirtieron su derrota en las pasadas elecciones municipales en motivo de celebración en toda España. Sin embargo, sería injusto dejar de reconocerle al menos una cosa: que no intentó trasladar su ideología conservadora a la programación de la Semana Internacional de Cine (Seminci), que pudo mantener durante su mandato el mismo rigor que, tras 60 ediciones, la ha convertido en una referencia imprescindible del llamado cine de autor o, para no recurrir al eufemismo, simplemente buen cine.

Javier Angulo, periodista de larga trayectoria y director de la Seminci desde 2008, reconoce esa virtud al alcalde cesante, que nunca interfirió en su gestión. No parece tener motivo para temer que las cosas cambien con el socialista Óscar Puente Santiago, con el que tiene mayor afinidad ideológica y que da la impresión de ser uno de esos gestores políticos que tiene como norma que lo que está bien mejor es no tocarlo. Dicho esto, no cabe sino desear al festival un feliz cumpleaños y esperar que conserve una línea de actuación que brinda muchas oportunidades a películas poco comerciales y a las cinematografías menos conocidas, lo que le permite descubrimientos notables.

Este año no ha sido una excepción, con una programación muy variada y secciones como Punto de Encuentro (dedicada a primeros o segundos filmes de sus autores), Tiempo de Historia (documentales), Inéditos: Talentos del siglo XXI, Spanish Cinema, Femenino Singular, un ciclo de cine finlandés, un maratón Coppola y proyecciones especiales como las de Dheepan (Concha de Oro en Cannes) de Jacques Audiard, La batalla de Chile (de la que se cumplen ahora 40 años) de Patricio Guzmán y el clásico entre los clásicos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, proyectada con música en directo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.

En cuanto a la sección oficial, con 20 largometrajes, la calidad ha sido desigual, pero con un tono medio de notable alto y con alguna sorpresa especialmente positiva, como la islandesa Hrútar (El valle de los corderos), estreno en el largometraje de Grímur Hákornarson, que además de la Espiga de Oro ha compartido el premio al mejor nuevo director con la francesa de origen turco Deniz Gamze Ergüven. Hrútar es un excelente filme, con fuertes toques etnográficos, del que el jurado internacional ha apreciado “un lenguaje cinematográfico cautivador y emotivo y el rol vital de las relaciones humanas y del hombre con la naturaleza”, muy en línea con las señas de identidad de la Seminci.

El cine islandés ha sido el gran triunfador del certamen, ya que Gunnar Jónsson, el obeso y entrañable protagonista de Fúsi, de Dagur Kari, se ha alzado también con el premio al mejor actor. El de la mejor actriz ha sido –por su actuación en 45 años, de Andrew High- para Charlotte Rampling, para quien los 41 años transcurridos desde la icónica Portero de noche parecen haberle regalado una hermosa y serena madurez que contrasta con la decadencia física de su compañero de reparto, Tom Courtenay, en el que ni con lupa se podría reconocer al Strelnikov de Doctor Zhivago.

Por el número de premios obtenido (seis, incluidos la Espiga de Plata y el del público), la gran ganadora ha sido Mustang, ópera prima de Deniz Gamze Ergüven, nacida en Turquía pero de vida cosmopolita y cuyo filme revolvería las tripas de Recep Tayipp Erdogan si lo viese, ya que su espíritu está en las antípodas del rumbo que el actual presidente quiere que siga su país. Con reminiscencias de Las vírgenes suicidas, de Sofia Coppola, se recoge, frecuentemente en tono de comedia, la lucha de cinco hermanas por tener lo que en Occidente sería una vida normal pero que en buena parte de la sociedad turca se considera indecente, impío y pecaminoso. Ese país bicontinental, ahora en una peligrosa encrucijada, se muestra como el escenario ideal para ilustrar el conflicto entre los prejuicios y la modernidad, y Ergüven lo refleja con gran dominio del medio. Se trata de una película que difícilmente podría llevar la marca made in Turkey. De hecho, representará a Francia en la batalla de los Oscar (Hrútar lo hará por Islandia).

A los programadores de la Seminci les encanta el cine japonés, que tampoco faltó este año a la cita. An, Una pastelería en Tokio, ha hecho ganar a Naomi Kawasake el premio al mejor director (directora en este caso). Nadie habría considerado escandaloso tampoco que la Espiga de Oro hubiese ido a parar a esta emotiva historia que muestra la relación entre el encargado de una modesta pastelería y la anciana que le ayuda a preparar “los mejores dorayakis del mundo”. El filme ilustra asimismo la problemática de los leprosos en Japón que, libres por fin de una reclusión forzada por la ley y los prejuicios, intentan a veces superar su marginación y abrirse al mundo.

Dos excelentes películas de dos realizadores asiduos de la Seminci se han ido esta vez de vacío: Reina Cristina: la mujer que fue rey, de Mika Kaurismäki, y Une histoire de fou, de Robert Guediguian. La primera cuenta, con talento y con más medios de los habituales en el cine finlandés, la historia de la reina virgen que, en los 10 años de su reinado, jugó un papel vital para alcanzar la paz de Westfalia y acabar con las guerras de religión, desafió los prejuicios de la época negándose a contraer matrimonio, mantuvo una relación lésbica con una dama de su corte, fue amiga y confidente de Descartes, intentó hacer del sueco en un imperio abierto a las luces y la ciencia, y se convirtió al catolicismo pese a ser su país luterano. Es una de las tres únicas mujeres enterradas en el Vaticano junto a los papas.

