Opinion · Memento

Rozalén: “Para mí el éxito es dormir tranquila”

La música rompe moldes. Yo fui un adolescente de esos que creían pertenecer a una tribu urbana y que no escuchaban artistas que no fueran de su género escogido. Cualquier recomendación que venía de fuera era mala per se y no la aceptaba. Por suerte, con la edad vas perdiendo esa mala costumbre, abres horizontes y descubres que hay artistas que pueden despertarte sentimientos desde terrenos que creías muy alejados del tuyo.

Algo así me pasó con Rozalén cuando fui a su primer concierto. Conocía su nombre, claro. Era imposible escapar de su éxito, mi compañera escuchaba sus canciones constantemente y mi buen amigo Facu Díaz me había hablado de su nuevo disco, aunque reconozco que no lo escuché antes de acudir a verla. Tras dos horas de espectáculo salí fascinado. En un lugar como el Palau de Les Arts de València, símbolo del despilfarro y la corrupción del Partido Popular, había aparecido una persona de Albacete, con una guitarra, una intérprete de lengua de signos y una banda que le acompañaba y había hablado de feminismo, de memoria histórica, del conflicto vasco, de educación, de amores prohibidos… y lo había hecho desde la sencillez y el corazón. Eso se nota. No soporto esos artistas que hablan de amor cuando ves que su único amor es hacia su cuenta del banco. A Rozalén se le notaba que lo hacía con naturalidad.

Esa sencillez le hace optar a los premios más importantes de la música, pero también tiene su hueco para pintar puertas violetas en cualquier punto del planeta. Su reciente viaje a Guatemala me ha servido de excusa para hablar con ella. Porque, aunque cualquier excusa es buena para charlar con personas interesantes e indagar más en ellas, esta vez sí es importante contar su viaje porque, como ella dice, contar historias sirve para dotarlas de valor y reconocimiento.

La cantante Rozalén
La cantante Rozalén

Enlazas festivales con conciertos propios, galas de premios, tanto dándolos como recibiéndolos, actuaciones en televisión, colaboraciones… Y todavía has sacado tiempo para viajar a Guatemala a mostrar tu apoyo al proyecto La Luz de Niñas, proyecto que busca visibilizar la desigualdad que sufren las niñas, protegerlas frente a la violencia, valorar su capacidad para elegir su futuro e incidir para transformar las causas de esta injusticia.
¿Cómo conoces esta iniciativa y qué te motiva para sacar tiempo para realizar este viaje?
Las personas que trabajan conmigo saben mi manera de ver la vida y esta propuesta vino de una compañera de la discográfica que sabe que yo vengo de psicología social y es realmente mi vocación, compartida con la música, claro. Además, yo tuve una temporada en la carrera en la que me quería dedicar a la cooperación y ha sido una idea que siempre ha estado ahí. Entonces surgió la idea de hacer un proyecto chulo y ver de qué manera yo podía aportar algo y a mí me inspiran muchísimo este tipo de viajes. El hecho de poder dar altavoz de la manera que yo sé, que es a través de la palabra.
Una vez he vuelto, he recordado que realmente es una de las cosas que más feliz me hacen, el poder viajar. Además, de esta manera, que he estado en lugares donde realmente no es fácil llegar siendo turista y eso me ha servido para conocer una realidad que no sueles ver cuando vas a un país a dar conciertos. La gente que me rodea sabe que para mí es importante dedicarle tiempo al activismo social. Es esencial, porque ha estado ahí toda mi vida.

