Opinion · Memento

Arantxa Tirado (politóloga y escritora): “Si hubiera más Chikos del Maíz y menos Taburetes este país en el futuro sería muy distinto”

Parece que la política lleva unos años de moda. Se puede ver en los programas de televisión, donde las tertulias políticas ocupan cada vez más espacios y más audiencia. Además, observando las conversaciones de las redes sociales o de los bares, vemos cómo la política es un tema recurrente en el día a día y ha dejado de ser tabú. También hablar de clase obrera parece que ha dejado de ser cosa de académicos o izquierdistas trasnochados y se ha convertido en un debate frecuente tanto en libros como en charlas. No sabemos si se habla tanto de ello en los centros de trabajo o en la cola del paro, por desgracia.

Arantxa Tirado, politóloga, con Nega y el libro que han escrito juntos 'La clase obrera no va al paraíso'. Foto: JAVIER CRUZ
Arantxa Tirado, politóloga, con Nega y el libro que han escrito juntos ‘La clase obrera no va al paraíso’. Foto: JAVIER CRUZ

Asimismo, cada vez parece más claro que la cultura es un espacio de disputa ideológica. La encarcelación y persecución de determinados artistas son un claro ejemplo de que la cultura tiene poder de transformación y por ello se quieren silenciar determinadas formas artísticas.

Para afrontar estos tres temas tan actuales (y a su vez tan antiguos) no se me ocurría mejor persona que Arantxa Tirado, politóloga y coautora  junto a mi compañero Nega del libro La clase obrera no va al paraíso. Nacida en un barrio obrero de Catalunya, conocí a Arantxa hace unos años en Caracas y es una de las mentes más lúcidas que conozco. Por ello quería que nuestras conversaciones no fueran siempre de ámbito privado porque compartir es siempre más útil y, todo sea dicho, más divertido.

Eres Politóloga, Doctora en Relaciones Internacionales y Doctora en Estudios Latinoamericanos pero me gustaría centrarme en tu faceta como escritora para poder hablar de cultura y de su relación con la clase obrera. ¿Te conviertes en escritora porque es la manera de divulgar tus conocimientos o es una profesión que te gusta ejercer?
En primer lugar, no sé si considerarme escritora como tal, porque entiendo que para ser escritora te tienes que ganar la vida escribiendo y eso es muy difícil en este país y más si te dedicas a escribir ensayo político. No conozco gente que viva de escribir ensayo político nada más, tienen que complementarlo y dedicarse a otro tipo de trabajos. También me da reparo llamarme escritora ya que lo considero palabras mayores porque de pequeña sí soñaba con serlo, aunque más bien de novela. Siempre me atrajo el mundo de la escritura y del pensar.
No sé si me he convertido en escritora; más bien diría que soy una persona que escribe. No sé a partir de qué punto una se puede considerar escritora pero yo no me lo considero. Pero, a efectos prácticos, me parece que escribir sirve para trasmitir las ideas que quieres hacer llegar a la gente, aunque se podría debatir realmente si hoy en día la gente lee muchos libros o se informa más por otras vías más visuales y no por medios escritos. Pero defiendo el formato de un libro porque considero que te ayuda a reflexionar de manera pausada y elaborada y no con la inmediatez de las redes sociales. Ayuda a trasmitir ideas de una manera más compleja y llevar reflexiones a un público amplio.

