Malpensando

Quiero ser amigo de ZP

Pues sí, me gustaría ser amigo de Zapatero, y de Rajoy, y de Aznar, pero amigo intimísimo además, para que me dijeran, de verdad de la buena, qué porcentaje de lo que dicen en público lo piensan realmente. No pido la cifra exacta, me vale con una aproximación.

Este fin de semana nos hemos enterado de que Aznar y sus coristas neocons sabían (saben) que los prisioneros de Guantánamo, ¡oh, sorpresa!, pisaron aeropuertos españoles. La reacción del Gobierno ha consistido en alzar una ceja y espetar: "¿En serio? Pues ni idea, chico, ya preguntaremos por ahí."

Si fuese malpensado, diría que hay una omertá tácitamente asumida por los dos grandes partidos. Lo que me gustaría saber es dónde ponen el límite, en qué punto un secreto del adversario es considerado demasiado oscuro para echárselo en cara. En qué momento alguien dice: "No podemos airear eso, o ellos airearán lo nuestro."

Lo de Guantánamo, está claro, es un asunto lo suficientemente chungo como para que el actual Gobierno se haga el loco. Me recuerda a cuando, en "Tengo una pregunta para usted", alguien hizo palidecer a ZP al preguntarle si apoyaría una causa internacional contra Aznar. Y el Presidente, con la soltura verbal que le caracteriza, respondió: "No soy partidario de que haya ninguna imputación sobre Aznar por su posición en la guerra de Irak". Sólo le faltó decir: "¿Y si luego me lo hacen a mí?" El que esté libre de culpa que tire de la primera manta.

Sospecho que la razón por la cual los políticos importantes nunca beben en público –salvo Aznar– es el miedo a sufrir un ataque de verborrea etílica que les afloje la lengua. Imagínate a Rubalcaba borracho y desatado. Con sólo un par de anécdotas, igual te dabas cuenta de que a esto de la democracia hay que darle una vuelta.