Pastillas para olvidar

Un grupo de científicos de la Universidad de Ámsterdam afirma haber desarrollado un medicamento que elimina los malos recuerdos. El estudio se ha realizado con 60 voluntarios, y está avalado por la revista Nature Neuroscience.

El horizonte de posibilidades terapéuticas de este nuevo fármaco es casi infinito. Esposas engañadas que olvidan la infidelidad de sus maridos, soldados que dejan de soñar con el campo de batalla, pecadores que absuelven sus propios pecados, y asesinos arrepentidos que se liberan, por fin, de sus crímenes. Si aprendemos a borrar el dolor, pronto superaremos también la culpa y la vergüenza, y no tardaremos en olvidar el perdón, ese concepto tan demodé en la era de los daños colaterales.

Habrá quien se haga adicto, yonkis de felicidad con mono de olvido. Vivirán sin pena alguna, sin rastro de melancolía, con un pasado parcial pero sumamente feliz. Y, cuando esas pastillas se comercialicen, las enviaremos también a África, para que se olviden del SIDA y de las guerras civiles, para que borren de una vez su negra Historia de violencia tribal y colonialismo salvaje.

Ojalá esas píldoras entren por la Seguridad Social. Así podremos acudir a nuestro médico de cabecera y soltarle: hola, buenas, me duele el pasado, sobre todo por las noches. No pasa nada, tómese una de éstas antes de comer y, para el postre, tendrá su vida como nueva.
Borraremos la muerte de nuestros familiares, adiós a los amigos perdidos, olvidaremos enfermedades y discusiones, se perderá aquel grito, aquel portazo, borraremos la mitad de nuestra vida, pero aún nos quedará la otra media. Y será hermosa.

Nos espera un futuro tan radiante que no puedo esperar a que llegue. Adiós, dolor. Hola, mentira.