Luna Miguel

Limosna

 

 

 LIMOSNA

La señora llevaba colgado un crucifijo más grande que el tercer volumen de Stieg Larsson. Era domingo. El vagón vacío. Había quedado en Atocha para comer porque mi tren hacia el sur saldría a las cuatro. La señora del crucifijo tuvo que sentarse justo enfrente. Fue poner el culo en el asiento y empezar a quejarse. Zapatero. Los lituanos. El aborto. La crisis. Los precios. Las putas. Los jóvenes. Los periódicos de izquierdas. En Coslada apareció un seudoyonqui blanco pidiendo limosna mientras rezaba el Padre Nuestro. La señora puso cara de Soy La Más Generosa del Mundo y le dio cincuenta céntimos. Después subió al transporte otro mendigo, negro y con los dos brazos amputados. Sujetaba con los dientes el platillo para pedir. No sé si fue su color de piel o la ausencia de Padres Nuestros. Pero la generosamente asquerosa del crucifijo no le dio ni un céntimo. Qué horror, podría taparse los muñones, se atrevió a decir. Me considero una persona bastante educada, por no decir cobarde. Confieso que hubiera gustado decirle a la tía que se metiera a Crucifijo Larsson por donde le cupiera.