La Francia literaria, de la mano de una superviviente de ‘Charlie Hebdo’

El 7 de diciembre de 2015, Catherine Meurisse, la primera mujer que formó parte de la plantilla artística fija de Charlie Hebdo, llegó tarde a la reunión de la redacción de la revista. Eso le salvó la vida. Sin embargo, no salió indemne del salvaje atentado islamista que se cobró 12 vidas, entre ellas la del director del semanario satírico y las de varias de sus firmas más reconocidas. Su falta de puntualidad la convirtió en una superviviente, sin heridas físicas y visibles, pero con heridas invisibles muy profundas.

Según ella misma ha confesado, pensó que su vida como autora de lo que aquí se conoce como cómic y en Francia como BD (Bandes Dessinées) había llegado a su fin, que nunca recuperaría la fuerza mental necesaria para volver a coger un lápiz, que tendría que reconstruirse como ser humano. Sin embargo, después de la reacción masiva de apoyo popular y de la decisión de los supervivientes de que la publicación volviese a los quioscos, logró exorcizar sus demonios interiores de la manera más coherente posible: con su trabajo. Parte vital del tratamiento que le ayudó a curarse, el “antídoto ideal contra el horror”, fue la confección y publicación de álbum, La ligereza, aún no editado en España, y en el que pretendía combatir el horror y la fealdad con las armas de la belleza y la tolerancia.

Siete años antes de la matanza, Meurisse había realizado su personal homenaje en cómic a la herencia literaria de su país, un álbum para coleccionistas que, con el título de La comedia literaria. De Roldán a Borís Vian, presenta ahora en España Impedimenta, en una cuidada edición que hará las delicias de todos aquellos para quienes Villon, Rabelais, Montaigne, Molière, Voltaire, Diderot, Víctor Hugo, Zola, Flaubert, Balzac o Proust son unos amigos entrañables en cuyas obras encuentran siempre una cálida acogida, incluso en los momentos más oscuros. Pero no solo es recomendable para ese tipo de lectores, también para los que perdieron el tren de uno de los acervos literarios más ricos, pero que quieren aprobar esa asignatura pendiente y necesitan un acercamiento ágil, amable y humorístico que quizá les conduzca luego a un conocimiento más profundo.

De la obra de Meurisse podrá objetarse que presenta a sus ilustres personajes desde la anécdota, el detalle aislado e incluso desde el tópico (no podía faltar la magdalena de Proust), pero de alguna extraña manera solo entendible en alguien que ama sin reservas la materia prima que modela, consigue transmitir la esencia de las grandes glorias literarias de Francia, sin que el uso del humor derive nunca en abuso o chascarrillo. Desde la Edad Media con sus juglares y cantares de gesta hasta el siglo XX de Proust, Celine, Camus, Sartre o De Beauvoir, la autora transporta a quien recorre su obra por un mundo de ingenio y fantasía y, con ligereza, como sin querer, desvela claves esenciales de la creación literaria.

Las libertades que se toma Meurisse con las glorias del panteón de las letras francesas son muy perdonables y no va más allá de presentar a Montaigne experimentando su propia muerte (basado en una experiencia real, tras una caída del caballo), efectuando su propio psicoanálisis y descubriendo la esencia de sus Ensayos: “Cada hombre lleva en sí la forma entera de la humana condición”. O de presentar a los autores de La Pléyade (Du Bellay, Ronsard…) como una pandilla de amigos en busca del ideal de belleza. O de mostrar a Luis XIV como protector de Molière, La Fontaine, Corneille o Racine y diciéndose a sí mismo. “Los conocí a todos… y a todos los enterré. Al fin y al cabo el siglo XVIII en cierto modo soy yo”.  O de imaginar una visita de Rousseau al ficticio Cándido y despotricar: “¡Estoy en territorio enemigo, sois obra de ese demonio de Voltaire!”. O de caricaturizar a Víctor Hugo como un deforme cabezón proclamando que lo feo es lo bello, revolucionando el ambiente literario con su Hernani y convertido en santón indiscutido del romanticismo. Y, por fin, para no ser demasiado prolijo, de avergonzar al gran editor Gallimard, tan ciego que no supo ver el potencial de En busca del tiempo perdido o Viaje al fondo de la noche. Más que libertades irrespetuosas, estas presentaciones de los autores son reflejo del homenaje de una rendida admiradora.

Meurisse no pretende ser exhaustiva. Por eso, en el capítulo de agradecimientos, cita a los literatos que cita (o cita mucho), pero cita también a los que no cita (o cita poco), reconociendo así que tendría que haberlos citado (o citado algo más). Como Beaumarchais, Baudelaire, Mostesquieu, Aragon, Lamartine, Stendhal, Rimbaud o Verlaine (la lista es mucho más larga).

La autora muestra  una gran habilidad para, a través de unos cuantos casos puntuales, sin faltar nunca a la verdad en los aspectos esenciales –aunque con toques de humor e ingenio-, mostrar la coherente evolución de un tesoro literario único, de enorme riqueza y variedad y con una presencia poderosa en las letras mundiales.

Al propósito de exactitud y divulgación sirven con eficacia un trazo original de las viñetas, un minucioso cuidado en la composición, un lenguaje preciso arropado por la ironía, y la armonía entre forma y contenido. La calidad de la edición de Impedimenta cierra la orla que convierte La comedia literaria en una joya quizá menor pero digna de ser mirada, leída, disfrutada y conservada.