Fuego amigo

El respeto, para el que lo trabaja

Cada vez que escucho por boca de un político que respeta escrupulosamente las decisiones judiciales se me vuelve el estómago como un calcetín. Cuantas más veces lo repiten, más se creen los jueces esa mentira histórica de que constituyen el tercer poder del Estado. Empezó la broma con Aristóteles, la plasmó Montesquieu en su obra capital y la continuaron con entusiasmo los ilustrados como Rousseau para saludar el advenimiento de "un poder" que sirviera de contrapeso a las monarquías despóticas y corruptas.

(Por cierto, si Montesquieu volviera, ¿qué lugar le asignaría al poder de los mercados?)

Tanto les hemos halagado el oído que los jueces han perdido la perspectiva de que son funcionarios del Estado, cuya función es hacer justicia en nombre del pueblo, nombrados por los otros dos poderes, el legislativo y el ejecutivo. Funcionarios. Altos o bajos, pero funcionarios que no fueron elegidos democráticamente con nuestros votos, que se generan y aprueban a sí mismos y a sus hijos en unas oposiciones demenciales que perpetúan la endogamia hasta límites vergonzosos.

La gestación de los nombramientos del Supremo, del Constitucional y del Consejo General del Joder Pudicial se hace en el vientre político del legislativo y del ejecutivo. Hablando en plata, son la correa judicial de los partidos. Y como tribunales de procedencia política que son, sus decisiones pueden y deben estar sujetas a la crítica de los ciudadanos.

No son dioses. No son jarrones chinos como los monarcas borbónicos que se podrían quebrar si tiramos de la manta. Son funcionarios a los que no se debe reverenciar ni debilitar con el halago, porque padecen una tendencia crónica a perder la perspectiva. Porque la dignidad y el respeto que reclaman para sí es, como la tierra, únicamente para el que los trabaja. Por eso estoy con Llamazares: nos asiste el derecho a decir que hay tribunales y órganos judiciales que no se merecen nuestro respeto. Como por ejemplo, cómo os diría yo…