¿De dónde viene tu pasión por la política?
Es una pasión familiar que he mamado desde que nací por la vía mi padre, que es una persona muy politizada. Si bien él nunca militó en ninguna organización y es muy renuente y tiene un espíritu bastante ácrata,  fue el que me trasmitió una manera de ver la vida. No sólo en temas políticos, partidarios o institucionales sino una manera de entender los valores y las relaciones humanas. También mi madre, que no es una persona tan politizada. Aunque a veces pienso que tiene las ideas más claras que mi padre aunque hable menos. Ella me trasmitió unos valores muy importantes que yo los asocié a la izquierda. Valores como tratar todo el mundo por igual, no discriminar, no tener prejuicios. Que son principios muy básicos pero que aprendí de mi madre.
A su vez, mi padre bebe del ejemplo que tuvimos en nuestra familia, con un abuelo republicano. Mi abuelo Leandro, que luchó en la Guerra Civil y que era del Partido Socialista al igual que la familia de mi abuela. Cuando el Partido Socialista era socialista de verdad, eh (risas). Mi abuelo, tras la guerra, regresó al pueblo y allí fue perseguido durante un tiempo y lo llevaron a un campo de concentración, según he podido saber. Lo digo así porque todas estas “historias del abuelo”, que decía entre risas Pablo Casado, muchas veces las hemos tenido que “pescar” entre conversaciones o tratando de averiguarlas por nuestra cuenta.
Por ejemplo, en el momento en el que yo tomo conciencia política activa,  coincide con mi época en el instituto cuando empiezo a estudiar historia y veo que casi no se estudiaba nada de la Guerra Civil Española. Entonces, al salir de clase yo iba siempre a casa de mis abuelos y les preguntaba cómo habían vivido ellos esos periodos históricos, porque mis abuelos paternos habían vivido esa época en su juventud y tenían recuerdos claros de esa época. Ello me servía para contrastar e incluso mi profesora me ponía a explicar historias de mis abuelos en clase, que ahora lo valoro mucho porque veo que no es tan frecuente.
Ahí empieza mi interés por la política que se fue ampliando a través de la lectura. Libros de marxismo o de Bertrand Russell me ayudan a definir mi interés por la política hasta el punto de elegir esa carrera.

En vuestro libro habláis sobre la clase obrera y me gustaría preguntarte sobre la relación de ésta con la figura del escritor o escritora, ¿pertenece a la clase obrera o depende del rango de ventas, su posición en la editorial o su contenido publicado?
Dependerá de cada caso. Yo no creo que alguien que viva de escribir no pueda formar parte de la clase obrera. Porque escribir es un trabajo como cualquier otro de los trabajos no manuales; un trabajo intelectual. Aunque dentro del marxismo fue (y sigue siendo) un debate quiénes son los trabajadores que conforman la clase obrera, nosotros en el libro siempre utilizamos clase obrera como sinónimo de clase trabajadora. Sucede que la cultura que pasa por las editoriales grandes no es una cultura que provenga de la clase obrera, generalmente.

Portada del libro 'La clase obrera no va al paraíso'
Portada del libro ‘La clase obrera no va al paraíso’

Aclaro este punto. En este país las cifras de personas con estudios universitarios son a día de hoy, si no recuerdo mal, el 20% de la población y, dentro de ese porcentaje, habría que ver cuál proviene de la clase obrera. En los datos que nosotros manejamos en el libro, observamos que menos del 10% de los estudiantes universitarios que se incorporaron a la universidad española en el curso académico 2011/2012 eran hijos de trabajadores manuales. Hay también hijos de otro tipo de trabajadores pero eso nos da cuenta de que hay un grupo de personas que no está llegando al mundo académico. Ojo, no quiero decir que para ser escritor haya que tener estudios universitarios porque no es así. Pero reflexionemos, si es difícil vivir de una profesión a la que has accedido por unos estudios en este sistema, imagínate si no los tienes.
Al final sucede como en la música. Si te conviertes en un producto vendible que hace ganar mucho dinero a la discográfica o editorial, obviamente traspasas una línea y ya puedes dedicarte a vivir de eso y a lo mejor ya eres músico o escritor con unos ingresos que te alejan de tu clase de origen, aunque sostenemos en el libro que hay gente que nace en la clase obrera y que la defiende para siempre aunque ya no pertenezca en términos materiales y estrictos pero no se olvida de dónde viene.
En definitiva, es una relación compleja que depende de cada caso pero no niego que se pueda ser de clase obrera dedicándose a la escritura o al trabajo intelectual.

