Cocinando una obra de caridad

He visto a Mariano Rajoy disfrazado de cocinero, ejerciendo la elegancia social del regalo, en este caso, de la beneficencia, en un centro de acogida en Madrid. Ataviado de un blanco impoluto, del mismo color de la protección de plástico que le dieron a mi hijo cuando se presentó voluntario en una playa de Galicia para achicar el chapapote del Prestige, mientras Mariano inspeccionaba las playas con la nariz tapada, desde un helicóptero, y certificaba que apenas salían unos hilillos de plastilina sin importancia.

Ver a Mariano ejerciendo ahora de voluntario, practicando de incógnito la caridad, rodeado de una nube de cámaras, también de incógnito, ayudando a cocinar un pote gallego para luego repartirlo entre los menesterosos, me produce un dolor en el alma (para que luego digan que soy un desalmado) muy superior al ataque de vergüenza ajena que me suele provocar esta forma grotesca e impúdica de hacer política.

Alguien que, en medio de un “coloxal” conflicto diplomático con Marruecos por el caso Haidar, es capaz de sacar en un mitin una ristra de tomates para halagar el oído de los agricultores malagueños asistentes, y de paso acusar a Zapatero de que cuida mejor a los campesinos marroquíes que a los españoles, tenía que acabar su recorrido forzosamente haciendo el ridículo en la cocina.

Mi hijo comenzaba de blanco las mañanas y terminaba la jornada con el uniforme de minero. Su garganta y pulmones necesitaron tratamiento médico durante meses, como los de tantos miles de voluntarios, por culpa de los vapores del fuel oil. Mi hijo y sus compañeros acudieron a hacer el trabajo que Mariano rehuía como de la peste.

Ahora este sujeto, que aspira a ser presidente del gobierno, se fotografía jugando al voluntariado de las cocinitas de caridad, entre vapores tóxicos de lacón, cachucha, pollo y garbanzos. Esos sí son aromas peligrosos, y no los del Prestige.