Opinion · Memento

Miquel Ramos: “La cultura es uno de los frentes desde los que combatir la involución que plantea el fascismo”

La música es, muchas veces, una montaña rusa. Muchos grupos podemos subir y después bajar. Ser portada de revistas especializadas o pasar a convertirnos en un pequeño recuadro de una página con poco interés. El público es el que determina tu importancia. El que paga una entrada por verte y el que te reclama en festivales. También al que dejas de interesar y te condena al ostracismo. Otras veces, aunque una banda funcione y siga llenando todos los lugares que visita, decide poner punto y final a un proyecto por agotamiento personal, por plantearse nuevos horizontes y retos o por otros motivos.

A veces es el oyente el que te anima a dejarlo y otras veces es tu cabeza, tus sensaciones o tus inquietudes. Puedes retirarte como Zidane en la final de un mundial o ir dando bandazos por países lejanos para ganar dinero pese a no disfrutar de la pasión de tu vida. En la música también sucede.

Pero ¿qué queda tras la música? Pasas de ser el reclamo para miles de personas a volver a la realidad del día a día. Psicológicamente es un cambio muy grande que muchas veces cuesta afrontar y que no te planteas cuando formas un grupo. Nadie te prepara para ello. Por eso, tal vez como una especie de auto terapia, he decidido afrontar estas preguntas con Miquel Ramos, quien fuera vocalista y teclista en la mítica banda valenciana Obrint Pas.

Miquel Ramos. FOTO: David Segarra
Miquel Ramos. FOTO: David Segarra

Sin duda fue uno de los grupos más importantes de la escena de Països Catalans y abrió muchas puertas a bandas que vinieron después. Lograron mezclar la música popular valenciana con otros géneros más actuales y normalizaron el uso del valenciano para cantar. Llenaron plazas, festivales y salas por toda Catalunya, País Valencià y Balears. También lograron romper la barrera del idioma y girar por todo el estado español y por el extranjero, llegando hasta actuar en Japón. Vivían un buen momento, seguían siendo un reclamo y un grupo por el cual pagar una entrada, pero decidieron que tenía que terminar un ciclo. ¿Qué vida viene después de que baje el telón? Eso queremos averiguar.

Además, Miquel Ramos ha dedicado muchos años a analizar y estudiar el ascenso de la extrema derecha en Europa. También la cultura es un campo de batalla donde combatir el fascismo y vivimos un momento en el que tenemos que determinar en qué lado estamos. En la calle, en las instituciones y, también, en la cultura. Porque en el contexto actual, se deben conquistar los derechos y libertades desde todos los frentes existentes.

Este mayo se han cumplido 5 años desde que Obrint Pas se despidió en el Teatro Principal de València. ¿Qué has estado haciendo durante todo este tiempo?
Hice un máster de sociología y antropología en la Universitat de València y dediqué mi trabajo de investigación a analizar a la extrema derecha española durante la crisis económica, desde 2008 hasta 2015. Desde hace tiempo ya trabajaba en otros proyectos relacionados con la investigación de las nuevas extremas derechas en Europa y de los delitos de odio. Durante esos años hice el proyecto de crimenesdeodio.info junto a David Bou, un compañero de La Directa. Aparte, seguí escribiendo en varios medios en los que ya colaboraba desde hace tiempo.

Estuvisteis más de 20 años como banda, fuisteis sin duda una de las referencias de la música del País Valencià, encadenasteis giras, viajasteis por todo el Estado español y por el extranjero y, al menos sobre un escenario no dabais signos de agotamiento. Tampoco la falta de público o de reclamo parecía una causa para terminar con el proyecto de vuestras vidas. ¿Qué os motivó a dejarlo?
Simplemente fue el final de una etapa que habíamos vivido desde adolescentes hasta ya entrada la treintena, al menos el núcleo que formábamos parte de Obrint Pas desde los inicios. Fue una decisión consensuada. Todos teníamos nuestras inquietudes que habíamos desarrollado paralelamente al grupo y, simplemente, quisimos hacer un parón para replantearnos nuestras vidas, nuestras carreras, tanto musicales como personales, y creímos que, antes de empezar a cansarnos, era el momento de parar.