Parece que la clase obrera está últimamente más presente en la literatura y, junto a la vuestra, se han publicado más obras que tratan este tema. Sin embargo, aunque la tendencia parece estar cambiando, según el último barómetro del CIS siguen existiendo más españoles que se identifican como clase media o alta que como clase obrera. ¿Es un debate que realmente existe en la sociedad o es un debate más académico?
Lo considero un debate endogámico de la izquierda intelectual, de algunos medios y de algunos sectores académicos. Realmente no creo que, pese a la salida nuestro libro o el de Daniel Bernabé u otros, sea un debate extendido en los barrios o en los centros de trabajo, más allá de la gente que ha estado siempre politizada. A mí me encantaría que así fuera pero no soy muy optimista. Siento que, desgraciadamente, la izquierda académica va por un lado y la mayoría de la gente va por otro.
Seguramente no estemos haciendo las cosas como se deben hacer y no sabemos llegar a ciertos sectores de la clase obrera. Sectores que viven de espaldas a la cultura, a la política y a todo lo que no sea despertarse para trabajar, luchar por sacar a su familia adelante, ver la televisión y evadirse. En definitiva, estar alienados en mayor o menor medida. Alienados en el sentido de votar a partidos que van en contra de sus intereses de clase o consumir un tipo de entretenimiento que no les aporta nada más que distracción. No digo que no sea legítimo, pero estaría bien que hubiera otro tipo de horizonte cultural.
Eso me lleva a ser pesimista. Aunque si me fijo en el impacto que ha tenido nuestro libro o los debates de mi círculo cercano, ahí sí puedo ser un poco más optimista y ver que estamos hablando de la clase obrera, algo que hace 4 años no era parecía un debate existente. Parecía algo trasnochado. Es cierto que había mucha gente que daba la matraca con la lucha de clases pero era algo muy minoritario, de la militancia de la izquierda comunista y ahora este debate está extendido hasta en gente de Podemos o en socialdemócratas. También esto ha generado un debate sobre cómo llegar desde la izquierda a los sujetos del cambio y eso es bienvenido. Hay que agradecérselo en gran medida al 15M o a la aparición del libro Chavs de Owen Jones que vino a puntualizar muchas cosas en estos términos.

En vuestro libro, en el capítulo que dedicáis a la cultura y los medios de comunicación,  comentáis que lo que realmente os interesa “no es clasificar la cultura, sino quién la produce y con qué objetivo”. ¿Todo libro, ya sea novela, ensayo o biografía, consideras que esconde detrás un objetivo y una ideología?
Me alegra que me hagas esta pregunta porque me sirve para aclarar un infundio que lanzaron contra nosotros en una de las críticas del libro. Decían que en ese capítulo nos limitábamos a hacer un listado de grupos que escucharía la clase obrera sólo basándonos en nuestros gustos. Confundiendo unos ejemplos que poníamos, como si estuviéramos sentando cátedra, y afirmando de que esos grupos eran la auténtica música o la auténtica cultura de la clase obrera. No era esa la intención.
Una vez aclarado, respondo la pregunta. Evidentemente toda obra artística,  intelectual o académica tendría que tener un objetivo implícito o explícito y, obviamente, también una ideología. El problema es que a veces nos hacen parecer que hay cosas que no tienen ideología porque van con la corriente de los valores del sistema y parecen neutrales, pero no lo son.
Un producto que te defiende la competitividad, el lucrarte con la especulación inmobiliaria, el pisotear a otros… Eso está bien visto. Eso sí,  en cuanto pones sobre la mesa otros valores en una obra de arte destacan porque hay un contraste. Y la sociedad tiene tan asumido en su cabeza unos valores sobre otros que muchas veces no es capaz de darse cuenta de lo que consume y no logra reflexionar sobre quiénes hacen determinadas obras y qué objetivos esconden detrás.

