Fuego amigo

Una lápida para los caídos en las cunetas

Mientras en Melilla debaten si retirar o no la impúdica estatua de Franco, homenaje a un genocida que la Ley de la memoria histórica debería haber derribado hace tiempo, en el Valle de los Caídos la escultura monumental de la Pietá se deshace en pedazos. Hace un par de años, treinta kilos del brazo del Cristo a punto estuvieron de matar a un guiri de esos que transportamos en manada, con lo difícil que tendríamos explicar luego en la prensa internacional esta nueva muerte en el monumento más colosal al fascismo y a la venganza de todos cuantos perduran.

Creo que Patrimonio Nacional (el nombre le va que ni pintado) piensa arreglarlo, sin caer en la cuenta de que esa descomposición a lo mejor se trata de un mensaje divino, una forma de hacer justicia con los miles de presos esclavos que construyeron ese mausoleo para descanso del monórquido y del fundador de ese partido para el que trabaja el juez Varela como asesor, y que ahora no recuerdo cómo se llama (el partido; sí recuerdo cómo se llama el juez, Luciano Varela, para servirles a dios y a ellos).

La escultura de Juan de Ávalos me parece de un mal gusto neoclásico, pero quizá todo el monumento deba ser conservado eternamente como desagravio a las víctimas de la barbarie, y no como celebración de la victoria del mal.

El Valle de los Caídos es un argumento de venta de nuestras agencias turísticas, como nuestras playas, el Xacobeo o el acueducto de Segovia. Ya que nos vamos a gastar el dinero en restaurarlo, propongo que se cobre un impuesto turístico que revierta en las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica.

Ellas se conformarán con una modesta lápida con el limpio nombre de sus familiares asesinados.

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Meditación para hoy:

José Bono, el presidente del Congreso, católico practicante, lo ha explicado muy bien. Se puede creer en lo que no se ve, como Dios, pero no hay que ser creyente de las instituciones, como el Tribunal Supremo, por ejemplo, porque lo estamos viendo; incluso diría más: lo estamos viendo venir.

Para que podamos dar crédito a los tribunales, según Bono, son ellos los que deberían hacerse respetar "usando el sentido común". Ese es el meollo del argumento. Para creer en Dios es imprescindible aparcar a un lado el sentido común, porque se trata de creer en lo que no se ve. "Pero no se cree en los dentistas, ni en los periodistas, ni se cree en los jueces. A los jueces les pasa como a los dentistas, que cuando te sacan una muela que no es la que te duele, le dices al vecino que no vaya a ese dentista".

Bono y nosotros lo único que decimos es que el Supremo dentista nos puede quitar la única sentencia que no nos duele, mientras nos deja boquiabiertos con las pútridas muelas franquistas intactas.

A veces hasta olvido que Bono es de derechas.