Oliver Sacks, el neurólogo que no confundía a su mujer con un sombrero

Oliver Sacks, el neurólogo que más ha contribuido a acercar los misterios del funcionamiento de la mente humana al común de los mortales, publicó meses antes de fallecer —el pasado 30 de agosto—, unas memorias que, con el título En movimiento, publica ahora Anagrama en castellano con traducción de Damià Alou y en las que, como el conjunto de su obra, conjuga el rigor científico al presentar casos clínicos con una extraordinaria capacidad divulgadora. El resultado es un libro fascinante que relaciona estrechamente sus relevantes vidas personal y científica.

Sacks se autodefinía como “un viejo judío ateo”, era hijo de dos médicos británicos y hermano de otros dos y nunca quiso adquirir la nacionalidad norteamericana pese a vivir la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Allí fue en su juventud un motero capaz de recorrer medio país en una semana a bordo de su montura, practicó la halterofilia hasta ser campeón de California, consumió metanfetamina y otras drogas hasta más allá de lo aconsejable —aunque supo escapar a tiempo—, y practicó su homosexualidad sin olvidar que su madre le dijo al enterarse de su inclinación que preferiría que hubiera muerto, antes de entrar a los 40 en una etapa de castidad que duró 35 años.

Sacks desarrolló en EE UU la mayor parte de una singular carrera en la que estudió y documentó los insólitos y misteriosos efectos sobre pacientes con graves problemas neurológicos del funcionamiento anómalo de los mecanismos cerebrales, un territorio todavía hoy con mucho territorio salvaje por explorar. En su acercamiento al tema puso el foco en la atención personalizada a quienes aún se cataloga con excesiva simpleza de enfermos irrecuperables, incomprendidos con quienes lo mejor que puede hacerse es apartarles de la sociedad para que vegeten hasta su muerte sin molestar y, si tienen esa suerte, con el mínimo sufrimiento.

Sacks, por el contrario, siempre vio en ellos a personas dotadas de su singularidad como tales y, alguna que otra vez, con capacidades extraordinarias que, por sí solas, casi justificaban una existencia plena. Como Stephen Wilshire, un niño autista que, desde los seis años, podía, tras echar un rápido vistazo a un conjunto urbano, dibujarlo luego de memoria y con calidad casi fotográfica.

Sacks hablaba con ellos hasta la extenuación, exploraba su entorno familiar, y establecía relaciones de empatía que iban mucho más allá de los habituales entre médico y paciente. A veces se parecían más a las de padre a hijo o las de amigo a amigo.

Cuando recreaba esas historias para sus libros —casi todos éxitos de ventas— el lector se no solo podía enriquecerse con nuevos y a menudo sorprendentes conocimientos —incluso sobre sí mismos—, sino que también podía disfrutar de una prosa que revela sus extraordinarias dotes de narrador, presentes también ahora en su autobiografía.

Acusaciones y soledad

Ese acercamiento de la neurología al gran público hizo que, durante décadas, muchos de sus compañeros de profesión, sobre todos los dedicados a la investigación pura, le hicieran el vacío. Tampoco escasearon las insinuaciones o acusaciones directas de que se aprovechaba de sus enfermos para alcanzar notoriedad, aunque lo cierto es que nunca publicó nada sin autorización de sus pacientes, o de sus familiares cuando estos no estaban en condiciones de otorgarla. Hoy, esa polémica ha perdido sentido y el respeto a la obra de Sacks es casi unánime, incluso entre sus compañeros de profesión.

Gerald M. Edelman, premio Nobel y quizás el científico que con más perspicacia y rigor científico ha explorado el funcionamiento de la mente, le dijo una vez, sin que estuviese claro si era una crítica o una simple constatación: “Tú no eres un teórico”. Muy cierto, y Sacks lo admitía, pero en la réplica a su admirado amigo dejó muy claro que los teóricos no podrían avanzar sin el soporte y el trabajo de campo en casos prácticos atendidos por neurólogos clínicos como Sacks. Edelman estuvo de acuerdo.

En movimiento ilustra una vida fascinante, tanto en lo profesional como en lo personal, aspectos con frecuencia imbricados e incluso fundidos, ya que Sacks no dejaba pasar los acontecimientos más relevantes de su vida sin buscar en ellos claves relacionadas con su actividad como neurólogo. Así ocurrió con un cáncer —origen de su muerte años más tarde— que le dejó ciego de un ojo y le hizo perder la visión estereoscópica. Aunque el ejemplo más paradigmático de este estudio de las peripecias de su propia existencia fue el de un accidente en que estuvo a punto de morir y que le causó un grave lesión en una pierna que le llevó a una involuntaria disociación o eliminación mental de su extremidad, que superó con mucho esfuerzo e introspección. Su libro Con una sola pierna recoge con enorme lucidez aquella experiencia y las lecciones que extrajo de ella.