Obrint Pas.
Obrint Pas.

A mí me sucedió cuando hicimos el parón de Los Chikos del Maíz, al principio no eres consciente de los cambios que suponen estas decisiones, ¿en qué momento te diste cuenta de que todo había acabado?
Sinceramente, fue bastante largo el proceso de darte cuenta de que dejabas atrás una época de tu vida importantísima. Una época en la que te habías formado como persona y con la que habías descubierto muchas cosas viajando por el mundo, conociendo a mucha gente y entendiendo otras realidades diferentes. Oportunidades que nos dio la música al poder viajar tanto y hablar con personas de muchos otros lugares. La suerte que hemos tenido con el grupo es que allá donde hemos ido nos hemos encontrado con gente que, de alguna manera, tenía unas inquietudes semejantes a las nuestras, pero en contextos muy diferentes.
Todo eso te aporta una amplitud de miras y una experiencia que luego te sirve como persona para entender mejor el mundo, para entender mejor que tu circunstancia es casual y única por ser quién eres, pero que, en realidad, en todo el mundo te das cuenta de que los problemas y las inquietudes son compartidas entre las personas “sencillas”. Toda esa experiencia que adquieres, ya no como músico sino como persona, durante más de 20 años lejos de casa, hace que te cueste un poco situarte en tu ciudad, en tu hogar, con todos los fines de semana libres, en el mismo lugar…a mí, personalmente, me costó bastante adaptarme a mi propio entorno.

Es cierto que no nos preparan para el éxito y eso hace que mucha gente lo gestione muchas veces mal. Pero también es cierto que, cuando adquieres cierto reconocimiento con tu trabajo y logras vivir de la música, puedes no estar preparado psicológica o profesionalmente para cuando todo acabe. Muchas veces vives más preocupado por el futuro que disfrutando el presente. ¿Cómo gestionaste los cambios que trajo dejar la banda? ¿Te preparaste con antelación?
Creí que estaba preparado, pero, como te he dicho antes, me costó aterrizar porque desde los 17 que empecé con el grupo hasta los treinta y pico tuve un ritmo de vida que no paraba en casa y vivía alejado de mi realidad cotidiana. El cambio cuesta mucho. Por suerte, todos los miembros del grupo habíamos desarrollado nuestras inquietudes al margen del grupo. Eso nos ofreció la oportunidad de que, al acabar el grupo, no nos quedáramos en casa viendo la televisión y comiendo pipas, sino que todos pudimos afianzar esas inquietudes que nunca habíamos abandonado por la música. Sí que habíamos priorizado, lógicamente, el grupo, con el cuál teníamos un compromiso, pero una vez terminado el proyecto, lo que habías cosechado durante todos esos años paralelamente estaba ahí. Todos pudimos hacer nuestro camino en base a todo lo cultivado.

¿Qué es lo que más echas en falta del mundo de la música?
Cada concierto y cada viaje era una experiencia. Entonces, quieras o no, por mucho que ahora te montes tus escapadas de fines de semana, nunca serán lo mismo que viajar con tu grupo de amigos. Subirte a la furgoneta o al avión, pasarte varios días juntos y, encima, con gente nueva o, muchas veces, con personas que ya habías conocido y que te alegrabas de volver a ver. Los viajes también te permitían conocer nuevos sitios. Siempre que íbamos de gira internacional nos guardábamos unos días para conocer mejor el país y las realidades donde íbamos y eso se echa de menos.
También, lógicamente, ahora estoy más desconectado del mundo de la música en cuanto a la actualidad. Al que le gusta la música nunca se despega de ella. Sigo siendo un melómano, sigo yendo a conciertos y sigo disfrutando la música en mi casa y en los festivales o conciertos a los que puedo ir, pero no es lo mismo que estar todos los fines de semana en el circuito. Cambias el punto de vista y la manera de vivir la música, pero nunca va a dejar de ser parte de mi vida y, creo, que de la vida de ninguno de nosotros.