En el inicio del mismo capítulo contáis una historia sobre que el actor norteamericano Edwin Forest representaba a Shakespeare a su manera para que fuera más accesible para las “gentes sencillas”. Tanto en la política como en el ensayo político, ¿se corre el riesgo de comunicar con un toque elitista y con demasiado tecnicismo o no hay que tomar de antemano al receptor de ignorante?
Es un equilibro delicado. Por un lado, se puede correr el riesgo de comunicar con ese toque elitista porque, cuando escribes un ensayo político, tienes que hacerlo bajo unas normas de lenguaje escrito que conlleva una sintaxis determinada y un uso del vocabulario determinado. Incluso tratando de escribir de un modo más “sencillo”, puede ser complejo para personas que no están habituadas a leer este tipo de libros. Con nuestro libro, por ejemplo, pretendíamos que nuestro público objetivo fuera quienes no estaban acostumbrados a leer ensayo.
No quiero decir con esto que en la clase obrera no leamos libros, pero tal vez más de otros géneros. Aunque muchas veces te llevas sorpresas. De primeras piensas que a personas que no estén acostumbradas a leer ensayo político puede costarles más pero me he encontrado de todo. Recuerdo que en una presentación, una compañera luchadora de Santa Coloma, cuando dije que el libro era un poco complejo ella me espetó “tú no sabes de lo que nosotras somos capaces”. Esa respuesta me encantó. También otras personas de clase obrera más cercanas a mí me han dicho que el libro es denso. Eso lo determinada cada persona y no su clase social.
Considero importantes como premisas en la vida (y más si vas a escribir con pretensión de que te entiendan los tuyos) dos cosas: primero, no rebajar nunca el nivel del discurso porque no tienes que partir de la base de que la gente no va a estar a ese nivel. Si yo quiero trasmitir unas ideas, lo voy a hacer de la manera más pedagógica que encuentre pero sin rebajar el nivel de exigencia de comprensión de ese discurso. Por otro lado, me parece relevante ser consciente del público al que te diriges y que no tienes por qué usar ciertos tecnicismos cuando no son necesarios. Como decía una profesora de lengua que tuve, una persona culta es la que sabe hablar con diferentes registros ante diferentes públicos. Se trata de adaptar en la manera de lo posible tu discurso sin caer en el paternalismo condescendiente ni en el elitismo pedante que tanto prolifera en el mundo académico e intelectual.

Más adelante leemos que el cine “es uno de los motores de cambio, pues ayuda a instaurar la hegemonía y poder de la clase dominante, reproduciendo su ideología. En consecuencia, se utilizará para impedir el avance de la clase obrera, convirtiéndose en la negación de la misma”.
También Adorno y Horkheimer eran críticos con la industria de Hollywood, la que consideraban la principal causante de una homogeneización cultural y social mediante la comercialización y explotación de la cultura.
Si observamos nuestras ropas y nuestros gustos, parece que nadie estamos a salvo de esta homogeneización y control pero ¿crees que se puede disfrutar del cine sin ser adoctrinado?
Confío en que sí,  en que se pueda disfrutar del cine sin ser adoctrinado, pero para eso tienes que llegar de casa con una claridad ideológica. Al menos con un sentido de la suspicacia. A veces no hace falta tener una gran formación para “blindarte” de este bombardeo ideológico que te inculcan desde Hollywood sino que, simplemente, siendo una persona crítica y curiosa y que duda de lo que le están vendiendo, puedes tratar de ver más allá de los relatos impuestos.
Por ejemplo, cuando en las películas estadounidenses te venden un formato de familia feliz donde todos se dan besos y abrazos y luego lo contrastas con la dinámica de tu casa, puedes observar que no todo es como te lo venden en el cine. Es un ejemplo sencillo pero que sirve para observar que con un poco de sentido crítico se puede luchar bastante para no ser adoctrinado. Obviamente, si ya tienes una mayor inquietud intelectual o cultural y empiezas a indagar sobre cómo funciona la manipulación de masas desde la cultura, puedes avanzar mucho más.
Sobre el condicionamiento de los gustos me parece interesante hacer una reflexión, aunque pueda irme un poco de la pregunta. Una reflexión sobre cómo en algunas personas sentó mal que nosotros cuestionáramos que existe un buen gusto o un gusto mejor que está construido por el propio sistema. Porque hay gente de izquierdas que, por escuchar determinadas músicas, se cree superior o con gustos más elaborados. Y no sólo con géneros estigmatizados de antemano como el reggaetón o el flamenco sino con la música comercial. Piensan que lo que ellos escuchan es más elevado que el David Bisbal de turno aunque tal vez la complejidad en los acordes sea la misma.
La diferencia es que uno es un producto musical para un segmento de público y el otro no. Entonces parece hacernos bien sentirnos diferentes e incluso superiores a esos gustos de masas pero no nos damos cuenta que, ese gusto alternativo, también está condicionado por un segmento de mercado que promociona el sistema para vendernos distinción, que es algo que destacaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu.

