Fuego amigo

Meditación sobre una próxima huelga obrera

Dicen de los asesinos en serie que el primer asesinato es el más difícil para ellos, el que crea en su mente un torbellino de dudas, ansiedades y sentimientos de culpa, pero que los siguientes ya vienen limpios, sin todo esos efectos secundarios molestos.

Le ocurre lo mismo a los dogmas: admitir el primero, por muy disparatado que sea, podría crearnos severos traumas, pero una vez asumido, pongamos por caso, que hay un dios que se divide en dos para que el segundo preñe a una mujer virgen y nazca de ella un tercero, pero que en realidad es el mismo, uno y trino, y que considera pecado comer el fruto de un árbol de un paraíso donde vivía el hombre, solo, el pobre, hasta que ese dios que son tres consideró oportuno crear, de una costilla del hombre que había modelado previamente con barro, una mujer para que le entretuviese… una vez admitida esta estupidez, todo lo que venga detrás forma parte ya del sentido común entre los creyentes.

Por ello, una vez admitido que todo aquel que trabaje por un salario pertenece a la clase obrera, con un derecho a huelga que no admite ningún matiz, ni su derecho inalienable ni su forma de llevar a cabo el paro, todo lo que venga después de este dogma estará justificado por el primero, aunque ello nos lleve a acabar defendiendo el derecho de unos obreros, que ganan en un año el sueldo de 20 años de otros obreros, a paralizar un país, y destrozar nuestras vacaciones. Es lo bueno que tiene ser creyente.

Ahora que los controladores anuncian una nueva huelga (esta vez sí) de tres días en el cogollo del mes de agosto, y para despejar toda duda de que no me he salido de la iglesia oficial, convoco a todos a que durante esos días acudamos en masa en su ayuda (solidaridad obrera, se llama), inundando los aeropuertos, cada uno el que tenga más a mano, para que la huelga de la aristocracia obrera tenga el suficiente eco, pues sabido es que su éxito depende del daño y molestias visibles en el resto de la población.

Para que el atrezzo funcione, os aconsejo llevar cartelitos con leyendas tales como "controladores, obreros millonarios", para que se vea vuestro odio contra la clase obrera, y cuando las cámaras de televisión os enfoquen poned cara descompuesta y elegid vuestros mejores y más sofisticados insultos, para que se vea que la población afectada, siempre insolidaria cuando no se trata de su causa particular, está al borde de la histeria. De esta manera justificamos el dogma, más importante para nuestras vidas que el sentido común. Es lo menos que podemos hacer por los dogmas, nuestra salvación intelectual. Porque el día en que nos falten seremos capaces de locuras tales como cagarnos en la madre de los pobrecitos controladores. Bueno, controladores. Pobrecitos, no.