Une histoire de fou trata sin maniqueísmo el tema del genocidio armenio de hace un siglo y el terrorismo antiturco con el que, en los años ochenta, se intentó vengar aquella afrenta y lograr su reconocimiento internacional. Lo más novedoso es la perspectiva: la de una víctima colateral, ajena al conflicto, del atentado mortal contra el embajador de Ankara en París. La inspiración le vino a Guediguian de la experiencia del periodista español Juan Antonio Gurriarán que, tras pasar por un trauma similar, dedicó buena parte de su vida a intentar comprender la causa armenia.

La presencia española no fue esta vez brillante: otro Saura musical (Zonda, folclore argentino) y dos producciones catalanas: La adopción , de Daniela Fejerman, prescindible excepto si se aspira a traer a la familia a un niño de un país del Este de Europa; y L’Arteria invisible, de Pere Vilà Barceló, que impactó hace tres años cuando presentó en la Seminci la estremecedora La lapidation de Saint Etienne, pero que ahora se pasa tres pueblos en la primera parte del filme, al estilo de ese cine intenso capaz de invertir cinco minutos con una escena como ésta: ella se va, pero se detiene en la puerta y vuelve la cara hacia él, que le pregunta tras una pausa interminable: “¿Qué?” Y ella, tras tomarse no menos tiempo, contesta: “No, nada”. Un minuto después, sale por fin de escena. Para compensar, en la segunda parte del filme la acción se acelera, y tan artificial queda entonces en lo mucho como antes en lo poco.

Terminaré con la aportación israelí al certamen: la estimable Hatuna MeNiyar (Boda de papel), de Nitzan Gelady, una sensible mirada hacia la problemática de la integración laboral y sentimental, no ya de quienes sufren una deficiencia psíquica profunda, sino de quienes están tan solo un grado por debajo de la normalidad. Y Tikkun, de Avishai Sivan, con una fotografía en blanco y negro premiada en la Seminci, y que recoge la crisis existencial de un ultraortodoxo estudiante talmúdico tras un accidente en la bañera que le cambia sus esquemas mentales y de comportamiento. Aparte de una escena que roza la necrofilia, el filme merece la pena, pero me lleva a una reflexión similar a la de hace un año, cuando ganó la Espiga de Oro La fiesta de despedida, de Sharon Maymon y Tel Granit.

Y es que me cuesta infinito desligar temáticas que serían perfectamente lógicas en un país normal (en 2012 se trataba de la eutanasia) del hecho de que Israel es un país en guerra, que ocupa ilegal y militarmente Cisjordania, que la estrangula económica y geográficamente al igual que a Gaza, que impide una existencia mínimamente aceptable a sus habitantes, que encarcela sin juicio a miles de palestinos y que, de cuando en cuando, lanza ofensivas devastadoras que causan miles de muertos, sin que sus Gobiernos den los pasos necesarios para una paz basada en el reconocimiento de los derechos nacionales de sus enemigos.

Me resulta inimaginable que una película palestina no tuviese en cuenta el conflicto. La única presentada este año a concurso no es gran cosa y ha pasado sin pena ni gloria: Degradé, de Tarzan y Arab Nasser. Se desarrolla en una peluquería de Gaza en la que las mujeres hablan de cuestiones cotidianas, como los preparativos de una boda, ajenas en cierta medida a lo que ocurre en la calle, donde las facciones palestinas se enfrentan a muerte por un quítame allá un león. Lo más insólito: que los directores sean hombres.

Sin embargo, el principal reflejo del contraste entre las películas israelíes que tratan de problemas del primer mundo y la cruda realidad en Gaza y la Cisjordania ocupada ha llegado en este 60º aniversario de la Seminci de la mano de un documental exhibido en la sección Tiempo de Historia: Dreams Behind de Wall, de la española Elena Herreros, que ha puesto en el empeño mucho esfuerzo y todos sus ahorros, complementados con los frutos de una exitosa operación de crowdfunding. El filme no se recrea en los aspectos más trágicos del conflicto, sino en la forma en la que una familia de Gaza y otra de Cisjordania intentan sobrevivir en el día a día, buscando un futuro para sus hijos allá donde quizá solo haya espacio para la desesperanza y para prepararse para la próxima oleada de bombas, que por supuesto llegará más pronto que tarde. Los protagonistas son dos niños, Ahmed y Shada, marcados por la violencia cotidiana, la ausencia de espacios para jugar, una sanidad precaria, la presencia omnipresente del muro, las torretas de vigilancia y las incursiones de los soldados israelíes, la desigual lucha de piedra contra bala, el temor a la siguiente hecatombe.

¿Qué se puede pensar cuando una niña dice sonriendo: “Tengo nueve años y he vivido tres guerras, en 2008, en 2012 y en 2014”? O bien: “¿Por qué estudiamos si al final va a haber otra guerra?”.  Y también: “Nuestras piedras no llegan a los soldados, pero al menos así nos divertimos” (al precio de una granada de gas, una bala de goma o una de fuego real). ¿Qué decir a esa niña que vive en una casa baja con el temor constante a que el edificio más alto de al lado le caiga encima cuando le alcance un misil israelí? ¿Qué esperanza puede darse al niño que, al final del documental, proclama: “Queremos vivir como el resto de niños en el mundo, que la guerra no vuelva jamás a Gaza, que vivamos como ellos, en paz y seguridad”?

Los israelíes tienen derecho a hacer películas sobre la eutanasia, la tragedia de una joven disminuida que se hace un vestido de novia con rollos de papel higiénico, y el tormento interior de un joven de tirabuzones y faldones negros que duda de los principios que regían su vida. Faltaría más, pero ¿acaso los ecos del conflicto con los palestinos no llegan a la ultramoderna residencia geriátrica de La fiesta de despedida, la ciudad en el Néguev de Boda de papel o el barrio de Mea Shearim de la ciudad vieja de Jerusalén en la que se desarrolla Tikkun? Puede que sea así, pero ése es un lujo fuera del alcance de los niños de Dreams Beyond the Wall.