Su obra más conocida es Despertares, una colección de historias clínicas y personales de una veintena de pacientes supervivientes durante décadas de una epidemia de encefalitis letárgica —más conocida como enfermedad del sueño— y recluidos en un hospital de Nueva York, más o menos bien atendidos, pero sin ser sometidos a ninguna terapia tendente a curarles. Su estado se acercaba a la catatonia, su respuesta a los estímulos era nula o mínima, su calidad de vida, ínfima.

Sacks estableció una estrecha relación con ellos y sus familias, investigó sus antecedentes, descubrió patrones comunes en la mayoría de los casos y, finalmente, probó con ellos una nueva droga, la L-dopa, que comenzaba a utilizarse para aliviar los síntomas de Parkinson. El resultado fue espectacular: salieron de su letargo y despertaron como si no hubiesen perdido sus últimos 40 años en la oscuridad de sus mentes.

Por desgracia, el milagro no fue duradero, los efectos secundarios no tardaron en aparecer y el despertar dio paso de nuevo al sueño de la inconsciencia, pero la experiencia abrió nuevas vías al conocimiento de cómo funciona la mente en esos casos extremos, que de siempre han suscitado la duda —como en muchos casos de coma— de qué es lo que perciben los afectados.

Complejidad de la profesión de actor

Uno de los casos se convirtió en eje del argumento de una notable película de Penny Marshall, del mismo título del libro, con Robert de Niro en el papel del paciente y Robin Williams en el del médico, aunque no se utilizan sus nombres reales, como tampoco los de los enfermos y el personal del hospital.

Sacks revela en su autobiografía algunos detalles que ayudan a entender la complejidad del trabajo de un actor, cuando éste se toma en serio su trabajo hasta llegar a la obsesión perfeccionista. De Niro empleó muchas horas en visitar a pacientes reales, a conversar con ellos y en grabar cintas que luego estudiaba hasta en sus mínimos detalles. “Realmente te observa, mira en tu interior”, dijo de él uno de los enfermos. Por su parte, Williams mostró una excepcional capacidad para reproducir voces y gestos de distintos pacientes y, sobre todo, del propio Sacks. “No me imitaba”, escribió este; en cierto modo, se había convertido en mí; de repente me estaba saliendo un hermano más joven”.

Este afán perfeccionista hizo posible la asombrosa credibilidad de los protagonistas. La minuciosa preparación se extendió al conjunto del reparto. “Enseñé a los actores”, cuenta Sacks, “cómo se sentaban los enfermos de Parkinson —y los de encefalitis—, inmóviles, con la cara impertérrita y sin pestañear; la cabeza un poco echada para atrás o inclinada a un lado; la boca tendía a permanecer abierta, y quizá les colgaba un poco de saliva de los labios (…) Les enseñé las posturas diatónicas habituales de manos y pies, y realicé una demostración de los temblores y los tics”.

La relevante dedicación de Sacks a la neurología clínica y a la literatura se plasma en obras (todas ellas publicadas por Anagrama) como Alucinaciones, Los ojos de la mente, Musicofilia, Un antropólogo en Marte, Migraña, La isla de los ciegos al color, el Tío Tungsteno y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Esta última es una recopilación de insólitos casos médicos como el que da título al conjunto: Un reputado profesor de música pierde de repente la capacidad de identificar las caras y los objetos, de forma tal que lo mismo acaricia un parquímetro al confundirlo con un niño que habla a los muebles y confunde un pie con un zapato, sin dar muestras de considerarlo una anormalidad, tomándolo con buen humor y sin perder sus otras facultades, como las relacionadas con su profesión y la de identificar formas abstractas (por ejemplo un icosaedro). Al término de su primera visita, “extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentado ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero!”.

Oliver Sacks nunca confundió a su mujer con un sombrero, entre otras cosas porque no la tuvo —ni siquiera vivió nunca en pareja—, pero sí intentó comprender durante toda su vida, con cercanía y un extraordinario de la tolerancia, a quienes la mente podía llevarles por caminos siniestros o  extravagantes confusiones. ¿Qué tratamiento prescribió a esta persona? “No puedo decirle cuál es el problema —el mapa del cerebro era y es aún terra incognita—”, le dijo, “pero es usted un músico maravilloso (…) y la música ha sido el centro de su vida; conviértala ahora en la totalidad”.