Jesús Carrasco cae a tierra desde las alturas de ‘Intemperie’

Si Jesús Carrasco no hubiese escrito Intemperie, habría que decir de La tierra que pisamos –publicada también por Seix Barral- que es una notable novela en la que su autor hace gala de un estilo seco y eficaz, muestra un inusual dominio de un lenguaje apegado a la aridez del paisaje, refleja su personal comunicación con una tierra cruel e inhóspita, denuncia a través de un simbolismo depurado lo peor que los seres humanos pueden hacer a otros seres humanos y, al mismo tiempo, deja un resquicio a la esperanza de redención.

Son atributos más que suficientes como para recibir con agradecimiento, incluso con un destello de euforia, a un literato surgido del mundo de la publicidad, con una voz propia y sin referentes en su propio país, aunque se le haya querido descubrir alguna influencia de Delibes. Pero habría que irse a Estados Unidos para hallar una voz de parecidas resonancias, la de Cormac McCarthy.

El problema es que Carrasco no es una joven promesa, sino un escritor consagrado ya con su primera obra. Si tuviese que elegir tres novelas españolas publicadas en este siglo destinadas a dejar huella, una de ellas sería sin duda Intemperie, y tendría que pensarme mucho cuáles serían las otras dos. Un éxito de ventas, pero sobre todo de crítica,    que no debe ser nada fácil de asimilar y –peor aún- que puede aprisionar a su autor en una espiral de promoción y celebridad muy difícil de compatibilizar con la creación literaria.

No es lo mismo encerrarse consigo mismo, robando cada minuto posible al trabajo con el que se pone la comida en la mesa, imbuido del malditismo y las dificultades que han alumbrado grandes creaciones artísticas de todos los tiempos, que verse mimado –si no acosado- por los medios y acuciado por la editorial para repetir la jugada en apenas tres años antes. No es ésa la mejor atmósfera para la creación.

El resultado de lo que sospecho que han debido ser circunstancias muy diferentes del parto literario es La tierra que pisamos, condenada de antemano a ser juzgada, no por sí misma, sino en comparación con Intemperie.

Para desgracia de Carrasco, en ese trance, su segunda novela sale claramente derrotada. Lo que en la primera causaba admiración, aquí suena a reiteración. Ya no sorprende el lenguaje seco y descarnado. La trama, más que un avance en un mundo literario propio, suena a más de lo mismo. Mientras Intemperie daba la impresión de que el texto definitivo era el destilado de otro mucho más extenso, despojado de todo lo que no fuese esencial, hasta quedar en la osamenta, en La tierra que pisamos es difícil desechar la sospecha de que quizás este argumento, tal y como está planteado, no merecía las 270 páginas con las que ha llegado a las librerías.

Intemperie llenó un hueco en la narrativa española que ni siquiera se sabía que existiera. Describía –perdón por la autocita- “la huida desesperada de un chico por un paisaje desolado por la sequía y por algún inconcreto cataclismo, perseguido por un alguacil que significa el mal absoluto, y protegido por un viejo cabrero que encarna la esperanza en el ser humano”.

En cuanto a La tierra que pisamos, es una ucronía, se desarrolla en un pasado, quizás a comienzos del siglo XX, en la Extremadura de una España ocupada como el resto del continente por un imperio que trata a los nativos como mano de obra esclava. Los protagonistas son la esposa de un cruel e impedido ex coronel extranjero que vive en una casa expropiada, y una de esas víctimas expulsadas de su tierra y tratado durante años como un animal.

Venciendo el peso de la propaganda oficial, incapaz de aceptar la dicotomía víctima-verdugo, la mujer sintoniza con quien al principio toma por un merodeador, se conmueve por su trágica historia y, al asumir su parte de responsabilidad, llega a poner en riesgo su propia seguridad. “No había más misterio que la culpa”, señala, “la de saber que había levantado mi casa sobre la sangre de los suyos, la de haberme envuelto en la bandera de la tradición, el Imperio y la religión para participar en este expolio (…) Cargo con la culpa de haberme dejado embaucar para erigir mi vida sobre una ciénaga”

La trama tiene un claro parentesco con la de Intemperie,y en ella resuenan ecos del Jonathan Littell de Las benévolas y de las catástrofes humanas de la atormentada historia del pasado siglo. Sin embargo, se expone con menos fuerza, quizá con menos convicción, como si se hubiese engrosado artificialmente el texto, en lugar de despojarle hasta del último gramo de grasa. No sé si es eso lo que ha ocurrido en realidad. Sería presuntuoso intentar entrar en la mente de Jesús Carrasco, un autor por el que siento un enorme respeto y que estoy seguro que desarrollará una brillante carrera, aunque le baste con su primera novela para ganarse el respeto de cualquiera que aprecie la buena escritura.

Me doy cuenta también de que no soy quien para darle consejos. Me disculpo por ello, pero aun así me permito hacerlo desde la admiración: no se distraiga, señor Carrasco. Aíslese, desconecte el teléfono, olvide la parafernalia que trae el éxito, concéntrese en escribir, en su rico mundo literario. Y olvídese de todo lo demás. Tiene talento de sobra para regalarnos todavía alguna obra maestra.