Malpensando

Obámate

Desde hace más de 100 años, los yanquis tienen un organismo llamado American Dialect Society. Es, para entendernos, la versión USA de nuestro Instituto Cervantes. Entre otras labores, esta sociedad se dedica a escoger cada año una palabra o expresión que haya florecido en los últimos 12 meses y que parezca dispuesta a quedarse. En 1993 le tocó a information superhighway (autopista de la información), y en 2003 a metrosexual. La ganadora del año pasado fue subprime. No me extrañaría que este año eligiesen to obame, así, como verbo.

Porque, más allá de pandemias financieras, éste ha sido el año de Mr. Obama, el buen rollo hecho político, el sueño americano modo black power, el padre del eslogan más quemado de la historia de los eslóganes. Y todo aquél que pretende ser alguien en el planeta ha perdido el culo por subirse al carro de la obamización. Porque, como bien saben los expertos en marketing, asociar tu producto a conceptos positivos es el pilar de una imagen de marca. Y Obama, para bien o para mal, es en sí mismo un estupendo producto de marketing (274 millones de resultados en Google, 20 millones más que Bush).

Hoy por hoy, to obame podría traducirse como esperanzar, cambiar, desafiar. Mañana puede que signifique decepcionar, mentir o ser asesinado por la CÍA, vete a saber. El hecho es que, ahora mismo, obamizarse está de moda. Y si alguien necesita una obamización es la clase política nacional. No para que se conviertan en mejores políticos, sino sencillamente para que lo parezcan. Claro que, si lo piensas, un Obama patrio resultaría bastante chocante, no tanto por negro como por locuaz. Porque en España no estamos acostumbrados a que los políticos hablen con propiedad, a que piensen las palabras antes de escupirlas, a que salpiquen su discurso de poesía. Además, si ya les cuesta ponerse de acuerdo en política antiterrorista, de métrica ni hablamos.