Cuestión de gusto

Mis convecinos bilbaínos de “Caduca Hoy” se han librado “por poco” (sic) de una condena por hacer un chiste gráfico sobre el Rey. El fotomontaje en cuestión se publicó en el suplemento satírico de Deia, el periódico barra panfleto del PNV, y sugería que el Rey va por ahí disparando a osos borrachos. Ningún oso lo ha desmentido jamás.

Otro bilbaíno, el juez Grande Marlaska archivó la causa, pero el fiscal recurrió. Se ve que doña Justicia está colapsada sólo para lo que quiere. Y se ve que el honor del monarca es más honorable, más urgente y vulnerable que el de los ciudadanos cuyos expedientes se amontonan sin fin en los juzgados.

Cada vez que se monta un revuelo de esta índole vinculado a la Corona, aparece un encorbatado en televisión diciendo que la libertad de expresión tiene unos límites, oiga. Y eso es indudable, el problema es cuando esos límites vienen demarcados por los santos cojones de un fiscal parapetado tras una derecha de oficio.

De un tiempo a esta parte, en España se ha puesto de moda cargar contra un determinado tipo de humoristas. Una moda muy peligrosa que no deja de ser una guerra preventiva, una amenaza encubierta, un ya verás como se te ocurra hacer la broma equivocada. Los amenazantes dicen que eso no es censura, sino una cuestión de buen gusto, y los amenazados recurren a esa cita de Mashall McLuhan: “el buen gusto es el último recurso de quien carece de ingenio”.

El problema es que, si convertimos el mal gusto en delito, deberíamos meter en la trena a todos los espectadores de La Noria, a los lectores de El Código DaVinci y a quienes vistan chándal de tactel, por poner sólo unos ejemplos.

¿Cómo dices? ¿Qué leer El Código DaVinci no es de mal gusto? Bueno, eso tendrá que decidirlo un juez, ¿no crees?