Fuego amigo

Tenemos mucho que hablar

Esta tarde recibíamos el anuncio de que un avión medicalizado volaba rumbo a Lanzarote, para trasladar a Aminatou Haidar, en huelga de hambre, a El Aaiún, la capital del Sahara. Un amigo que me llamó por teléfono para anunciármelo, me aseguraba, de paso, no saber nada sobre los rumores (falsos, seguramente) del envío de un segundo avión medicalizado, con vuelo a Génova 13, la sede del PP en Madrid, para atender los posibles síncopes y lipotimias en las filas de la derecha funeraria que estas últimas semanas tanto trabajó para desprestigiar al gobierno español en la escena internacional y debilitar así su posición negociadora ante la alta diplomacia.

Horas antes, con un tempo calcado a las horas previas a la liberación de los marineros del Alakrana, se hacía un silencio catedralicio, aquí y en la Comunidad Europea, que presagiaba la resolución del conflicto.

Entonces, como ahora, el partido carroñero se alegraba infinito de que el problema estuviese ya encarrilado (bueno, ¡la alegría no les cabe en el cuerpo, ni a ellos ni a Rosa Díez!), para anunciar a continuación aquello de "Zapatero, tenemos que hablar de lo mal que has llevado las gestiones".

Creo que de nuevo tenemos que hablar, es verdad. Pero también tenemos que hablar de quienes en su cercanía no fueron capaces de impedir que Aminatou Haidar hubiese puesto su vida al límite, de quienes se prestaron voluntarios en su papel de falsos carteros de una carta de Haidar a sus hijos, para salir en los medios de comunicación con una sonrisa impúdica de estrella de la pantalla.

Y tenemos que hablar de una ciega oposición que no supo distinguir, entre Mohamed VI y Zapatero, quién era el culpable, mientras Haidar se apagaba como una vela en tierra de nadie.
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Meditación para hoy:

Me vais a perdonar esta nota discordante, pero debo decir que yo comprendo a Hermann Tertsch. Creo que ya es hora de que un medio que no pertenezca a la caverna mediática acuda en socorro de alguien que ha sido salvajemente agredido. Y digo todo esto porque en el imaginario colectivo de los españoles, intoxicados por miles de películas con nazis de la segunda guerra mundial, el sólo nombre de Hermann nos provoca un sarpullido. A ver quién es el guapo de gritar ¡Jérman!, así, sin anestesia, sin temer nuevamente por la invasión de Polonia, que decía Woody Allen.

Por si este sambenito no fuera suficiente calvario para él, considero que alguien a quien han pillado a las tantas de la madrugada en una pelea de bar, como decía la policía, tiene todo el derecho, y hasta el deber, de inventarse cualquier coartada, por ridícula que parezca. A todo reo le asiste el derecho constitucional a mentir hasta las trancas en defensa propia.

Pensad en qué estado emocional puede estar mi colega, pobrecico mío, empleado de la Esperanza Aguirre que está llevando a la Sanidad madrileña a sus más altas cotas de incompetencia, tras comprobar cómo los servicios de urgencias se olvidaron de poner en conocimiento de la policía la agresión sufrida por un paciente ingresado con politraumatismos, víctima evidente de un maltrato inhumano.

Y todo ello, con ser malo, no es lo peor. Por si fuera poco da la impresión de que nadie en ese hospital madrileño vigila las sustancias tóxicas disueltas en el suero con que lo alimentan por vía intravenosa. Porque convendréis conmigo en que no hace falta ser médico para sospechar que alguien que es capaz de comenzar un telediario de Teleespe desde la cama de un hospital, con un discurso delirante, no tiene intactas sus facultades mentales.

Hermann, hermano, si todavía no te han neutralizado todas las neuronas, vigila con las supervivientes qué bebes, qué comes y, sobre todo, qué te pinchan. Porque creo que el enemigo lo tienes dentro, y lleva bata. Y si consideras necesario que le partamos las piernas a alguien no tienes más que tocar el timbre. Somos discretos, parecerá un accidente.