Fuego amigo

Fidelix, Raúlix, Cheguevarix

En mis años mozos, la militancia antifranquista sabía dónde estaba el paraíso, por mucho que la propaganda del régimen se empeñase en ocultarlo. Ese paraíso estaba ubicado en un lugar remoto donde los obreros ya no necesitaban hacer huelgas contra los patronos por el bonito detalle de que los patronos ya no existían, donde la justicia distributiva había acabado con las desigualdades y la opresión, una Arcadia que se llamaba Unión Soviética, Polonia o República Democrática Alemana.

Ese mundo feliz se desarrollaba detrás del llamado telón de acero, un telón decorado con el trampantojo de la libertad que en realidad escondía una dictadura feroz que nada tenía que ver con el proletariado. La ilusión óptica funcionó a la perfección entre los creyentes como yo.

Y funcionó, porque la insoportable realidad doméstica de nuestro país hacía inconcebible que la réplica al fascismo resultase un ensayo fallido. Los nostálgicos del socialismo real nos atrincheramos, una vez desmontada la tramoya, en un país como Cuba, gobernado por unos irreductibles revolucionarios llamados Fidelix, Raúlix, Cheguevarix que resistían al invasor imperialista gracias a una poción mágica elaborada con ingenio y espíritu de sacrificio. Cuando Cuba dejó de ser el departamento de propaganda de la Unión Soviética, su economía se vino abajo.

Ahora, los supervivientes de esa aldea que resiste al invasor norteamericano acaban de rendirse, levantando el telón para enseñarle al mundo que "el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros", como declaró el comandante supremo a una revista norteamericana.

Parece que Fidelix tira la toalla. No puede más. Su hermano Raúlix queda como encargado de enterrar una ilusión colectiva.