Es ‘Borgen’, no ‘Juego de tronos’

Ya que un día Pablo Iglesias le regaló al rey Juego de Tronos, para la próxima cita podría obsequiarle con Borgen, la serie política de moda que, con solo los capítulos 1 y 2 de su primera temporada, se diría que está inspirada –si existiera el túnel del tiempo- en lo que está ocurriendo ahora mismo en España.

La realidad imita a la ficción, o viceversa, es difícil saberlo, pero viendo cómo los políticos daneses creados por unos agudos guionistas maniobran por hacerse con la mayor parcela posible de poder, con más ambición personal que vocación de servicio público, tras unas elecciones que no han arrojado un ganador claro, resulta automático establecer paralelismos, aunque no me atrevo a opinar qué dirigentes salen mejor parados, si los de aquí o los de allí.

Sin ir más allá, ciñéndome tan solo a esos dos capítulos iniciales, diré que hay un partido gubernamental claro favorito que, a tres días de las elecciones, hunde sus expectativas de un “resultado suficiente para gobernar” por culpa de un escándalo de corrupción; un jefe del principal grupo de la oposición sin demasiados escrúpulos que lanza la bomba —utilización de una tarjeta oficial por el primer ministro para pagar gastos particulares— y que, al pasarse de vueltas, es castigado por los votantes; la líder del segundo partido más importante de la oposición —protagonista de la serie— que intenta compaginar honradez y ambición y que, de rebote, justo por no estar dispuesta a pagar cualquier precio por ganar, logra un espectacular avance que la catapulta como primera opción; una joven periodista de televisión envuelta sin pretenderlo en el embrollo y que modera el último y definitivo debate que termina marcando el resultado; una despiadada negociación entre los partidos, con las ambiciones personales como vara de medir, en la que se hacen encajes de bolillos con los escaños para lograr una suma que no resulte demasiado heterogénea y disparatada, y donde se trapichea con los ministerios como si fueran churros. Y una salida del aparente bloqueo que me abstengo de revelar para no destripar aún más el argumento.

Seguro que Iglesias, Rajoy, Rivera, Sánchez, Garzón y compañía se han tragado de un tirón las tres temporadas de Borgen, cuyo título alude al término familiar con el que se conoce el palacio de Christianborg, sede del poder en Dinamarca, mientras piensan en otra serie que podría llamarse La Moncloa y de argumento no tan diferente.

Ni Juego de tronos, ni House of cards, ni El ala oeste de la Casa Blanca. La serie que hay que ver, hoy y aquí, es Borgen. Menos pretenciosa y solemne, con muchos menos medios, pero no por ello con menos talento. Con una estética más sencilla y creíble. Con creadores y actores apenas conocidos fuera de Dinamarca. Ambientada en un escenario social y político europeo, más cercano a la realidad española que Estados Unidos. Y, justo ahora, con algunas coincidencias asombrosas.

Pero quizá no haga falta que Iglesias le regale Borgen a Felipe VI. Si el monarca Borbón no la tenía ya, lo más probable es que los otros Reyes bajasen por la chimenea de La Zarzuela y se la dejaran junto al árbol de Navidad, con tiempo para que la viese y tomase nota antes de que se abriese el periodo de consultas con los dirigentes políticos para ver si es posible salir de este lío sin nuevas elecciones.