En la maleta de Zapatero

Dos averías de Iberia en tres horas

Estoy leyendo el aterrizaje de emergencia del avión de Iberia en Lima, con un saldo de diez heridos -que se sepa y de momento- y me parece un poco surrealista, si cuento lo que viene a continuación. Y prefiero no pensar que dentro de cinco horas cojo un vuelo desde Bruselas hasta Madrid... con Iberia.

El miércoles, los corresponsales de RNE, TVE, ABC, Fax Press, Catalunya Radio y Público cogimos un vuelo de Iberia a las 12:20 para llegar al Consejo Europeo un poco antes que Zapatero, que lo haría sobre las cuatro.

Ya embarcados y con las puertas del avión cerradas, el comandante nos pidió que apagáramos los teléfonos móviles o algún dispositivo electrónico que estaba interfiriendo con los mandos de la cabina. Todo el pasaje, extrañado, comprobó que los aparatos iban apagados. A la media hora, sin despegar y tras unos extraños ruidos, el comandante nos dijo que había que regresar a la zona de aparcamiento por una avería en el sistema técnico. Una hora después, nos bajaron del avión.

Subimos al vuelo de las 14:20, también de Iberia, claro, y, tras media hora embarcados y con las puertas cerradas (el avión iba lleno, porque habían juntado dos pasajes Dios sabe cómo...), nos anuncian que tenemos otra avería "en el deposito de combustible". Naturalmente, la gente se preguntaba si es que nos habían subido al avión anterior, pero no: era otro y también estaba averiado. Una hora después, especulando entre bajar y coger el vuelo de las 16:30, también de Iberia; no coger ninguno, pedir agua bendita en la capilla o echarse a llorar, porque Zapatero ya se estaría poniendo la corbata y atusando el pelo para bajar de su avión presidencial en Bruselas, el comandante anunció que despegábamos.

Nos sentamos, nos miramos, rezamos a dioses de todo tipo, enviamos mensajes varios -algunos hasta cursis, supongo- y nos dispusimos a pasar un mal rato, como mínimo.

Llegamos al centro de prensa del Consejo Europeo a las 19:45, justo a tiempo para la rueda de prensa de Pedro Solbes y, francamente, me alegré de ver a este señor con barba y pinta de bonachón y no al Otro, ya saben.