Rozalén, en Guatemala
Rozalén, en Guatemala

A través de las redes sociales has ido narrando los días que has pasado en Guatemala. El primer día contabas cómo conviven con la violencia en su día a día. Era 19 de febrero y ya habían sido asesinadas 6 niñas. Contabas cómo sufrían la extorsión, violaciones, nulas expectativas de futuro… Son lugares comunes en determinados países, pero para los medios ya son sólo estadísticas y parece que asumimos que es una realidad que no se puede cambiar. ¿Has logrado en tu viaje encontrar motivos para pensar que sí hay esperanza para el futuro de esas niñas?
El primer día estuve en el barrio Limón, que es de los más peligrosos de la ciudad de Guatemala y no tenía ni idea de cómo se manejaban las maras, las pandillas, la extorsión… La violencia más bestial en la ciudad. No tenía ni idea del funcionamiento de este tipo de casos en Centroamérica. Pero a pesar de todo eso, encuentras esperanza. Ha sido lo que más me ha sorprendido de Guatemala. Recuerdo que, en el diario, el último día acabo diciendo que nunca había conocido un pueblo con tantísima tristeza, con tanta pena, porque se nota en las caras y en las miradas de la gente y, a la vez, son los que más amor me han entregado en los últimos años.
Por ejemplo, respecto al día por el que me preguntas, en esos barrios el lugar las niñas estaban a salvo era el cole. Hasta el punto de que las maestras son respetadas hasta por las mafias. Había un detalle que no lo conté en el diario porque es un poco más morboso pero que dice mucho. Nos contaba una de las maestras del cole que fuimos a ver que fue extorsionada y asesinaron al tipo que la había extorsionado. Hasta ese punto de respeto existe. Hasta los malos saben que la escuela y la educación es un territorio sagrado.
Observar que la educación sirve como refugio te hace tener esperanza porque, en realidad, toda la gente que he conocido allí trabajando, es la gente que cambia el mundo. Esas personas que están ahí el día a día y que, a veces, no sólo entregan su tiempo, sino que también dan el poco dinero que tienen y lo hacen con todo el amor y con unas sonrisas enormes. Por esos motivos, conseguí volverme con esperanza a pesar de todo.

El segundo día viajas a una zona rural maya, Totonicapán, donde nos cuentas otro de los problemas que sufren las niñas de Guatemala, la desnutrición. Cómo cada bocado parecer ser más un premio en lugar de un acto natural que debe llevar a cabo cada ser humano para sobrevivir. Ese déficit, como bien señalas, afecta a su crecimiento, tanto físico como cognitivo. Viajando desde un país en el que cada año se tiran 7,7 toneladas de alimentos a la basura, ¿qué pensaste en esos momentos ante esas niñas que pese a tener poco lo compartían?
Ese día, inevitablemente, pensé en mi sobrino. En la vida que él tiene actualmente, lo que come, cómo se cuida, todos los alimentos que consume, atendiendo que no le falte ni una sola vitamina, comida ecológica… Es inevitable comparar. Me moría de la pena porque cuando conoces de cerca este tipo de injusticias se te parte el alma. Y cuando esas injusticias tocan a las niñas y niños, que son lo más vulnerable del planeta, joder. Es que no lo puedo explicar, Toni. Pensaba todo el rato que quería, cuando llegase a casa y viera a mi sobrino, contárselo para que él fuera agradecido con cada comida que recibe al día.
También me cabreó pensar cuando alguien tira un plato de comida o se queja porque son verduras o macarrones. Ese tipo de conductas. Eso es lo que más pensé en esa situación. La suerte que tiene mi sobrino y la poca suerte que tienen esas crías.

En tu texto del tercer día, nos hablas de la riqueza cultural del país, con tantas etnias e idiomas y cómo determinadas formas de vida son perseguidas para ser exterminadas. Heridas abiertas, personas que hablan de que con los dictadores se vivía mejor, racismo entre personas de un mismo territorio, odio hacia determinadas culturas… ¿por qué nos recuerda tanto a los conflictos que se están viviendo en territorio español actualmente?
Es verdad que lo pensaba. Cuando hubo un momento en el conflicto bélico de allí, en el que se intentó exterminar la cultura maya, con la riqueza que supone que haya más de veinte etnias y una gran variedad de idiomas. Que se sea racista entre miembros de un mismo país me parece tan ridículo….
Y cuando este señor dijo que se vivía bien en tiempos de Ríos Montt me acordé de la gente que, a día de hoy, dice que con Franco se vivía bien. Aun así, cuando le recuerdas que asesinó a millones de personas, te lo justifican diciendo que eran terroristas. Es muy similar la situación, sí. Cuando más conozco otros países y su historia, ves que son muchas las cosas que nos unen. Ves que desde muchos lugares cometemos los mismos errores continuamente.
En España no hace tanto que se cometió una barbarie tan bestia como la Guerra Civil, 40 años de franquismo y mira cómo está el asunto a día de hoy. Hablando de Catalunya, conflictos con los idiomas territoriales… parece que no tengamos remedio. Y hay temas que son inhumanos. Cuando alguien te está defendiendo el Holocausto u otro tipo de masacres, qué hacemos. Qué hacemos frente a ese tipo de conductas que no tienen sentido ninguno.