Tras dejar la banda, ¿Has notado mucha falsedad en este mundillo o personas que, tras el parón, han podido dejarte de lado?
Estoy bastante contento de conservar los amigos y los contactos que hice y con los que establecí un buen vínculo. Hay gente que pasa por tu vida de una manera fugaz y no significa que sea menos importante. Son gente que pasa durante una época, como puede ser también durante la época del instituto o la época del equipo del deporte que practiques o del grupo de amigos del barrio. Hay personas que conoces y con las que te sigues viendo. Las conoces durante las giras y continúan estando ahí. Cuando tenemos ocasión de coincidir, seguimos en contacto y me alegro de las personas que con las que establecí un vínculo mayor o menor durante este tiempo.

Obrint Pas en el Teatre Principal de València. FOTO: Artur Gavaldà
Obrint Pas en el Teatre Principal de València. FOTO: Artur Gavaldà

Seguirem es una banda tributo de Obrint Pas, ¿qué opinas sobre este tipo de grupos?
Sinceramente, y siendo breve, creo que cada cual es libre de hacer lo que le dé la gana.

¿Tienes planes de volver a los escenarios o ya consideras que es una etapa terminada?
Quien ha estado encima de un escenario durante un tiempo, en el momento en el que para, siempre va a tener el gusanillo y siempre te van a quedar las ganas de volver a subir. Yo no lo descarto. He colaborado con algún proyecto. El último fue en una canción de Hakuna Tanaka, una rapera de Elche que hizo una versión de Sexu Makina de Negu Gorriak y donde colaboré junto con otros músicos de Disidencia, de Ki Sap y de otras bandas. Pero de momento nada serio en perspectiva. No lo descarto porque la música va a seguir formando parte de mi vida.

Como decías al principio, ahora trabajas como periodista y has centrado tus estudios en los delitos de odio y en el ascenso de la extrema derecha. Desgraciadamente, parece que son dos hechos que están de plena actualidad. ¿Qué posición se debe tomar desde la cultura ante el avance del fascismo en la sociedad actual?
La cultura es una herramienta fundamental para la configuración de cualquier sociedad, para bien y para mal. La cultura puede ser un arma contra el fascismo o puede ser un aliado de éste. Depende de cómo se utilice y de los valores que esta trasmita. El fascismo también ha tenido sus propias expresiones culturales a través de las cuales ha tratado de influir en la política, en los valores y en la concepción de la sociedad. Pensar que la cultura no tiene incidencia política es absurdo. Creo que la cultura es, y debería ser todavía más ahora, uno de los frentes desde los que combatir la involución que plantea el fascismo.
Actualmente, la extrema derecha está planteando una guerra cultural, no sólo una guerra política. Y esta guerra cultural significa poner en duda todos los valores y consensos que creíamos que estaban conquistados y asumidos, como son los derechos humanos. La igualdad, la libertad, la tolerancia, el respeto… todo esto se está poniendo en cuestión por parte de aquellos que esgrimen la famosa frase de “lo políticamente incorrecto”, como si se revelaran contra el sistema cuando lo que están haciendo es tratar de destruir los valores en los cuales se cimientan los derechos humanos y la propia democracia. Esta guerra cultural que plantea la extrema derecha no es más que una revuelta de los privilegiados. El hombre blanco, heterosexual, occidental y cristiano que se ve amenazado por esas minorías y esos grupos estigmatizados y perseguidos históricamente que están consiguiendo más derechos.
La batalla cultural que está planteando la extrema derecha es precisamente revelarse contra esa hegemonía de los derechos humanos, que ellos llaman corrección política. Por ello es muy importante la batalla de las ideas, la batalla del lenguaje y la batalla de la cultura en esta guerra porque muchas veces la cultura también sirve de aliada para poner en cuestión los valores que he mencionado. Además, pervirtiendo el lenguaje y tratando de victimizarse contra aquellos que critican es como logran hacer este ataque directo contra los derechos humanos y las libertades.
Nos llaman “ofendiditos” porque criticamos los chistes contra los niños muertos en el Mediterráneo o contra las mujeres asesinadas. Incluso se hacen llamar rebeldes e irreverentes por hacer chistes contra colectivos vulnerables. Hay que recordarles que el irreverente es el que hace chistes contra el poder. El rebelde es quien se mete contra el poder, no contra un colectivo machacado. Esto es parte de la batalla cultural. Por ejemplo, Hannah Arend hablando del Holocausto y del nazismo percibió antes el odio antisemita en las élites intelectuales y culturales que en las clases populares. Por lo tanto, estas élites muchas veces son las trasmisoras de esa ideología del odio y esta guerra cultural contra los colectivos más vulnerables y estigmatizados.