La escritora y politóloga Arantxa Tirado.
La escritora y politóloga Arantxa Tirado.

 Sobre el cine también destacáis sobre la película española Barrio que “la mirada de Aranoa es bienintencionada pero paternalista porque se hace desde fuera”. Algo similar comentáis sobre el director brasileño Fernando Meirelles  y su película Ciudad de Dios. ¿sólo se puede hacer cine, música, literatura o política para los de abajo si provienes de ese estatus social?
Por supuesto que no, no es una condición imprescindible. Se puede tener mucha empatía y mucha sensibilidad. De hecho, los grandes artistas pueden transcender esas limitaciones de su clase social de origen y empatizar con el sufrimiento humano universal y hacer arte de eso. El problema es que grandes artistas con esas inquietudes y transcendencia, no hay tantos. Pero sí los hay. Pienso en el director mexicano González Iñárritu y su película Biutiful, que retrata todos los bajos fondos de la migración en Barcelona y logra muy bien mostrar esa Barcelona no turística, la Barcelona de clase obrera de múltiples orígenes. Y es un tipo de la clase acomodada en México que ni siquiera vive en Barcelona pero que tiene esa capacidad de retratarla. Tal vez mejor que un barcelonés que nunca se ha pasado por determinados barrios y ni siquiera sabe que existe esa realidad.
Claro que se puede pero tienes que tener esa sensibilidad, que tiene que ir de la mano de cierta humildad porque, a veces, es un poco hiriente que otras personas que no han padecido lo mismo que hemos vivido las personas de clase obrera pretendan contarnos cómo es nuestra vida. Choca cuando vemos que el resultado es una impostura, un relato falso y no nos identificamos con él. Ahí se pueden ver las costuras mal hechas de esa obra, bien sea de teatro, música o literatura.
También sucede en la política, cuando ves al diputado de turno hablando de la clase obrera y realmente se ve de lejos que es un pijo. No hace falta venir de un barrio pobre para luchar por los pobres, ya que hay numerosos ejemplos en la historia que refutan esta afirmación como por ejemplo el Che Guevara o Fidel Castro. Pero sí hace falta tener prudencia y humildad y no pretender hablar por otros cuando los otros quieren hablar por sí mismos.

Observamos que la clase obrera suele ser tratada en los programas de televisión como monos de circo de los que reírse o sentir pena, ¿consideras que es de forma interesada difundir esta imagen sobre la clase baja para que la sociedad no quiera identificarse con esa visión que nos venden de modo distorsionado?
Por supuesto y creo que va dirigido a dos públicos. Por un lado, a los sectores de la  clase obrera que se consideran clase media y que ven ese espectáculo televisivo, se espantan y piensan que qué bien que ellos no son así. Por otro lado, también va dirigido a los sectores de la clase obrera que pueden tener conciencia de pertenecer a su clase y que ven eso y se hunden en la miseria. Ven que el reflejo que hay en televisión de su realidad es siempre para tratarlos de barriobajeros, de inútiles, incultos, ignorantes, gritones… Eso no quiere decir que no haya ese tipo de personas en estos barrios pero también hay otros tipos de personas que no se sienten representadas con ese tipo de imagen y la televisión no lo trata con la necesaria pluralidad que debería.
Por ejemplo, es como cuando te venden que el auge de la ultraderecha es por el voto de la clase obrera como si no se hubieran nutrido del voto de los ricos. Obviando de este modo lo que fue el origen del fascismo en Italia. Obviando cómo los empresarios pagaban a matones a sueldo para cargarse las luchas obreras.
Resumiendo, es totalmente interesado y me causa mucha tristeza. No porque me moleste que me puedan identificar con una choni, porque yo puedo darle la vuelta y decir que sí, que soy choni y orgullosa de serlo y no van a lograr denigrarme con esa expresión. Me causa tristeza porque dan una imagen muy lamentable. Y a su vez me da rabia porque percibo ese desprecio de clase. Me da rabia que no haya nadie en esos programas que pueda decirles a la cara que son unos miserables por comportarse así.

