Luna Miguel

Domingo por la mañana

El mundo se acaba. O no. El mundo empieza para muchos. El mundo empieza para los curas y los profes enchufados. El mundo se acaba para los homosexuales que se aman y que se quieren casar. El mundo empieza para los enfermos que tienen que aguantar en listas y listas y listas de espera. El mundo se acaba para los inmigrantes: más odio, más odio para ellos. El mundo empieza para los bebés que nunca debieron nacer pero que nacieron y sufrirán. El mundo se acaba para los jóvenes, los que no tenían futuro, los que seguiremos sin tenerlo, los que se hunden. El mundo empieza para lo privado. El mundo se acaba para lo público. El mundo empieza para los crucifijos. El mundo acaba para la memoria. El mundo empieza para el analfabetismo. El mundo acaba para esos, há, vagos de la enseñanza. El mundo empieza para el azul. El mundo acaba para la política.

Pero el mundo no se sostiene sin los que acaban. No se sostiene sin los que damos nuestro voto a un Reino Nulo. Porque eso no se ve en las encuestas. No se ve la calle, ni la voz no-dormida de quienes creemos que desde abajo –el asfalto, o el infierno si hace falta- podemos boicotear, ignorar y estar muy por encima de ese cielo lleno de gaviotas carroñeras.
Por eso he decidido no preocuparme por este domingo. De hecho, el 20-N será un día como otro cualquiera. Me despertaré tarde, haré el amor a mediodía, tomaré té en la cocina con Él y charlaremos de cosas anodinas. Mi voto en el aire o en la urna: no pensaré en él. Será un domingo por la mañana cualquiera. Y un domingo por la noche cualquiera. Y un país cualquiera con un gobierno cualquiera. Pero serán nuestras las armas. Desde abajo. Por el mundo que queremos.