Luna Miguel

Plaza de Esperanza

También mis ojos han sido dañados por el brillo blanquecino y letal del gigante y asesino cartel de Esperanza Aguirre en Plaza de España. El sol quema y se proyecta en el fondo blanco o en la onda de su sonrisa perfecta de photoshop para luego salir cual rayo láser y quemarnos el cerebro: el centro de Madrid, entonces, se llena de Zombies que repiten eslóganes y cancioncillas terribles: "votaaarrr a la esperannnnza... votarrrr a la esperannnnzzzaaaa, votarrr connn confiannnnnnzaaaa..." Zombies como yo que de pronto recordamos aquellos días gloriosos en los que el centro de nuestra ciudad no estaba plagado de jetos de futuros presidentes o políticos celestiales. Días en los que los carteles nos invitaban a beber Cola, a admirar un coche caro, o a enamorarse de una actriz buenorra con ropa marca -la moda, la depilación y las curvas son divinas: están en todas partes-.

Pero ocurre que aunque estemos hartos de todos esos anuncios agrediéndonos 24h, acabamos prefiriéndolos ante las cansinas campañas políticas a las que también nos someten. Quizá, la razón principal sea que todos sabemos el grado de mentira que hay en la publicidad. Nunca seremos Scarlett Johanson, nunca la crema nos dejará la piel tan pálida y hermosa. Nunca nuestros novios serán Brad Pitt, nunca sus pectorales serán tan firmes. Aceptamos la mentira de los anuncios porque sabemos que hay alternativas, que podemos vivir a nuestra manera, que no tenemos una 36, pero, joder, así aceptamos el trato. Lo que pienso cada vez que paso por Plaza de Esperanza es que ante eso ya no hay solución. Que todo es un fraude. Que votes lo que votes el producto será defectuoso. Que no, no hay confianza.