El pícaro a su pesar y al albur del azar, o viceversa

El protagonista de El azar y viceversa (Ediciones Destino), la última novela de Felipe Benítez Reyes, es un pícaro a su pesar que va dando traspiés por la vida al albur de lo que le depare “el diablo azar”, que suele soplarle a la contra aunque no siempre le sea esquivo.

Le definen estos rasgos: huérfano desde chico, despreciado más que maltratado por su padrastro, sin oficio ni beneficio, con erráticas inquietudes culturales, esporádico y pésimo poeta, romántico sin fortuna, demasiado buena persona para medrar y que se ve con frecuencia “a la cuarta pregunta y sin respuesta posible para ninguna de las cuatro”, con una bonhomía que despierta sentimientos protectores -cuando no de burla-, con experiencias sentimentales y sexuales a salto de mata de las que suele salir trasquilado, intentando disfrutar de lo bueno –poco o mucho- que le depare el presente y con el futuro puntuado siempre por un enorme signo de interrogación.

Podría ser un Lazarillo si no le faltaran la mala uva del de Tormes y un ciego que le enseñara a palos las argucias para sobrevivir en la selva de la existencia. Y también podría ser un Don Quijote con el alma comida por Sancho, aun ausente de un propósito concreto en su deambular, más allá de llenar el buche a ser posible todos los días y disponer de unas pesetas de sobra, aunque se le vayan en alcohol, putas o drogas. Nunca va sobrado de nada este antihéroe que lo mismo que circula por el siglo XX podría hacerlo por el XVII.

El lenguaje que utiliza Benítez Reyes, que reconoce alguna deuda con el diccionario de Covarrubias y muchas con el habla de su tierra, se adapta como anillo al dedo a las peripecias de su personaje, con ese toque arcaico que le permite sacar petróleo del riquísimo e ingenioso castellano de Andalucía y que, más allá de su ubicación en la España pre y posfranquista, posee un regusto a clásico y universal, como escapado del mismísimo del Siglo de Oro gracias a los buenos oficios de un improbable ministerio del tiempo.

El azar y viceversa deja un regusto a la literatura sin edad, por su temática e incluso por su lenguaje. Quizá porque ésa es su pretensión, Benítez Reyes evita las referencias políticas directas, aunque la época en la que se desarrolla la acción se lo habría puesto fácil. Se diría que precariedad, el abigarrado escenario por el que sin pretenderlo se mueve su héroe, los personajes más o menos estrafalarios con los que se relaciona (desde un contrabandista y anticuario a un enano ventrílocuo, pasando por camellos y artistas de lo jondo allá donde “incluso las estatuas cantan flamenco”), la barojiana lucha por la vida en una Andalucía inactual, no tiene demasiado que ver con el momento histórico o socio-político, como si nadie tuviera la culpa de que hubiese tanta gente sin oportunidad real de una existencia digna y desahogada.

El autor no juzga, solo expone, y sólo muy esporádicamente se refiere a la realidad concreta que todavía hoy marca a buena parte de la población andaluza. Así, el protagonista acaba desarrollando una actitud servil hacia un diputado autonómico “embaucador y adulador, rastrero y pesetero, fanfarrón y soez, sibarita a lo cateto”, que no se recata en afirmar que “no había político que no enchufara en la administración pública al menos a media docena de familiares y allegados”.

Fue aquel un tipejo que le permitió sobrevivir unos meses, hacia el que desarrolló una actitud servil, que le buscó uno de esos empleos de los que no exigen ir siquiera a trabajar y que ofrecía contratas y subvenciones por doquier “según anduviese el mercadillo institucional”. Con todo, Benítez Reyes se las arregla para no dar la impresión de que su objetivo es mostrar las vergüenzas de, por ejemplo, la administración autonómica andaluza, sino más bien de presentar éstas como el reflejo natural de una realidad eterna y, por eso mismo, imposible de erradicar, gobierne quien gobierne.

En la parte inicial de la novela se da la impresión de que el autor va a rendir un homenaje literario a su Rota natal, marcada por la presencia de la base militar norteamericana, por el contrabando, el comercio de droga y la prostitución que favorecen la presencia de miles de soldados a los que quema su buena paga en dólares en el bolsillo. Y ciertamente, la recreación que hace Benítez Reyes de la bulliciosa localidad gaditana y de la fauna humana que por ella pulula daría por sí sola para una novela, incluso varias. Sin embargo, su antihéroe, por poco viajero que sea, se ve forzado a explorar otros horizontes, aunque sean tan cercanos como Cádiz, Sevilla o Jerez, pero muy similares en cuanto a lo que se cuece en ellas en la periferia de sus escaparates más vistosos.

En el camino, alimenta y enriquece su historia personal -que tampoco da para tanto- con los retratos de los integrantes de toda una galería de personajes a los que, si algo une, es que casi ninguno de ellos puede considerarse convencional. Un punto de enlace más con los pícaros de la gran literatura clásica española. Y siempre con una mirada sentimental y bondadosa, como, por ejemplo, en el caso de una corrala en la que vivió un tiempo, de cuyos vecinos llega a decir: “No he conocido a gente tan magnánima en su pobreza, tan menesterosa sin queja alguna y con un sentido tan arcaico y tan firme de la dignidad”.

Benítez Reyes, que tiene en su palmarés un premio Nadal y un Nacional de Literatura, compone una obra redonda, entre el drama y la comedia, de lenguaje barroco, ingenioso y chispeante. Una muestra: “Se llamaba Hortensia, pero exigía ser llamada Horti, supongo que para quitarse años mediante el procedimiento de quitarse letras, aunque su edad daba para varias sílabas adicionales”. El texto bordea a veces la tragedia, porque las desgracias que castigan al protagonista superan por mucho a las venturas, pero se escapa siempre por una circunvalación que permite al lector superar la desazón a base de sentido del humor, un sarcástico escepticismo y cierto sabor dickensiano que deja abiertas a la esperanza las puertas que quiera el dios azar. O viceversa.