Fuego amigo

El halago debilita

 

Rodríguez Zapatero acaba de sufrir en sus propias y magras carnes el famoso epitafio del humor negro: al final de tus días, por mal que lo hayas hecho, saldrás a hombros. La despedida del presidente del Gobierno en el Senado parecía la sala del tanatorio donde los parientes recuerdan entre lágrimas lo bueno que había sido el sinvergüenza del finado, o la cama del enfermo terminal donde la esposa acaba perdonándole al pendón del marido el infierno de matrimonio que le hizo padecer.

 

Rodríguez Zapatero, que en vida había sido para Mariano Rajoy y su banda "un bobo solemne, cobarde, irresponsable, inexperto, antojadizo, veleidoso, inconsecuente, acomplejado, que tenía de adorno la cabeza, indigno, cobarde, perdedor complacido, hooligan, traidor, taimado, maniobrero, chisgarabís, sectario, falto de criterio, ambiguo, inútil, débil e inestable, además de tener sólo categoría para subsecretario, como mucho" (si no recuerdo de vez en cuando esta letanía, reviento)... al final de sus días políticos resultó ser un presidente que, en palabras del portavoz del PP en el Senado, Pío García Escudero, se merece "el máximo respeto".

 

Dicho esto, se desató un empalagoso tsunami de cariño en forma de aplausos desde la bancada del PP, la misma que durante siete años le insultó y menospreció sin aplicarle no ya el máximo, sino el mínimo respeto. Creo que Zapatero, aunque lo haya hecho tan mal como dicen sus detractores, no se merece tanta crueldad en su despedida. En el PP saben que el halago debilita, y quieren rematar lo que queda de legislatura con un Zapatero maniatado por el efecto devastador del halago. El PP se la ha vuelto a jugar.