Con mirar a nuestro alrededor ves que en cualquier parque hay adolescentes con música a todas horas, lo que deja claro que es un aspecto vital para ellos y ellas y demuestra que es un elemento cultural, educativo e integrador. Pero mucha música inculca valores machistas, individualistas y capitalistas, ¿Crees que existe alguna manera de controlar o redirigir la música que consumen los jóvenes?
Primero, creo que es muy difícil hacerse un hueco en el panorama artístico ajeno a las grandes multinacionales que controlan no sólo las empresas del mundo de la música, sino también las redes sociales y los medios de comunicación. Segundo, a pesar de que internet ofrece la posibilidad de hacerlo tú mismo y llegar al público al margen de los planes de las grandes corporaciones del negocio, lógicamente tienen una dificultad añadida, no se cuentan con los medios y con los recursos que sí que tienen esas empresas.
Más que un cambio de hábitos sería necesario lograr crear una conciencia crítica a la hora de interpretar determinados mensajes. Esto también forma parte de todo lo que estábamos hablando. De qué valores se refuerzan, no sólo a nivel cultural, sino también en la educación. Tanto en los colegios, en los institutos y universidades como en el núcleo familiar. Si todo está enfocado a la competitividad, a ser una fuerza de trabajo productiva sin capacidad crítica, a reforzar determinados valores que afiancen una manera de entender el mundo que no implique cuestionar derechos, libertades o la dignidad de las personas, es difícil combatir contra estas imposiciones.
Se puede, hay herramientas y hay muchos ejemplos. Que un grupo como Los Chikos del Maíz sea tan conocido y triunfe, al igual que otros grupos con un discurso similar, demuestra que existe una cultura “alternativa”, una cultura de la resistencia y crítica que está al margen de todo este discurso, aunque sea difícil escapar de él. Pero queda demostrado que existen canales y vías que permiten a las personas buscar otro tipo de elementos culturales más allá del mainstream.

Diríamos que para cambiar la cultura habría que cambiar el sistema por completo, ¿no?
En parte sí, pero también se ha demostrado que no es estrictamente necesario. Mira el ejemplo del País Valencià, gobernado más de 20 años por el PP con varias mayorías absolutas y, sin embargo, se ha creado una cultura de la resistencia, una cultura popular y una serie de grupos de música, de colectivos de barrio, de asociaciones u otro tipo de colectivos, ya no a la sombra del poder, sino enfrentados a éste. Y han sobrevivido y continúan siendo grandes. Y siguen siendo muy buenos embajadores de este país y algo de lo que estamos orgullosos y orgullosas. Se puede cambiar la cultura, pero, lógicamente, no se compite con las mismas herramientas.