‘Arde Madrid’: esperpento de la generación de los sesenta

Son muy escasas las ocasiones en las que un libro me sorprende tanto como lo ha hecho Arde Madrid (Sexto Piso), opera prima de Kiko Herrero escrita originalmente en francés —su autor lleva 30 años viviendo en París y que, bajo su disfraz de autobiografía, utiliza con habilidad los artificios propios de la ficción más depurada. A golpe de breves e incluso minúsculos capítulos —¡75!— se desgranan episodios de una vida que, entre la realidad estricta y la imaginada y sublimada, ofrece los ingredientes perfectos para conformar una novela con mayúsculas, de profunda originalidad y en la que, salvando las distancias, se detectan rastros del realismo mágico de García Márquez y de los esperpentos de Valle Inclán.

Un padre médico, investigador farmacéutico y ex militar republicano; una madre morena que se parece a Ava Gardner y es conocida como una de las dos “guapas de la Moncloa”; cinco hermanos marcados por un destino cruel; un piso con un enorme pasillo y donde se habla desde los quicios de las puertas, siempre abiertas; un parque del Oeste en el que los pederastas exhiben sus vergüenzas ante niños y jovencitas; unos ciegos que se desabotonan la bragueta ante el ventanuco de un convento para que los frailes les hagan una felación; una ballena enorme que 20 y hombres y 8 bueyes conducen a Madrid y cuya exhibición se convierte en un apocalipsis hediondo; un niño que arde como una antorcha y se defenestra desde un quinto piso; un Liceo Francés tomado por profesores fascistas que encuentran cobijo en la España franquista y que martirizan a los niños con sus manías y reglas absurdas; 2.000 alumnos intoxicados -17 en coma- por unos pastelitos de crema en mal estado; un joven desnudo perseguido por una turba enfurecida que se arroja desesperado desde la azotea de un edificio; una vieja maniática coleccionista de batas que arde en un piso en el que oculta su síndrome de Diógenes; un “pobre de espíritu que no sabe decir cuatro palabras seguidas sin leerlas pero que es proclamado rey”; un olor a muerte que descubre el cadáver de una viuda en cuya nariz “una semilla de uva había germinado y una vigorosa rama verde se elevaba hacia el cielo”; un pied noir llegado tras la independencia argelina que abre el Rock-Ola, templo de la movida madrileña; un protagonista dado a todos los excesos y que se siente abanderado de una ciudad dominada por la euforia desmadrada de la libertad recobrada; una urgencia por huir de la “hoguera madrileña, purgatorio de pasiones”. Pero, ¿hacia dónde? “Tendrá que ser París y ya veremos después”. Y 30 años en París para forjarse una nueva identidad, para vivir del arte, para que el francés sea la lengua en la que escriba este Arde Madrid que te deja con la boca abierta.  Y para que, a la vuelta, décadas después, en plena “crisis negra”, contemple con una visión un tanto deformada y extremistas cómo “la desesperación y el fatalismo desastroso se apoderan de la población”, cómo “las madres mendigan, los niños roban, los adolescentes se prostituyen y los más viejos pierden la cabeza”, cómo campesinos andaluces liquidan a pedradas a diez jornaleros marroquíes, o cómo “hordas de fascistas encapuchados” rocían con gasolina y prenden fuego a familias que colocan en los soportales de la plaza Mayor los colchones y hornillos “que han podido salvar de las manos de los alguaciles de desahucio y de los bancos”.

Como puede deducirse de esta incompleta enumeración temática, Arde Madrid mezcla realidades objetivables con una recreación esperpéntica, para componer un cuadro entre dantesco y enloquecido en el que Kiko Herrero quiere ver reflejado el rostro de su generación (él nació en 1962).

Ese torrente surgió de la memoria y la imaginación de un escritor de notable talento que ignoraba incluso que lo era y que lo tenía y que, desde París, donde sigue viviendo del negocio del arte, me asegura: “Nunca había escrito nada, aparte la correspondencia y algún texto sobre artistas contemporáneos con los que he trabajado. Tampoco soy un gran lector de literatura, aunque en los últimos ocho o nueve años leo y releo En busca del tiempo perdido en bucle, como una obsesión. Fue mi editor francés, POL, el que me empujo a escribir Arde Madrid tras leer unos textos que había escrito para un videoarte”.

Sobre las dosis de realidad y ficción en su libro –finalista del premio Goncourt para nuevos autores y todo un éxito en Francia- Kiko Herrero señala que “no es un libro de historia sino un ejercicio de introspección, un intento de reconstruir la realidad, de construir una leyenda, mi leyenda, la de mi generación. Qué nos queda del pasado, por qué unos recuerdan algo y otros no, qué pasó en España al final del franquismo y durante la transición? Siguiendo la tradición de Goya, Ribera o Gutiérrez Solana, tomando los pasos de la picaresca o de Valle Inclán, me gustaría llegar a lo sublime por lo grotesco, recrear la realidad por la sensación más que por los datos objetivos. No sé si todo lo que cuento ha ocurrido realmente pero te aseguro que en mi cabeza existe”.

¿Por qué un escritor español aunque afincado en Francia ha escrito su primera obra en la lengua de su país de adopción y no en la natal, y por qué ni siquiera la ha traducido él mismo para su publicación en España”. Porque, reconoce: “Ya no sé bien cuál es mi lengua. Si la escribí en francés es porque vivo aquí, porque POL me lo pidió. También porque estoy más acostumbrado a utilizar este idioma. Pensaba en los lectores de aquí. ¡Cómo iba a imaginarme que se traduciría al castellano! Traducirse a uno mismo es muy complicado, pues dan ganas de cambiar o adaptar los capítulos. Por eso le pedí a Luis Núñez Díaz, amigo de toda la vida con una trayectoria y un humor similares a los míos, que se encargase de ese trabajo. Colaboramos muy estrechamente para llegar, creo, a una versión muy similar a la francesa. Varias personas ya me han dicho que prefieren Arde Madrid a Sauve qui peut la vie (el título original)

Kiko Herrero ha demostrado lo qué puede hacer reconvirtiendo en materia prima literaria los frutos de su memoria. Un solo libro le ha bastado para demostrar su talento. Ahora está por ver si es escritor de más largo aliento. Ojalá que sí.