Luna Miguel

De Píndaro a Carlinhos Brown

De Píndaro a Carlinhos Brown

Pero en Madrid ya nos hemos olvidado. Pasadas las siete de la tarde del viernes la expectación se convierte en botellones, burlas y risas. ‘Esta noche voy a beber todo lo que quiera en la calle’, dice una chica, ‘que Gallardón hoy no nos lo puede prohibir: está llorando en Dinamarca’. Él llora y un grupo de brazilian girls toca los timbales en el metro de Callao. A éstas seguro que nadie les reprocha nada. Con un ritmo así que se lleven los Mundiales, que se lleven las Olimpiadas, que organicen Eurovisión si hace falta. Madrid necesita ritmo. Madrid necesita poesía: venga usted a la Capital, Píndaro, y véalo. Cómo queremos ganar algo si no tenemos un poeta griego en nuestras filas. Madrid necesita fábricas de epinicios, esos poemas-oda dedicados a los deportistas vencedores panhelénicos. "El hombre es el sueño de una sombra", escribió Píndaro. Sí, Madrid también es el sueño de esa sombra. ¿Y entonces, ahora? Qué tal si llamamos a Esperanza y hablamos de impuestos, o de las obras interminables en Canillejas (algún día me encontraréis aplastada en la carretera después de intentar cruzar a la parada nómada y polvorienta del autobús) o del precio desorbitado de los transportes públicos, o del estado de los hospitales: en algún sitio tendrán que saber curarnos nuestras malditas corazonadas. Lo cierto es que Gallardón da penita. Con esa cara de bueno. Recordado por sus esfuerzos inútiles, por sus proyectos sin rumbo, por su fracaso… No me diga que no, señor Zeus. Alberto se merece un sitio junto a vosotros, allá, en la alta cumbre del deseado Olimpo de la Sierra de Madrid.