Fuego amigo

El maldito festín de Navidad

La economía global está haciendo posible que la fabricación de bienes y alimentos tenga un efecto global sobre el planeta y sus habitantes, unas veces para bien y otras para mal. Es el llamado "efecto mariposa", cuyo aleteo podría convertirse en un vendaval a miles de kilómetros de distancia, metafóricamente hablando.

Nuestros gustos culinarios también tienen su efecto mariposa, como predican los vegetarianos, para quienes comer carne implica el sacrificio innecesario de animales. Algunas sectas orientales llevan su fundamentalismo hasta el extremo de recomendar a sus miembros el respirar con mascarilla para no engullir la vida microscópica que flota en el aire. Pobrecitos virus y microbios.

Así que estar en paz con la naturaleza cada día lo tenemos más difícil. Si consumes leche barata estás favoreciendo las importaciones francesas y empobreciendo a nuestros ganaderos. Si tomas zumos de naranja, posiblemente estás enriqueciendo la agricultura marroquí. Si defiendes a nuestros atuneros contra los secuestradores, estás apuntalando el mercado japonés, el primer consumidor mundial de nuestro atún.

Ahora, en Navidades, nuestras mesas se pueblan de langostinos, a un precio de risa. Pero en ese precio permanece oculta la explotación de los manglares de las costas tropicales, que, como denuncia Greenpeace, se han convertido en piscinas explotadas por las multinacionales, donde se crían millones de kilos de langostinos a costa de empobrecer el medio marino y la economía de los pescadores autóctonos.

Y si los aliñáis con salsa de soja, no olvidéis que buena parte de esa soja procede de la explotación de la Amazonía brasileña y la deforestación subsiguiente para su cultivo.

En cualquier caso, que nos aproveche.