Luna Miguel

Día del Libro sin libro

El ratoncito Pérez era un puto comparado con aquel fantasma extraño que dejaba libros debajo de mi cama durante el Día del Libro. Mientras que uno me daba ridículos duros que no servían ni para chuches, el otro me regalaba libros, cada cual más gordo y bonito. Recuerdo especialmente uno de los días del libro de mi infancia, la profesora de lengua del colegio nos dio la opción de leer alguno de los libros que ella había traído a clase de su biblioteca personal, para que otros niños y yo pudiéramos celebrar bien ese día leyendo algo nuevo en vez de aprendernos los verbos. Recuerdo un solo nombre de mujer en aquella pila de libros: entre Stevenson, Pergaud y alguno más, se encontraba Algunos muchachos, de Ana María Matute, invitándome a cogerlo y leerlo durante aquellas dos horas de asueto en el colegio.

Lo cierto es que no sé tanto de Ana María Matute como quisiera: he leído un par de libros más suyos durante la infancia, he observado su blanquecino rostro infinidad de veces en la prensa y la he visto hablar de una época de nuestra historia que tan lejana queda -tanto que nosotros, los que la leímos en el cole, ni la conocemos- y tanta angustia sigue dando al nombrarla. Hablo de Matute y hablo de "colegio" y de "mujer"... y vuelvo a caer en los clichés que se aplican a la escritora... El pasado día del libro nadie me regaló nada. Por eso he venido a esta biblioteca de mi barrio y he recuperado Algunos muchachos. Leo. Hay dolor en estas páginas. Pienso. El dolor de una escritora que soportó no ya que quizá no le regalaran libros el 23 de abril, sino que encima la censuraran a ella y a los que la rodeaban. Eso sí duele. Eso sí.