Fuego amigo

No quiero hablar de la Ley Sinde

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En la pandilla de mi adolescencia teníamos un amigo muy querido por todos porque jamás llevaba la contraria a nadie. Transcurridos los años, siempre me quedará la duda de si lo suyo era discreción, ignorancia o bobería, o sendas cosas a la vez utilizadas como estrategia para una mejor convivencia. Quizá por ello, en esta profesión mía tenemos muchos más enemigos que amigos, porque, a fuerza de opinar, siempre acabas pisando algún callo amigo.

Ayer, por ejemplo, fue uno de esos días en el que todos con los que me encontraba solicitaban mi opinión... sobre la Ley Sinde. Para no pisar más callos, tenía que echar mano de la estrategia de mi amigo y hacer un análisis mental, a la velocidad de un procesador de Intel, para dilucidar en décimas de segundo si mi interlocutor era 1) un internauta de los que se bajan películas y música por la patilla; 2) si era músico, cineasta, escritor o artista en general; 3) si trabajaba en el top manta; 4) si era rico o mileurista; 5) si era amigo o enemigo...

Yo solía pensar que el vecino que todos los años se baja por la patilla las manzanas de mi manzano, justo cuando están en sazón, era un chorizo. Quizá sea una deformación moral. Porque ahora estoy desconcertado al comprobar que podría formarse alrededor de mi parcela una asociación de bajadores de manzanas ajenas exigiéndome que les acerque un poco más las ramas altas.

Menos mal que tengo tiempo hasta septiembre para analizar si el que me pela el árbol todos los años es en verdad un chorizo, un pobre mileurista, o alguien que siente que se le ha coartado su libertad inalienable de comer manzanas.

Por eso me resisto a dar mi opinión sobre la Ley Sinde. Al menos hasta septiembre.