Entre tanto terror diario, nos describes a las “Niñas Colibrí”, que son aquellas que, pese a todo, no renuncian a su futuro, vuelven a la escuela e intentan volar con sus pequeñitas alas. En esos días que compartiste, ¿descubriste muchas colibríes o siguen siendo una pequeña excepción?
Desgraciadamente, es una excepción. De todas las niñas que he conocido allí, salvo las más pequeñas que estaban en el cole, no eran niñas colibrís. Conocimos a una chica que tuvo que salirse del colegio, se puso a trabajar y después sí volvió a los estudios. Pero era sólo una excepción. Allí es muy difícil que, sobre todo las niñas, las mujeres, accedan a estudios superiores.
De la niña colibrí que conocí te puedo contar que eran seis o siete hermanas y algunas muy pequeñas y que con seis o siente años ya estaban fuera del cole, ya estaban trabajando. Resulta muy difícil que se mantengan estudiando. Lo señalé en el diario, sólo el 1% de toda la población en Guatemala llega a la universidad. Así es imposible. Muy pocas llegan a estudiar y mucho menos cuando están en zona maya y en un estado de vulnerabilidad, de pobreza y añade la condición de ser mujer indígena. Es un milagro si alguna consigue estudiar.

De tu reflexión del quinto día me quedo con una frase: “contar su historia es dotarla de valor y reconocimiento”.  ¿No es triste que tengamos que contar historias lejanas mientras parece que aquí no podamos contar nuestra propia historia más reciente por miedo que nos señalen o nos marginen?
A mí me encanta contar nuestra historia también y me he dado cuenta de que es muy difícil contar lo que duele. Siempre hablo de eso, de lo que duele. Ya no es sólo nuestra política o nuestra historia. Lo que pasa es que contando estas historias que parecen lejanas, yo creo que la gente se pone a reflexionar y se da cuenta de las coincidencias.
Lo que descubrí en Guatemala, pero también en Argentina o en otros lugares que he visitado, es la importancia que tiene contar la historia del país. La cantautora Curruchich estaba fascinada simplemente por cómo la escuchaba. Porque para ella era muy importante que yo escuchara su historia y que me ocupara en trasmitirla y escribirla en un diario. Veías cómo te pedían el favor de que contara cómo estaban allí, porque el hecho de contar su historia hace que exista. Por eso las historias las dotas de valor y de reconocimiento, porque si no se cuentan esas personas no son nada, nadie las tiene en cuenta.
Cuanto más crezco, más aprendo y me doy cuenta de que una de las misiones que me ha tocado a mí ha sido trasmitir información y contar historias.

Terminas tu viaje conociendo la historia más terrible, el asesinato de “las niñas de Guatemala”. 41 niñas que fueron asesinadas por rebelarse como podían. Otra historia más dolorosa que te encontraste en tu viaje, pero reconoces que entre tanto dolor has encontrado luz, cariño y esperanza. Ahora que han pasado unas semanas, has vuelto a la rutina del escenario y de no parar con tu música de un lado para otro, ¿qué sensaciones te quedan una vez analizado todo desde la calma del hogar?
Esa noticia me pareció muy bestia y no tenía ni idea. Me pareció muy tétrico que esto haya ocurrido hace sólo dos años. Por eso me daba mucho miedo el hecho de pensar que, en cualquier momento, puede pasar de nuevo algo muy gordo y que no estamos haciendo nada.
Cuando vuelves a la rutina, a los escenarios y a nuestra realidad puedes u olvidar ciertas cosas o masticarlo todo desde la calma.  A mí en cada viaje, y más de este tipo, se me queda una herida, una cicatriz en el cuerpo o el alma que yo creo que se nos queda de por vida. También es bueno no dejar de acudir a estos países y a estas historias para que te recuerden dónde tienes que estar y posicionarte.
A mí todo el rato, ya no sé si porque lo busco yo o porque me ha tocado esta vida o por qué, me llegan historias o momentos en los que tengo que contar este tipo de injusticias y me permiten estar siempre un poco al loro. Cuando me relajo, enseguida me viene alguna situación que me vuelve a poner las pilas. Además, sé que si eso en algún momento lo pierdo voy a perder lo más importante que yo tengo. Estos viajes y estas horas historias me han dado una visión muy global del mundo y afianzo que no me tengo que callar.

