El caso Savolta, los soldados de Cataluña y la modelo extraviada

Se han cumplido ya 40 años de la publicación, a pocos meses de la muerte de Franco, de una novela que, de forma inmediata, fue un éxito fulgurante y convirtió a Eduardo Mendoza en un autor de merecido prestigio. La verdad sobre el caso Savolta estaba ambientada en la Barcelona de comienzos del siglo XX (sobre todo en 1918), una época marcada por la alta tensión social, la venta de armas a los alemanes y los aliados, la explosiva lucha de clases y el pistolerismo de la patronal frente al sindicalismo violento. Llegó en el momento justo, como respuesta a una demanda de literatura de trasfondo político, a la medida de la efervescencia y el clamor por el cambio que marcaban el momento histórico. La receta: una escritura clara y transparente; unos personajes creíbles y cercanos; y una trama fascinante. Resultado: se consagró como paradigma de la novela de la transición.

Seix Barral aprovecha el aniversario para lanzar una nueva edición con un título diferente, Los soldados de Cataluña, el que Mendoza tuvo que cambiar por problemas con la censura franquista que, en un estúpido informe del anónimo “lector número 6”, que merecería pasar a la antología del disparate, calificó la obra de “novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza”. Sin embargo, tan lejos ya de 1975, no tiene demasiado sentido el cambio, como no lo tendría que Anna Karénina se transmutase en Pasión en clima frío. Una vez perpetrado el atropello, La verdad sobre el caso Savolta es, en cierta medida, patrimonio común de su legión de lectores, y ni siquiera el intento de atraer otros nuevos justifica alterar un título tan consolidado. La propia editorial tampoco debe tenerlo tan claro, ya que la portada de la novela es una composición en la que coexisten el nombre viejo y el nuevo.

La reedición y rebautismo de La verdad sobre el caso Savolta coincidem con la aparición de otra obra de Mendoza, El secreto de la modelo extraviada, cuyo antihéroe, un innominado y estrafalario investigador, ha protagonizado la segunda vida de su autor, un registro muy diferente del de su opera prima que quizás le proporcione buenos rendimientos económicos, pero que no añadirá mucho a su gloria literaria. Es un caso parecido al del escritor irlandés y premio Cervantes John Banville, pero con una diferencia notable: que el autor de El mar se ha buscado otro nombre, Benjamin Black, para publicar su obra menor , una serie de novelas negras con obras tan estimables como La rubia de ojos negros. Por no hablar de que en Black es más fácil rastrear a Banville que en Mendoza al mejor Mendoza.

Ha preferido no recurrir a este artificio. Conserva su nombre escriba lo que escriba. Eso hace inevitables las comparaciones, y sobra decir que su otra vida literaria no sale demasiado bien parada, porque la distancia entre las dos trayectorias es abismal. Si la publicación en 1979 de El laberinto de las aceitunas se acogió con simpatía, incluso con el reconocimiento a un cambio de registro que convertía en eje narrativo un humor que parecía escapado de la novela picaresca, y que convertía lo estrambótico –incluso gótico- en eje narrativo, la reiteración en el empeño ha terminado por agotar el filón.

Aun así, El secreto de la modelo extraviada se lee de un tirón, entretiene y divierte, muestra un impecable dominio del idioma y termina haciendo simpatizar al lector con una galería de personajes cuya rareza podría justificar su aparición aislada, pero que todos juntos resultan inverosímiles. No es que Mendoza no lo sepa, por supuesto que sí, pero no le importa, porque en el mundo del esperpento cabe todo, incluso apelativos como Normalina Callado, Señorita Westinghouse, Bernabé de Paquito, Mariquita Solomillo, Magí Amigó y Santaló, o La Tifus.

El secreto de la modelo extraviada es un auténtico disparate, aunque no más que sus predecesoras de la misma serie. No obstante, puede leerse como una novela negra. Aunque bajo el camuflaje de lo humorísticamente cutre, hay un caso, una falsa acusación, una investigación llena de recovecos, policías corruptos, una conspiración, toques de crítica social y hasta un punto de nostalgia por una Barcelona recorrida en su topografía y su toponimia, pero que quizás nunca existió. El relato se desarrolla en dos tiempos separados por 35 años, pero ni en el antiguo ni en el moderno se refleja el respeto por el modelo de ciudad, ni el de entonces ni el de ahora, hasta el punto de que uno de los personajes afirma. “Se ha convertido en la capital mundial del baratillo y de la idiocia”.

Que Mendoza es un gran escritor está fuera de toda duda. Aunque a sus 72 años ya no tenga el vigor de cuando nos dejó alucinados en 1975, es perfectamente capaz, supliendo con oficio lo que pueda escatimarle la edad, de seguir produciendo obras muy estimables, incluso alguna mayor. Sin embargo, este creador consolidado, apreciado tanto por los lectores como por sus compañeros de profesión, ha defraudado en cierto sentido las expectativas que suscitó con su primera obra, nunca superada en 40 años, aunque se acercó bastante con La ciudad de los prodigios (1986).

Riña de gatos, una obra sin fuste, con la que ganó el Premio Planeta de 2010, es quizás el mejor ejemplo de este nadar entre dos aguas, de un conformismo desalentador para los lectores que aún piensan que Mendoza les debe algo. La coincidencia de la publicación de la retitulada La verdad sobre el caso Savolta y de El secreto de la modelo extraviada hace más visible que nunca esta penosa contradicción. Aun así, recomiendo la lectura de ambas, cada una en su estilo, pero solo la primera es imprescindible.