La búsqueda de la libertad de las chicas de campo

A la altura de sus 85 años, elogiada hasta la adoración por autores como John Berger, Philip Roth o Alice Munro, aupada al olimpo literario, Edna O’Brien es ya una gloria para su país, Irlanda, donde sus primeras novelas fueron con frecuencia prohibidas e incluso pasto de las llamas a causa de su supuesta inmoralidad y de que proyectaban una imagen siniestra  y retrograda del país. Todo aquello está superado, y lo que sorprende es que, incluso en los años sesenta del pasado siglo, pudiesen escandalizar las vicisitudes en el fondo no tan extremas ni rompedoras de Baba y Caithleen, luego rebautizada como Kate.

Estas “chicas de campo”, siempre ingenuas, atrevidas y de espíritu transgresor, feministas sin saberlo, estaban impulsadas en realidad por el comprensible deseo, casi siempre frustrado, de desarrollar una vida plena y libre, de escapar de un entorno agobiante, sin perspectivas, machista, de economía primaria, condicionado por el alcoholismo, las ancestrales y reaccionarias costumbres y, como no, un catolicismo intolerante, trasnochado y siniestro.

Errata Naturae ha rescatado la trilogía que muestra a Baba y Caithleen primero como niñas y adolescentes en su aldea natal y en un internado de monjas, luego como jovencitas ampliando horizontes en Dublín y, por fin, en el Londres más abierto, como adultas casadas que, cada una a su manera, fracasan en su gran proyecto vital: encontrar el amor verdadero y realizarse en libertad como mujeres y como madres.

Aunque luego se editaron en un solo volumen, las tres novelas se publicaron originalmente por separado, como ocurre ahora en castellano: Las chicas de campo, en 1960; La chica de ojos verdes, en 1962; y Chicas felizmente casadas, en 1964. Su éxito fue instantáneo. Puede que el escándalo que suscitaron tuviera algo que ver con ello, pero en cualquier caso, fue un acto de justicia.

Todavía hoy, medio siglo más tarde, sus páginas desprenden una frescura, una autenticidad, que convierte su lectura en un gozo sin paliativos, el que produce la obra bien hecha, la que es capaz de crear un clima y unos personajes entrañables y prototípicos sin recurrir a ningún artificio, con un lenguaje rico y preciso, pero sin pretensiones. Pura alquimia.

El espíritu rebelde de las protagonistas de sus primeras obras (en buena medida autobiográficas), ha impregnado también la vida de su autora, rica e intensa y, en el terreno literario, repleta de novelas, colecciones de relatos cortos, poemarios, obras de teatro (como una sobre Virginia Woolf), biografías (Joyce y Byron), un libro sobre su propio país (Madre Irlanda) con algo de ajuste de cuentas, y unas memorias tituladas Chicas de campo, publicadas en inglés en 2012, y que lamento no haber leído aún, por lo que me remito a fuentes ajenas como un artículo de Dwight Garner en The New York Times.

El título hace sospechar que fue en su aldea natal, que describe como “ferviente e intolerante”, donde empezó todo, y que la rebeldía contra el corsé de su infancia y adolescencia en la estrecha Irlanda rural fue lo que le llevó a sobrepasar límites habitualmente reservados a los hombres (incluso en la libertad sexual), a luchar por extraer el jugo a la vida, por llegar al corazón de las cosas y desarrollarse como persona y escritora.

Volviendo a las chicas de campo, la tercera y última parte de la trilogía, Chicas felizmente casadas, es sin duda la más amarga, incluso trágica y fatalista, como si Edna O’Brien hubiese querido indicar que, si las raíces están podridas, es muy difícil que el árbol crezca fuerte y sano.

En la primera de las novelas (y de forma menos clara en la segunda) se respira aún en ocasiones el optimismo existencial que suele asociarse con la adolescencia y la juventud, cuando se contemplan  los golpes que da la vida como accidentes en el camino que el tiempo permitirá luego rellenar, al menos en parte. Eso hace posible un tono más desenfadado, humorístico a veces, como cuando, en Las chicas de campo, Beba y Caithleen recurren a una treta irreverente para lograr que las expulsen del internado de monjas. O como cuando, en La chica de ojos verdes, el padre borracho de esta última, acompañado de otros familiares y vecinos, asaltan la casa en Dublín del novio para recatarla de sus garras e impedir su deshonra.

En cambio, en Chicas felizmente casadas, la desesperanza y la fatalidad se imponen, enraizadas en la Irlanda profunda, en esas “tierras pantanosas, pardas ciénagas desprovistas de árboles, hectáreas de campo muerto, inhóspito, con una ruina gris en el horizonte: los lugares de los que había heredado su sentido de la fatalidad”.

Se trata de una Irlanda muy diferente de la de hoy, de la que antes de la crisis se convirtió incluso en paradigma de modernidad e innovación tecnológica, pero en la que aún hay rémoras que se resisten a adaptarse a los nuevos tiempos, como la omnipresencia de una intolerante y retrógrada iglesia católica.