Luna Miguel

11-R

A veces uno tiene que decidir qué se puede contar y qué no sobre el trabajo o empresa a la que pertenece. A veces uno tiene que arriesgarse: ¿que le corten la cabeza o la verdad por encima de todo? Pero siempre ocurre: somos unos cobardes y no decimos lo que sentimos, lo que pensamos, lo que realmente nos asquea: pero es que tampoco nos dejan espacio, tampoco podemos gritar a nuestras anchas (el mundo nos oprime la garganta, el mundo es un solo tuit ¿y qué vamos a contar en un tuit?), mejor ser cobarde, mejor guardarte el secreto, como cuando éramos niños y en la clase olía a pedo, "¿quién se lo ha tirado?", nos preguntábamos agitados; y en seguida la trampa "¡ha sido el que tenga las manos rojas!", ¿quién, entonces, en este mundo, a la hora de la verdad, será el primero en este país en levantar las palmas, aterrorizado y culpable?

Os diré que aquí todos tenemos las manos rojas. Que todos formamos parte de este pedo ficticio que se hace llamar Prensa, que está en ruinas, y que no deja de decepcionarnos día tras día. Os diré también, a riesgo de parecer una insensible, que el 11-R perdón... el Once Ese me da igual en este preciso instante. Está pasado de moda. El dolor neoyorkino, el dolor del Siglo, el dolor de las conspiraciones de esos tíos está desfasado porque el verdadero dolor está aquí, en las flatulentas aulas de Periodismo. Aulas sin futuro, sin suplementos, sin revistas, sin periódicos (¿¡qué está pasando!?), sin un duro, sin criterio, sí, Toda la Prensa está así y tenemos que buscar una solución porque a veces uno no puede decir lo que siente, aunque sí puede actuar, trabajar, buscar una nueva fórmula, que no será peor, ni mejor, pero que hará de nuestro trabajo y devoción algo tan hermoso y digno.