Entre la ciencia y la fe

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El paro es la primera preocupación de los españoles. Son cuatro millones de votos, con más fuerza para derribar gobiernos que los millones de manifestantes de la plaza Tahrir. Y en buena lógica, todos los días deberían recibir un recado de calma, el mensaje de que alguien en las próxima legislatura va a solucionar su problema.

Los economistas del PSOE están buscando desesperadamente en qué páginas de aquellas asignaturas que estudiaron en la facultad viene la solución al desempleo. Ellos piensan que los libros de economía son como los de medicina, donde uno puede encontrar remedio a la diabetes, por ejemplo, con apenas una ojeada.

Primer error, pues una de las lecciones más decisivas de esta crisis es que la economía no es una ciencia; en todo caso, la ciencia del trilero, del falsificador de la realidad, como ayer señalaba este periódico con el caso de las agencias de rating. Si la medicina es la ciencia para prevenir y curar, la economía es, como mucho, la de adivinar el pasado.

Quizá ello se deba a que la fórmula del éxito no esta escrita. El PP, el único que la conoce mediante inspiración divina, sabe que la economía es cosa de personas y no de libros. Cuando le preguntaban a Aznar, en los años en que nuestra economía navegaba a lomos suicidas de la burbuja inmobiliaria, él contestaba, en su modestia infinita, que el milagro era él. Ahora Rajoy, en su simpleza también infinita, sabe que la fórmula del éxito es la dimisión de Zapatero. Que ya está bien de tanto estudiar.

Él sabe que si la medicina asentara su ciencia sobre pilares similares a los de la ciencia económica, estaríamos todos muertos. Es la fe, y no la economía, la que le aupará al gobierno de la nación.

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Meditación para hoy:

En la madrugada en que esto escribo, las noticias que vienen y se adivinan de Libia son aterradoras. Se habla y especula con centenares de muertos y miles de heridos. El ejército está utilizando armamento pesado y aviones para ametrallar desde el aire indiscriminadamente. En estos casos es cuando visualizamos el amor de los dictadores por su pueblo. Como decía aquel otro fascista, Queipo de Llano, aunque tengan que matar a la mitad de la población para vivir confortablemente seguros con la otra mitad.

El primer ministro británico, David Cameron, ha tenido los reflejos de visitar a los herederos del régimen de Mubarak, en una visita de doble sentido: para manifestar a los militares que no hay vuelta atrás, y para tener información de primera mano de la próxima hoja de ruta del ejército egipcio. Creo que, según los pueblos se vayan liberando de sus déspotas, la Unión Europea debería tapar el hueco con prontitud, actuando con los mismos reflejos que ha demostrado Cameron, para reconfortar a los revolucionarios y demostrarles que los países civilizados están con ellos en la tarea de reconstrucción… Y de paso, pedirles perdón por haber mirado a otro lado durante tantos años por un puñado de barriles de petróleo.