El camino de los difuntos de un antiguo etarra y un juez francés

Me echaba atrás su tamaño: apenas 40 páginas. Demasiado corto, quizás, para considerarlo un libro sólido y rescatarlo del montón de las lecturas pendientes. Ahí vegetó durante meses, hasta que un día, sin demasiada convicción, me lo eché al bolsillo para tener algo que leer en el metro. Cuando quise darme cuenta, absorto, me había pasado ocho estaciones y comprendí mi error al confundir en este caso la brevedad con la irrelevancia.

Me refiero a El camino de los difuntos, del jurista y escritor francés François Sureau, traducido por Laura Salas Rodríguez y publicado por Periférica, la exquisita editorial cacereña especializada en recuperaciones, descubrimientos y, como en este caso, valiosas miniaturas literarias. Miniatura sí, pero no como sinónimo de pequeñez o insignificancia, porque estamos ante un libro sin superficie, hecho tan solo de hondura, resultado de la destilación de un ambicioso proyecto que podría haber llenado igualmente centenares de páginas.

Se trata de un raro prodigio de concisión que arroja luces y suscita interrogantes de calado sobre cuestiones como la diferencia entre lo justo y lo legal, la ambigua zona de sombras e incertidumbres en la que se mueven a veces las decisiones judiciales y las cuentas que quedaron pendientes cuando se implantó la democracia en España y se amnistiaron los delitos terroristas de ETA.

El jurista que protagoniza El camino de los difuntos, al igual que el autor —con el que se identifica plenamente—, tuvo que tratar en los primeros años ochenta con las peticiones presentadas por antiguos etarras ante la Comisión de Apelaciones de Refugiados. Con el argumento de que corrían peligro de muerte si regresaban a España, pretendían seguir residiendo legalmente en Francia, pese a que, al menos en teoría, y tras la amnistía, ya no tenían nada que temer si regresaban.

El dilema se planteaba entre mantenerles la protección legal, lo que supondría una especie de voto de censura a la joven democracia, y denegársela con el riesgo que ello podía suponer de que sufrieran las represalias de los GAL y, en algún caso, incluso de sus excompañeros de armas de los que algunos se habían distanciado.

Al parecer, Sureau ha condensado en su personaje Javier Ibarrategui —al que se presenta como miembro del comando que atentó contra el comisario torturador Melitón Manzanas— a tres etarras que comparecieron ante la comisión y sobre cuyo destino tuvo que pronunciarse. Las consecuencias de sus decisiones les persiguieron toda la vida, a él y a su alter ego en esta falsa novela. “El recuerdo de Ibarrategui no me ha dejado nunca tranquilo”, confiesa el protagonista. “La culpa tiene poderes de los que el amor carece”.

El libro, publicado en Francia también en 2015, no solo arroja sombras sobre una época. También ilustra de manera genérica la dificultad a la que se enfrenta el sistema judicial a la hora de adoptar, con arreglo a derecho pero sin soslayar el factor humano, decisiones que pueden marcar para los afectados la frontera entre la vida y la muerte.

En los años ochenta las solicitudes presentadas ante la Comisión de Apelaciones de Refugiados eran de entre 2.000 y 3.000 —señala Sureau—; ahora son más de 30.000, y eso antes de la última y masiva afluencia de los huidos de las guerras, sobre todo de la de Siria. Aterra pensar en las injusticias que se pueden estar produciendo ahora mismo por dictámenes basados en análisis forzosamente apresurados y en los que hay que atenerse con frecuencia más a las impresiones que a las pruebas objetivas, muy difíciles de sustanciar. Por entonces, la Comisión tenía tres secciones, hoy son más de cien.

Además de ilustrar un problema concreto sobre el que no abunda la información —se trataron unos 20 casos de refugiados etarras—, El camino de los difuntos tiene un valor incluso superior como obra literaria. Revela el pulso firme, rotundo, conciso, ajeno a todo artificio y floritura, esencial, de un gran escritor que desafía a quien pretenda descubrir que le sobra una sola palabra. Su prosa crea una atmósfera envolvente, angustiosa a veces, que enfrenta con inusual eficacia narrativa al etarra que debe recorrer su particular camino de los difuntos y al juez en cuya mano está impedirlo y que, si no lo hace, deberá cargar para siempre con el peso de la culpa.