Rozalén con Beatriz Romero. JORDI SOCIAS
Rozalén con Beatriz Romero. JORDI SOCIAS

Todas las historias que nos narras desde Guatemala tienen un componente común que no falta ningún día, la música. Al fin y al cabo, es la que te ha hecho viajar hasta allí, lo que puedes compartir con las niñas con las que has convivido y el altavoz que te ha permitido contar esas vivencias y que lleguen a un gran número de personas. ¿Qué poder transformador tiene la música?
Es muy importante esta pregunta, ya que es un asunto que hemos hablado mucho con las personas de la ONG una vez de vuelta. El otro día que pasé por la sede, el director me decía que había sido impresionante cómo había podido llegar a esas personas y que ellos llevan tiempo intentándolo y no lo consiguen. Descubres que es muy llamativa una guitarra, es muy llamativa la lengua de signos y te permite conectar más fácilmente con las personas.
Nos han pasado cosas muy curiosas, como que íbamos a algunas zonas o colegios donde la gente que trabajaba en esos lugares nos decía que las mujeres que estaban allí no iban a hablar ni a bailar ni a cantar porque son tímidas y porque su cultura era otra. Y a través de la guitarra fue todo súper fácil. Fue un punto de unión que facilitó establecer contacto. Yo me ponía a cantar y, en seguida, nos cantaban ellas alguna canción. Las mujeres se ponían a hablar lo que habían sentido con La Puerta Violeta y se quedaban con las frases.
Al final, ellas te decían que yo le había mostrado lo que tenía, que había ido con mi guitarra y mis canciones y, de repente, sacaban la marimba, que es el instrumento típico de allí, se ponían a tocarla, a bailarnos… Y ya no sólo la música, el arte en general es el método más fácil de unión entre seres humanos. En este viaje lo hemos podido comprobar. Yo todo el rato voy con una guitarra y sé que sensaciones puede provocar, pero la gente de la ONG se ha sorprendido. Hay que ser conscientes de que tenemos un arma muy poderosa con la música.

Además de lo que nos cuentas en este viaje, en tu disco encontramos canciones que hablan de violencia machista, de memoria histórica y del conflicto vasco. Todo esto llenando teatros y salas, actuando en numerosos pueblos, acudiendo a galas de premios y con el beneplácito de la crítica y el respaldo de las ventas de discos ¿se ha politizado más la sociedad desde la crisis o realmente sí te ha pasado factura meterte en determinados temas?
Yo también me he llevado una sorpresa porque pensaba que por cantar sobre determinados temas se me iba a cerrar un montón de puertas y ha sido todo lo contrario. Ahora vendemos más que nunca y cada vez viene más gente a vernos. Otro hecho muy sorprendente es que me están dando mucha bola en los medios. Incluso desde algunos que tienen como propietarios a personas que piensan muy diferente a mí. No sé explicarte el motivo, la verdad. Supongo que había ganas de que alguien que está en el “mainstream” (aunque suene feo decirlo así) hablara de otras cosas y no sólo de amor y de desamor, que también está muy bien y respeto a quien lo haga.
¿Si hay más conciencia? No lo sé, pero quiero pensar que sí. También creo que es muy importante la manera en la que cuento las cosas porque no hay agresividad. Creo que soy muy respetuosa y es importante destacar que lo que he contado son historias personales. No es lo mismo meter una charla un poco más agresiva o con datos, con economía o nombrando a políticos, que suele pasar más de largo, que jugar con lo emocional y contar historias personales que son lo que, a algunos, les puede hacer ponerse en la piel del otro.
De la manera que he tratado, por ejemplo, la Memoria Histórica, quien me dice que no se alegra porque yo haya encontrado a mi desaparecido pues qué puedo decirle… Que a lo mejor prefiero no tenerlo como público. Creo que le he dado tantas vueltas y lo he hecho con tanto respeto y pensando tanto en quien no opina como yo, que creo que no hay ninguna frase que me puedan echar encima. Quienes me critican es porque no lo han escuchado, sinceramente. Mi conclusión es que con la caricia y con la sonrisa se consigue muchísimo más.

