Fuego amigo

No descuelgues, puede ser una oferta

 

El peor enemigo de la siesta no son las malas digestiones, sino las compañías telefónicas. Empiezas a coger el sueño, acurrucado en el sillón, enchufado a la segunda cadena de Televisión, mecido en las imágenes de un quebrantahuesos que vuela majestuoso hacia el nido portando comida para sus polluelos, cuando suena el teléfono. Al otro lado, una voz amiga, de fuerte acento latinoamericano, intenta presentarte una de esas ofertas irresistibles por las que vas a ahorrar una fortuna al mes en la factura.

 

Como soy una especie de ONG, consciente de que a los inmigrantes les enchufan los puestos de trabajo más ingratos y peor pagados, en consideración a ellos nunca les insulto, que es lo primero que me viene a la cabeza cuando escucho el nombre de una compañía Telefónica. No, señor. Cuando preguntan por mí me limito cortésmente a responderles que el titular de la línea estaría encantado de atenderle, pero que no puede en este momento porque se ha muerto hace un año. Un silencio, balbucean un perdón, y cuelgan, porque en Latinoamérica trae muy mal fario importunar a los muertos por tonterías. La siesta de los vivos, no importa. Hasta que te mueras de sueño. Entonces, sí.

 

La organización de defensa de los consumidores FACUA sabe de mi problema. Por eso acaba de premiar por segundo año consecutivo a Telefónica como La Peor Empresa del Año, a quien le sigue muy de cerca en méritos el otro gran operador, Vodafone. No os llaméis a engaño, que ganan una pasta gansa. Ambas telefónicas se pelean por el primer puesto en maltrato a los clientes con su publicidad engañosa, tarifas excesivas y un desprecio recalcitrante a las reclamaciones de los usuarios. Y ambas han decidido, además, que, por alguna razón que se me escapa, mi siesta es incompatible con sus beneficios estratosféricos.

 

Hay más gente confabulada contra mi sueño reparador. Entre ellos, los trabajadores del buzoneo, que siempre tocan mi timbre a la misma hora, pero a los que jamás atiendo, no vaya a ser que entre ellos se cuele el cartero con la famosa carta de Hacienda, esa que te hipoteca, de una sola tacada, las siestas de todo un año.