Reivindicación de las ‘otras’ víctimas de Hitler

Las obras del austriaco Erich Hackl pueden leerse como novelas, pero ilustran historias reales y son lo que Belén Gopegui llama a propósito de una de ellas (Adiós a Sidonie) “libros que no mienten”. Encierran una verdad esencial que va más allá de recreación documentada de los hechos con instrumentos propios de la ficción. Es una verdad de la se extrae un conocimiento más profundo y auténtico de las historias concretas que recogen, pero también consecuencias morales.

Este artículo trata del último de estos relatos, El lado vacío del corazón, editado en castellano por Periférica, pero antes haré una breve referencia a dos de sus antecedentes. En los tres se refleja la perversión consustancial al régimen nazi, reforzada por el hecho de que las víctimas concretas no son judías. Como un guiño siniestro, se ilustra la forma en que un cierto respeto de leyes y normas injustas y arbitrarias, aplicadas por funcionarios que las cumplen porque ese es su deber, conduce a resultados vergonzosos. Y sin que para hacerlo evidente haya que presentar necesariamente a los agentes de la Gestapo como verdugos implacables que torturan hasta la muerte a los enemigos del Estado.

En Adiós a Sidonie, se relata la historia real de una niña gitana abandonada a la que acoge una pareja de austriacos comunistas que la crían como si se tratase de su propia hija y a cuyos padres biológicos busca el Estado para entregársela, porque, según la ley, eso es lo que se debe hacer. Con la consecuencia de que, una vez logrado ese objetivo, la niña es internada con su familia en Auschwitz, donde no tarda en tomar el camino sin retorno de la cámara de gas.

Boda en Auschwitz no le va a la zaga: Margarita Ferrer, una española que conoció durante la guerra civil a Rudi Friemel, un austriaco enemigo del régimen recluido después en el campo de la muerte, consigue tras múltiples gestiones autorización para casarse con su compañero, del que ya tiene un hijo. Rudi se presenta a la ceremonia con un traje prestado del guardarropa de las SS y una camisa bordada por compañeras de cautiverio. La administración les permite pasar la noche de bodas en el prostíbulo del campo. La boda se celebró el 18 de marzo de 1944; el 30 de diciembre de ese mismo año, el novio fue ahorcado.

En ambos casos, lo que produce escalofríos no es la crueldad o la brutalidad consustancial con el régimen hitleriano y de sobra acreditada, sino un cinismo burocrático al servicio de una perversa coartada de legitimidad y respeto del Estado de derecho. Lo mismo ocurre con El lado vacío del corazón, la última novela –o cómo se le quiera llamar- publicada en castellano por Hackl, un austriaco enamorado de España, cuyo idioma habla a la perfección, que estudió en Málaga y Salamanca, que ha traducido a escritores como Rodolfo Walsh y Eduardo Galeano y que ha escrito obras sobre la guerra civil y las dictaduras argentina y uruguaya

Se presenta aquí la historia de los Salzmann. No son judíos, aunque lo sea su apellido, y en todo caso sus problemas no les llegan desde ese flanco, sino por la afiliación comunista y la militancia antifascista del patriarca de la familia, Hugo, que, para salvar la piel, emprende con los suyos un éxodo que les lleva por Suiza, Francia y Alemania hasta que cae en manos de la Gestapo.

Cabría imaginar que, ya en la sala de interrogatorios, la siniestra policía política le torturaría para quebrar su resistencia y lograr que traicionase a sus camaradas. Sin embargo, no hay en el libro ningún testimonio, ni directo ni indirecto, de que ése fuera el caso. Es más: el proceso de Hugo Salzmann se ajusta más o menos a las arbitrarias leyes del momento y el acta de acusación no se basa en su confesión, sino en detalles tan sutiles como que se coteja la letra de unos sobres en los que se distribuía una publicación comunista con la extraída de unas pruebas de caligrafía que se le piden durante su detención.

Es condenado a ocho años en un campo de trabajo –una sentencia relativamente leve- en el que las condiciones son penosas, pero no tanto como para evitar que sobreviva, y para que se indigne en la posguerra por cómo los antiguos nazis se las arreglan para medrar en el nuevo régimen surgido del hundimiento del III Reich.

No tiene la misma suerte su esposa, Juliana, una de esas personas de profunda humanidad cuya preocupación principal no era combatir al fascismo, sino proteger a los suyos, y a la que las fiebres tifoideas llevan a la muerte tras sufrir durante cuatro años toda suerte de penalidades y privaciones en un campo en el que fue internada de forma arbitraria, y donde dio ejemplo de abnegación. En cuanto al resto de miembros de la familia Salzmann sobreviven con dignidad, trabajan duro y algunos de ellos, cuando les toca, mueren en el frente, como millones de sus compatriotas alemanes y austriacos.

No es que Hackl ignore en sus libros la crueldad del régimen hitleriano. Antes al contrario, refleja su perversidad intrínseca demostrando la inconsistencia de su coartada legal, más allá del Holocausto de seis millones de judíos y gitanos.

La segunda parte de El lado vacío del corazón tiene como protagonistas a otro Hugo Salzmann, hijo del primero, y al hijo de éste, Hanno. El segundo Hugo sufre en propia carne el efecto destructor sobre los afectos (incluso los paterno-filiales) que provocan separaciones largas y traumáticas como las que él sufrió, que con frecuencia impiden reanudar las relaciones en el punto en el que las truncó la historia, entre otras cosas porque “él estaba orgulloso de su padre, pero su padre no estaba orgulloso de él”. A ello se une el trauma de regresar a Occidente desencantado del paraíso socialista de la RDA, donde se afincó libremente por motivos ideológicos pero en el que no encontró sino desconfianza y presión para evitar cualquier desviación de la ortodoxia doctrinal.

Lo más insólito y vergonzoso es que, muchos años después de la guerra y de sus secuelas inmediatas, dos generaciones más tarde, ya en la última década del siglo XX, Hanno, que sólo aspira a una vida tranquila y sin complicaciones, comete el error de decir que su abuela murió en un campo de concentración. Y es entonces cuando sufre una destructiva persecución en la Austria democrática y supuestamente liberada de prejuicios y fanatismo.

Sus compañeros de trabajo en un organismo público se empeñan en considerarle judío –aunque no lo sea- por el solo hecho de llamarse Salzmann y le someten a un acoso del que no le protegen ni sindicalistas ni tribunales, y que viene a demostrar que el antisemitismo tiene aún raíces muy profundas en la tierra en la que creció el horror del Holocausto.

Hackl huye de la complacencia, de las explicaciones simples. Sus libros emanan ternura, pero también pesimismo, la consciencia de que los seres humanos están tan dotados para el rencor y el odio como para el amor y la abnegación, aunque a él le gusta centrarse más en los factores positivos. En algunos aspectos recuerda a Peter Handke, pero sin el tremendo pesimismo e incluso el rencor de éste hacia sus propios compatriotas. La diferencia estriba en que Hackl cree en los buenos sentimientos, al menos lo suficiente como para alentar la esperanza.