Sabes que si eso mismo lo dices rapeando puedes tener problemas, ¿no? (risas).
He tenido y sigo teniendo problemas por opinar, es un hecho evidente, y sé que le molesto a mucha gente precisamente por eso, porque a mí no me meten en la cárcel. Pero si hablamos de las formas, puede ser uno de los motivos por los que sigo libre o no me tengo que ir del país. Realmente, creo que la posición que me ha tocado es muy punki, muy bestia. Porque creo que, al darme tanta bola, estoy logrando mucho poder para contar cosas que considero importantes y, desde mi posición, pueden llegar a escocer más.
Siempre digo la frase de Calle 13, hay que meterse en el sistema y explotar desde dentro. Por ello siento una responsabilidad. Ya que de momento no me están callando ni me están vetando, tengo que seguir hablando y opinando mucho más de lo que antes hacía.

Rozalen en los Grammy Latinos 2018. EFE / NINA PROMMER
Rozalen en los Grammy Latinos 2018. EFE / NINA PROMMER

De los Grammy a Guatemala, de la Gala de los Goya a un concierto para la Asociación HAC José Couso. ¿Cómo puede una persona moverse con naturalidad en todos estos terrenos tan diversos sin caer en contradicciones o sin sentirse fuera de lugar?
Todo el rato siento que no soy coherente con muchas cosas. Claro que me siento fuera de lugar en algunas alfombras rojas, pero creo que soy todo el rato la misma cosa, la misma persona. Sigo diciendo lo mismo que decía antes pero ahora voy mejor vestida en una gala (risas). Dentro de esas contradicciones intento dormir tranquila.
Por ejemplo, en los Grammy, que no eran mi hábitat natural y que tenía que ir súper mona de la muerte, con tacones… acabas pensando por qué tienes que ir así. Pero decidí que no quería desentonar porque me daba más pereza que hablaran de mí por eso que el poder pasar desapercibida, que fue lo que logré. Además, ese día fui con un traje de una diseñadora de Albacete, de mi tierra. Porque quería darle valor al trabajo manual y a la única mujer que hay allí diseñando ropa. Hasta en esos lugares y en esos aspectos, hay hechos desde los que se pueden decir cosas y reivindicar. También recuerdo que la cantante de Monsieur Periné iba con un traje indígena que decía mucho.
Yo creo que soy una tía normal, una persona corriente y todo el rato intento mostrarme así. Creo que se notaría mucho si me disfrazara o si jugase a ser otra persona, no me sale bien eso. Desde hace tiempo decidí ser yo todo el rato y hay en sitios en los que hasta sienta bien porque, cuando tengo a mi alrededor personas que parecen estar de postureo, cuando me tienen al lado me da la sensación de que se relajan y todo (risas). Es muy difícil ser coherente, pero lucho todo el rato por intentar serlo.

Para finalizar, recuerdo que en el primer concierto que vi tuyo en directo, llenando hasta la bandera el Palau de Les Arts de València, donde reconociste sentir miedo. Contabas cómo había crecido todo de repente y tenías miedo de “despertar del sueño”, de que todo acabase. ¿Vivimos los artistas con el miedo de perder oyentes, de tener menos conciertos, en definitiva, de bajar de la nube en lugar de disfrutar el momento?
Siempre tengo ese miedo de “pasar de moda” aunque reconozco que últimamente ya no tengo tanto miedo porque, aunque a mí lo que me gustaría es vivir de la música toda mi vida, siento más miedo de perder la inspiración. Antes sí tenía más, pero, si uno quiere, busca la inspiración en una pared en blanco. Salir a la calle, montarse en el metro, pasear… eso te hace saber lo que tienes que escribir.
La gente a la que yo admiro, la gente que para mí es un modelo que seguir, no deja de estar en lo alto. Además, ¿qué es lo alto? Para mí el éxito es dormir tranquila. Me encanta poder darle de comer a tanta gente que curra conmigo y eso no me gustaría que se perdiera. Pero creo que con trabajo y sin parar el ritmo que llevamos y, sobre todo, mientras no se nos vaya la ilusión, no se me vaya el nervio, la hipersensibilidad… Cuando pierda algo de eso, será cuando me preocuparé. Pero estoy convencida de que no lo voy a perder. Tengo muchas ideas en la cabeza y eso hace que cada vez tenga menos miedo.