Fuego amigo

El dinero en sus manos mata

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Si en los estados de guerra la primera víctima es la verdad, en las crisis económicas el primero en caer es el estado de bienestar, considerado algo así como un adorno de los gobiernos del que se puede prescindir cuando se acabó la fiesta del despilfarro. Una versión descarada y egoísta del viejo adagio de "primero vivir y luego filosofar".

Si en el primer mundo, para atravesar la tormenta y mantenernos a flote nos vamos desprendiendo del lastre de la asistencia a los parados de larga duración, de las ayudas por traer hijos al mundo, dejando para otro momento políticas de apoyo a discapacitados, rebajando sueldos para optar a que nuestras empresas no se lleven las fábricas a países de clase obrera esclava, por poner unos ejemplos cotidianos, en el llamado tercer mundo la pregunta que se hacen cada mañana es si hoy toca comer.

Acabamos de saber que el precio de los cereales, la base alimenticia y casi única de más de la mitad de la humanidad, la más pobre, se ha incrementado en un año en un 60-70%. Al parecer, una pequeña parte de la culpa la tiene el granero del mundo, Rusia, que ha obtenido una pésima cosecha. Pero eso, como las cosechas de los vinos, se arregla generalmente con la siguiente añada. Lo peor y más persistente en el tiempo es el triunfo de ese mal sistémico global, la presión de los mercados financieros sobre alimentos básicos, un aluvión inmenso de dinero que huye como gato escaldado de su viejo negocio hipotecario y que concentra su presión especulativa, como jamás había hecho hasta ahora, sobre el petróleo, el maíz o el trigo.

Como dice el catedrático Juan Torres López en su libro (imprescindible) "¿Por qué se cayó todo y no se ha hundido nada"?, el dinero en manos de esta gente mata: es su arma de destrucción masiva.