Es imposible ser libres para elegir la cultura que queremos consumir o disfrutar
Somos seres sociales que estamos condicionados por unas estructuras sociales que condicionan nuestros gustos. Pero dentro de esos condicionamientos hay un margen de libertad. Y más cuando el propio capitalismo se da cuenta de que la diversidad vende. El capitalismo es capaz de venderte todo aquello que a ti te guste. Hace segmentos de mercado hasta de las identidades sexuales, de los gustos de colonias, de los gustos musicales, de los gustos de cine… de todo. Dentro de eso que te ofrece el mercado, quizá la libertad radica en salir de lo que te ofrece y buscar por otras vías de consumo cultural alternativas, que las hay. Bien sea a través de editoriales alternativas, de fiestas populares, músicos con un discurso rupturista o que se auto editen…
Tampoco estoy afirmando que lo que se haga a través de los canales mayoritarios es malo per se y no pueda ser revolucionario. Pero sí creo que las posibilidades de elección se circunscriben a lo que nos ofrece el mercado e incluso la rebeldía puede ser ofrecida por este, ya que vemos que te puede vender camisetas del Che Guevara o feministas, por ejemplo. Pero sí hay maneras de tener más conciencia y de tratar de burlar el capitalismo (dentro de los márgenes disponibles) y tratar de ver el mundo y de entender la cultura desde otro enfoque distinto.

Por último, ¿qué importancia tiene la cultura un campo de batalla ideológico que disputar?
Me parece fundamental que se vea como un campo a disputar porque tiene un potencial revolucionario muy grande. Mucha gente no responde a discursos políticos convencionales. No la convences por la mente pero sí la convences por los sentimientos y emociones y es ahí donde entra a jugar un papel muy importante la cultura. Tú que eres músico sabrás la conexión que pueden llegar a tener contigo por la música o las letras y cómo estas desatan pasiones en tu público hasta un punto que roza lo irracional. Eso genera que si uno de vosotros dice algo tenga un impacto mayor. Muchas veces he hablado en mis presentaciones con Nega del papel tan importante que habéis jugado con Los Chikos del Maíz o Riot Propaganda, ayudando a formar políticamente a toda una generación de jóvenes de este país que os han visto como un referente.
Si hubiera más Chikos del Maíz y menos Taburetes seguramente este país en el futuro sería muy distinto. Con vuestras letras la gente joven se está formando en un discurso crítico que le hace dudar de los discursos oficiales, que le hace pensar, que le hace ir a buscar referencias culturales, bibliográficas… Todo ello frente a discursos que promocionan el conformismo, los valores del sistema, el enriquecerse o el individualismo.
Es un campo de batalla fundamental y donde la izquierda tradicional ha ido muy a remolque. Es curioso, porque se supone que la cultura siempre ha sido de la izquierda, pero hemos ido a remolque porque hay una cultura que está irrumpiendo desde abajo y desde la gente más joven que, tal vez, no se mueve en las coordenadas tradicionales, porque están en las redes sociales y los sectores que dominan en la izquierda transformadora son (o somos) de cierta edad y nos cuesta entender esa lógica. La izquierda se tiene que renovar para adaptarse a esas nuevas formas y expresiones culturales para no perder el tren de vanguardia que siempre fuimos y que tenemos que seguir siendo. Y en el medio por el cual se divulga el mensaje y en las formas no estamos quedando anticuados y deberíamos escuchar más a los y las jóvenes para darles el lugar que les corresponde y darles paso porque, al fin y al cabo, aunque el futuro es de todos, de ellos y ellas todavía más.