Opinion · Memento

Mark Bray: “Es importante recordar la importancia de resistir el fascismo en cualquier aspecto de la vida, incluso en música y arte”.

Parecía que estábamos a salvo, pero no. Las últimas elecciones andaluzas y las generales han demostrado que en el estado español no estábamos a salvo de los partidos de extrema derecha, que han abandonado su carácter residual y, sin caretas ni discursos suavizados, han entrado con fuerza en el parlamento. Por ello, aunque nos duela, este manual antifascista que nos presenta Mark Bray es más necesario que nunca. Para comprender de dónde venimos y, sobre todo, para ayudarnos a comprender hacia dónde dirigirnos. Porque es un fenómeno global y sólo compartiendo experiencias y consejos de cada territorio podemos trabajar en conjunto para erradicar esta ideología que no tiene cabida en las sociedades democráticas.

Mark Bray es historiador de derechos humanos, terrorismo y radicalismo político en la Europa moderna y fue uno de los organizadores del movimiento Occupy Wall Street. El antifascismo no es una tribu urbana ni es igual al fascismo. Claro que es un movimiento radical, si entendemos radicalismo como ir a raíz del problema para acabar con él. Y buscamos acabar con él porque entendemos que no todas las opciones políticas son válidas y debemos tener las herramientas para combatirlas. Y también pensamos que el periodismo y la cultura pueden ser instrumentos válidos y necesarios para lograr este fin.

“Querría que este libro no fuese necesario” es la frase con la que empiezas tu manual. ¿Qué ha sucedido en los últimos años para que el fascismo sin disfraces se postule como una opción política respetable y con relevancia electoral?
Podemos empezar con que la crisis económica, obviamente, cambió el terreno político en muchos países. También la crisis está vinculada la inmigración porque, cuando existe una situación económica como la actual, la gente se pregunta cómo se puede solucionar. Y mientras la izquierda dice que tenemos que hablar del capitalismo, que tenemos que luchar contra nuestros jefes y crear una sociedad nueva, la respuesta de la derecha es más fácil de entender ya que señalan directamente a los inmigrantes. En los EEUU, por ejemplo, aunque sucede igual en muchos otros países, la inmigración está relacionada con la identidad, con la nación, con “quiénes somos”, religión, idioma, cultura… Y mucha gente se identifica fácilmente con este discurso.
También, obviamente, el terrorismo ha influido. Además, en Estados Unidos influyó la presidencia de Obama, el primer presidente negro, que hizo que existiera una fuerte reacción por parte de la comunidad blanca. También es importante destacar el fracaso de la izquierda. Cuando partidos de la izquierda apoyan políticas de austeridad y el neoliberalismo, se puede entender por qué la gente busca otra opción.

Como señalas, parece que desde la izquierda no hemos sabido aprovechar la crisis económica y estructural para convencer a una mayoría con nuestras propuestas.  Tampoco parece que hayamos logrado hacer llegar un discurso alternativo frente a las crisis migratorias de las que tanto se nutre la extrema derecha. También, ante casos como el de Trump en EEUU o Vox en el Estado español, parece que hemos dedicado más tiempo a burlarnos, a hacer memes en internet y restarle valor hasta que se convirtió en una opción política real, en vez de combatirlo desde el principio y plantear alternativas. ¿Qué parte de culpa tenemos la izquierda de este ascenso?
Obviamente no es fácil saber qué hacer ante estas situaciones, hay muchos factores que influyen. Yo, por ejemplo, participé en Occupy Wall Street en New York, que fue un movimiento fuerte e importante pero que fracasó por muchas razones. Una de ellas fue que el movimiento no tenía vínculos directos con luchas cotidianas, las que tienen que librar las personas en el día a día. Entonces, aunque mucha gente tenía simpatías por el movimiento, aunque hablábamos sobre la crisis, sobre el papel de Wall Street en ésta y sobre otros asuntos importantes relacionados con la economía, no fuimos capaces de articular soluciones para la vida de las personas.
Entonces, si eres un obrero que tiene simpatía, pero no tienes tiempo para acampar en un parque para protestar y no te están hablando directamente de tus principales problemas, es difícil saber cómo interaccionar y apoyar determinadas causas. Obviamente, no es cierto que toda la izquierda sea así, pero al menos en EEUU sí una mayoría. Porque tenemos que hablar sobre el poder del sistema y su responsabilidad en la crisis, pero también saber vincularlo a luchas cotidianas y exponer alternativas.
También en algunos países la izquierda no reconoció el peligro de la ultraderecha. Por ejemplo, he hablado con antifascistas en Grecia y antes de 2009 no pensaban que Amanecer Dorado fuera a ser algo tan importante. Igual en Estados Unidos, donde muchos antifascistas (yo incluido) antes de la victoria de Trump pensábamos que no era una prioridad. El tiempo ha demostrado que cometimos un error, porque es más fácil organizarse contra estos auges de extrema derecha antes de que se hagan más grandes y tengan mayores apoyos. Creo que necesitamos una alternativa y tenemos que reconocer el peligro.
A veces hacer bromas y hacer memes puede ser útil en la lucha, pero también puede servir para ignorar y frivolizar sobre la gravedad de la situación. Por ejemplo, Charles Chaplin después de hacer el Gran Dictador dijo algo como que no fue un error, pero que no tuvo en cuenta la gravedad de la situación y de la repercusión. Tenía sentimientos encontrados sobre la utilidad de la película.

