La cuarta dimensión de la novela gráfica

Si el tiempo es la cuarta dimensión, bien puede decirse que Richard McGuire la ha incorporado a la novela gráfica con una obra llamada a dejar huella: Aquí, editada en castellano por Salamandra. Desde su aparición en 2014, esta singular presentación del paso de los años, los siglos, los milenios y las eras ha encandilado a los críticos y a los grandes creadores de un género plástico y literario, el cómic, ya ennoblecido con la vitola del arte moderno, pero del que parecía que no quedaba nada por inventar.

De Aquí se ha escrito que es brillante, revolucionaria, un experimento apasionante, una sinfonía del tiempo que arrasa con las convenciones del género, incluso que evoca la obra de Vermeer. Toda exageración amenaza con disminuir lo que ensalza, pero eso no debe impedir que, más a ras de tierra, sea de justicia reconocer que Aquí es una obra sobresaliente que eleva la novela gráfica a una altura raramente alcanzada.

Todo empezó en 1989 cuando McGuire –músico, cineasta y portadista de The New Yorker, entre otros oficios creativos- publicó en la revista RAW un breve cómic de 36 escenas en el que se recogía el paso del tiempo, con imágenes diferentes y no simultáneas que se desarrollaban en el mismo y estrecho espacio de una habitación, inspirada en su casa familiar del Estado norteamericano de Delaware.

Pese al impacto que produjo su publicación, había de pasar un cuarto de siglo hasta que su autor llevara hasta el final su idea hasta reflejar, ya en más de 150 páginas, pero sin variar el limitado escenario, la evolución no ya de la humanidad, sino, ya puesto, del planeta entero.

En Aquí se va tan atrás como 3.500 millones de años antes de Cristo y 22.175 después. En ambos casos extremos, la presencia de la especie humana brilla por su ausencia, porque aún no ha aparecido o porque ya se ha extinguido, pero no faltan ni los dinosaurios ni una fauna y una flora imaginadas, extrañas y hermosas. Especialmente bien resueltas están las escenas que se desarrollan en 2213, cuando una guía o profesora utiliza un abanico que proyecta imágenes del pasado para mostrar exóticos elementos distintivos del siglo XX, como el reloj, la billetera y la llave.

Cuanto se ofrece a la contemplación (los textos son mínimos) ocurre en lo que, durante una fracción de tiempo, es la habitación de una casa como tantas otras, pero que antes fue bosque habitado por monstruos prehistóricos, pradera que surcaban los rebaños de bisontes, hábitat de aborígenes, asentamiento de colonizadores europeos y, sobre todo, hogar de gente diversa que transitó, nació, vivió, gozó, sufrió y murió aquí (allí), tanto cuando era salvaje e incontaminado como cuando fue tocado por la mano del hombre.

Lo que convierte en más especial –en único- a Aquí no es esta vocación universal y ecológica, sino el hecho de que, en una misma doble página, y en el mismo espacio físico de un cuarto de estar, se pueden plasmar, por ejemplo, dos escenas de amor (de 1940 y 1952), un trabajo de bricolaje de 1990, una mujer pegada al móvil de 2015 y otra solitaria y desconsolada de 2051.

El resultado podría haber sido insustancial y vulgar. En manos de McGuire, sin embargo, trasciende hasta la metáfora de que el tiempo de una vida humana es una milésima de segundo en la evolución del planeta. No obstante, cualquier explicación es insuficiente para mostrar la sustancia de esta novela gráfica. Para entenderla hay que leerla (aunque hay poco que leer) pero, sobre todo, hay que contemplarla y recrearse en ella, aunque conviene advertir que es imprescindible asistir al espectáculo con la mente abierta, porque su estética no está hecha para todos los paladares.