En los últimos tiempos se ha logrado deslegitimar desde el poder el movimiento antifascista. En el mejor de los casos, lo disfrazan como si fuera una tribu urbana más y, en el peor, lo equiparan al fascismo y dicen la famosa frase de que los extremos se tocan y parece haber calado en la sociedad. ¿Cómo podemos recuperar que el antifascismo sea visto, ya no sólo como una opción política válida sino necesaria?

Portada del libro 'Antifa' de Mark Bray.
Portada del libro ‘Antifa’ de Mark Bray.

Esto es lo que he intentado explicar durante el último año. Volviendo a hablar de los EEUU, el cual es mi contexto, creo que es útil explicar lo que es el antifascismo y la diversidad y potencial que tiene. Se puede ejercer el antifascismo en diferentes formas. Pero tampoco estoy seguro, en el caso de Estado Unidos, de que la cosa más importante sea cambiar la opinión de la gente sobre el antifascismo porque tenemos otros colectivos haciendo las mismas luchas sin utilizar esa palabra. No es mi decisión, que cada cual haga lo que quiera. Pero, a veces, entiendo el argumento de que es más fácil hablar sobre antirracismo o u otras luchas similares que de antifascismo.
Los grupos que se llaman antifascistas suelen pertenecer a pequeños grupos de tradición militante. A veces pueden participar con plataformas más amplias para protestar frente a la ultraderecha, pero su objetivo principal no es crear un movimiento de masas, sino organizar unas acciones concretas. Estas acciones pueden ayudar a un movimiento, pero el objetivo no es que miles de personas sean integrantes de estos colectivos porque no es posible a corto plazo.
Para mí es importante explicarlo, como he explicado qué es el fascismo. Porque los norteamericanos, normalmente, piensan que el fascismo es, más o menos, igual que el autoritarismo. Y autoritarismo es decirle a otra persona lo que debe o no hacer. Entonces, desde esta perspectiva, los antifascistas son iguales que los fascistas para ellos porque le están diciendo a la ultraderecha que no pueden hacer mítines para promover sus ideas de odio. Hay que explicar bien qué es el fascismo para poder explicar qué es el antifascismo. Hay que hablar sobre nuestra historia y, en EE. UU., es importante vincularlo con las luchas contra los nazis, ya que tienen un papel en el imaginario norteamericano muy importante.

En un capítulo hablas de la libertad de expresión, pero, como bien señalas, en sociedades burguesas como en las que vivimos el hecho de querer poner límites se nos puede volver en contra. De hecho, aquí existen numerosos casos de que los límites impuestos por la Ley Mordaza suelen ser para personas de izquierdas y no de derechas. Y si se intentan frenar actos fascistas, los medios los presentan como víctimas a ellos y a los que protestan como “los malos de la película”. Una solución que planteas sería el cambio de sistema, pero como por desgracia parece lejano, ¿no deberíamos lograr generar en el ideario colectivo que no toda opción política es válida para que, sin prohibir explícitamente, ese discurso termine por no tener cabida en nuestra sociedad? Desde la educación inculcar valores antifascistas y enseñar los horrores generados por el fascismo para evitar estos auges.
Como escribo en el libro, los antifascistas militantes en general no están a favor de leyes en contra de cualquier expresión porque, como has dicho, frecuentemente, es un peligro para la izquierda. Por ello, en términos de cómo podemos vencer al fascismo, está claro que necesitamos más educación y más conocimiento de la historia del fascismo y sus consecuencias. Pero la educación que recibimos existe en relaciones de poder. Por ello creo que fue importante (de nuevo en el contexto de los Estados Unidos) que nos hablaran sobre la historia del movimiento de liberación negra. Durante muchos años en la escuela se nos contaba que la gente negra fue explotada como esclavos y después segregada mediante las leyes de Jim Crow, pero que personas como Martin Luther King o Rosa Parks dijeron que no era justo. Esto ayudó a que la mentalidad de la gente blanca fuera abriéndose y entendieran otra realidad.
Obviamente hay mucha gente que no te compra esta historia, pero, en mi opinión, estos movimientos tuvieron éxito al lograr establecer un tabú social con el racismo y lograron imponer un precio alto dentro de la sociedad para aquellas personas que tenían discursos racistas. No creo que la mayoría de la gente blanca cambiaran sus opiniones, pero decidieron que las repercusiones de difundir ideas racistas eran demasiado altas como para mostrarlas en público.
En este contexto las nuevas generaciones, poco a poco, pueden cambiar sus opiniones porque van a adaptarse a las opiniones y la perspectiva de la mayoría social. Si esta mayoría dice que el racismo es malo, es importante y, extrapolándolo al antifascismo, es importante luchar en contra del proyecto de Trump y el Alt Right que es, en gran medida, bajar el precio social de ser racista o sexista. Y se puede hacer de muchas maneras, pero una es que cuando haya un evento sexista o racista hagamos lo que esté en nuestras manos para que no se lleve a cabo. Hay muchas maneras de lograr evitarlo, como hemos visto durante la historia y como explico en el libro. No tenemos que ceder ante el precio que se debe pagar por exponer estas ideas en la vida pública y política.

Mark Bray y Toni Mejías
Mark Bray y Toni Mejías

Algunos medios de comunicación de EE. UU. consideraban a Obama casi como un marxista radical. En el Estado español sucede similar y políticas socialdemócratas como las que plantea generalmente Podemos, se tratan como si fueran de extrema izquierda. ¿Se ha derechizado tanto el discurso político que han logrado colarse las posiciones extremas como un partido más de la derecha tradicional?
No estoy seguro. La pregunta, en general, debe ser planteada más sobre si las opiniones de la gente han cambiado o las opciones políticas son las que han cambiado. Porque en los Estados Unidos, por ejemplo, Trump y el Alt Right han cambiado los términos del debate, pero no creo que la mayoría de sus fanáticos hayan cambiado en los últimos años, sino que ahora hay alguien que está diciendo lo que ellos siempre habían pensado.
También en los EEUU hemos visto un cambio hacia el socialismo. Las encuestas muestran que los menores de 30 años tienen una perspectiva positiva sobre el socialismo. Obviamente, lo que significa socialismo para ellos, que es, más o menos, un Estado de Bienestar. Esto señala que ha habido cambios en la derecha, pero también en la izquierda. Se puede ver esto en las campañas de 2016 con Bernie Sanders en un lado y Donald Trump al otro. La prensa escribía mucho haciendo comparaciones entre los dos. No sólo la derecha tiene nuevas opciones políticas.
También Europa hace 8 años tuvo una época donde me parecía que, tal vez, podíamos ver una época de auge de la izquierda y de alcanzar el poder gracias a movimientos como el 15-M. Ahora no es así. Y la pregunta es la misma. ¿Han cambiado las opiniones en Europa o han cambiado las opciones políticas? ¿O ambas cosas? No estoy seguro.

Mis entrevistas suelen girar en torno a la cultura, así que esta última parte quiero que gire en torno a ella. ¿Qué posición crees que se debe tomar desde el mundo cultural frente al auge del fascismo? ¿Cómo puede ayudar a cambiar esta coyuntura?
Como dije antes, mucha gente toma sus perspectivas en referencia a su contexto social. Las opiniones de nuestros amigos, de nuestras familias o de nuestros círculos más cercanos importan mucho. Con la cultura sucede similar. Por ejemplo, en Inglaterra al final de los 70 con el movimiento Rock Against Racism hubo un intento de plantar cara mediante la música al Frente Nacional de Gran Bretaña y decirles No fun, no es divertido. Es importante presentar a la ultraderecha como aburrida, como enemigos de la gente, y una de las maneras más eficaces es mediante el arte, mediante la cultura. Con métodos que obviamente son políticos, pero la sociedad no lo entiende así. En cada lucha antifascista se pueden analizar ejemplos parecidos con canciones, películas u otra expresión artística.
En los Estados Unidos el papel del punk ha sido importante. El movimiento Anti-Racist Action es un ejemplo. Para terminar, creo que es fundamental recordar la importancia de resistir al fascismo en cualquier aspecto de la vida, incluso en música y arte. En los EE. UU. cuando los periodistas han escrito sobre el antifascismo no han reconocido la importancia de hacer esto en esferas alternativas a las tradicionales, pero creo que es vital porque no debemos cederles ningún espacio.

Muchos géneros musicales o artistas que han surgido recientemente basan su música o su discurso en el individualismo, en estereotipos patriarcales, en buscar el lujo o el dinero, en mensajes de que si te esfuerzas saldrás de la pobreza… ¿Puede este tipo de música favorecer a la simpatía de los jóvenes hacia posiciones de extrema derecha?
Tengo que pensar en esto, no tengo una respuesta automática. Creo que depende del género musical. Porque un antifascista alemán me dijo que hay grupos de hip hop nazis en Alemania, lo cual es difícil de imaginar en Estados Unidos. Creo que el aspecto racial es muy importante en los EEUU porque el Alt Right es un movimiento de personas blancas casi por completo, salvo excepciones. Entonces el rap no tiene una relación directa con el fascismo porque es una música relacionada con la comunidad negra.  Es más fácil encontrar música cercana a la derecha en géneros como el punk o folk u otros estilos.
Pero me estás preguntando algo diferente, como el papel de los valores en la música. Creo que el individualismo y lo que comentas puede apoyar a sistemas capitalistas y a sistemas machistas, pero específicamente a la ultraderecha no estoy seguro. Tal vez indirectamente sí, pero no de un modo directo y claro.